domingo, 15 de marzo de 2015

El Whardol (segunda parte)


A Richie le gustaba contar historias, soñaba con convertirse algún día en un escritor de novelas o cuentos de horror. Sus preferidos siempre habían sido el tenebroso de Poe y el siniestro Lovecraft. Creía que si podía tan sólo arañar la genialidad de sus escritores favoritos, podría haberse realizado como persona. Pero aún tenía 17 años, podría esforzarse todavía por conseguirlo a paso calmado. Sin embargo, esto ya dejaba de lado cualquier ficción, esto era real y traspasaba las leyes humanas de lo aceptable. Habían mutilado hasta la muerte a un pobre chico que apenas podría defenderse. Se ponía a reflexionar con cierto horror si el que había manifestado tal acto de brutalidad estaba consciente de lo que había hecho, incluso llegó a pensar si podría escribir una historia que hiciera alusión a esta situación. De repente, ese último pensamiento lo hizo sentirse algo culpable, estaba aprovechando la situación para generar algo satisfactorio para el. No era justo. Pero algo le quemaba en la mente, algo provocaba una irritación salvaje en la consciencia de Richie, no lo dejaba en paz. Necesitaba conocer el lugar del asesinato.
Esta idea se le había ocurrido de manera espontánea y sin ningún momento de temor o absurdo sentimiento. Era eso lo que lo apremiaba sin saber porqué. Pero no podría ir solo, necesitaba alguien que pudiera estar con él por cualquier situación que se le planteara. Pensó inmediatamente en Tomas, pero su padre era muy estricto, no creía que fuera a permitirle dar un viaje de casi seis horas por entre el bosque del pueblo el solo. Sin embargo pensaba pedirle que lo acompañara, posiblemente estuviera de suerte y podrían ir juntos.

Los días pasaban y Richie no se hacía a la idea de pedirle a Tomas que tomara parte junto con el de algo tan disparatado como ir a ver la escena de un crimen bastante horroroso. Sin embargo, aunque en las constantes divagaciones que se permitía de las fantasías de su propuesta, el pensaba que no se negaría, que a pesar de todo lo que podría implicar hacer semejante travesía, él era su amigo. El creía en la lealtad y parecía que Tomas le era fiel siempre. Recordaba constantemente como es que se habían conocido y cómo a pesar de las constantes formas de alejarse de él, terminaron siendo los amigos más bizarramente unidos.
Eran las tres de la tarde en la explanada de la secundaria de Monato, donde estudiaba Richie. El estaba en el equipo de Baloncesto por obligación del profesor de deportes, así que solo hacía pequeños movimientos para que el profesor no lo castigara, pero se libraba con una facilidad impresionante de la pelota. A las 4:15 de la tarde, entraron a las aulas con los olores característicos de 14 chicos y 17 chicas adolescentes después de deportes, con las axilas mojadas y el cabello humedecido. De repente, todos se asombraron de ver a ese chico en el aula. Al parecer, había un integrante nuevo en el grupo. Su estilo era algo raro, llevaba un pantalón color gris con una camisa tinta y una playera gris debajo, llevaba una boina de color verde en la cabeza y su rostro estaba lleno de acné. La verdad era que era un look bastante extravagante para esa zona, pero todos prefirieron ignorarlo el primer día, ya se integraría, y era mejor estudiarlo para saber a qué tipo de grupito se acomodaría mejor.
Descubrieron los horrores de la clase de trigonometría y después salieron vociferando todos sus compañeros lo largo de la clase y la cantidad de tarea que el profesor Alvin se había inventado: Un viejo chaparro de pelo ralo y con lentes de montura gruesa que daba la impresión de ser un gnomo superdesarrollado. Tomas espero hasta que la última chica paso bufando por la salida maldiciendo que olía a sudor de Francis, su novio en turno. Como siempre, Richie se quedaba hasta el final para anotar perfectamente la tarea y no se olvidara de nada, aunque todos sus compañeros decían que era un ñoñazo, el solo podía decir que era tan obsesivo que no le gustaba olvidarse de anda; en el fondo sentía una profunda satisfacción al saber que seguía siendo el más listo de todo el grupo. De alguna manera lo hacía sentir cierto poder sobre los demás. Tomas salió de la clase con un caminado calmado y algo desgarbado sin parar a dirigirle una mirada mientras pasaba a su lado. Parecía un chico bastante triste.
Era su tercer año en la secundaria, y estaba prácticamente a la mitad. Richie no tenia ningún amigo, todos le hablaban solamente para que les pasara las tareas o los ayudara a estudiar para los exámenes. Es una desdicha para el alma cuando el otro te hace aparecer justo por tu utilidad, pero desapareces en el desencanto de no ser lo que él quiere. Así que conforme pasaron los días fue percatándose de gestos interesantes de aquel chico. Al principio creyó que sólo un tipo raro que no hablaba y se contentaba con alejarse de la gente en el rincón del aula. Poco después se percataba de que tenía un hábito por leer comics de terror, digo, no era lo mismo que grandes ejemplares de la literatura gótica, pero algo es algo. Creyó que en algún momento tal vez podrían compartir ideas macabras sobre algunos relatos; desgraciadamente se percataba que al mismo tiempo, podía ser alguien bastante ignorante en cuanto a la mayoría de las materias que estaban cursando. Su fuerte solo eran las matemáticas, era bastante bueno. Por lo demás era una persona bastante desconocedora.
Uno de tantos días en las clases, el profesor de biología decidió llevarlos al laboratorio para enseñarles unas muestras en el microscopio. Los formó en grupos de tres personas. El grupo de Richie quedó constituido por Tomas y Loren. La chica era bastante estúpida, preocupada por la mesada que le daban sus padres sin merecerla más que en lo que podía aprenderse en cualquier día de la vida. Por otro lado, Tomas parecía algo desconcertado por la necesidad de establecer relaciones con alguien más para esa clase. Estaba muy callado y parecía algo molesto. pero algo paso en esa hora de clase que ejecutó una mecanismo de asociación entre ellos dos que probablemente nunca se rompería. Justo cuando estaban frente a los microscopios y tenían las muestras en la mesa, Richie decidió comenzar por las muestras para decir sobre lo que había visto y comentarlo con ellos. En ese justo momento Tomas le pregunto cual quería que le pasara. Esto aunque fue algo sencillo, le provocó cierto placer. El estaba acostumbrado a que sus compañeros de equipo se limitaran a asentir lo que él les decía y le dejaban completamente todo el trabajo a él. Eso era algo que lo molestaba mucho. Pero en esta ocasión el se mostró dispuesto a ayudarlo. Entre los dos se ayudaron para acomodar la muestra en la base del microscopio y la tensaron fuertemente para evitar que se resbalara. Ellos pudieron ver juntos las muestras, eran bacterias, algunos hongos y muestras de semen de algunos voluntarios anónimos. Parecía que el voluntario que había donado la muestra de Richie, estaba bastante desnutrido. Entre los dos discutieron cuáles eran cuales y de qué tipo. Parecía que los dos podían entenderse muy bien. Tomas era algo despistado y no siempre acertaba a la respuesta, pero se esforzaba, y lo mejor de todo: hacía que Richie se sintiera tomado en cuenta, lo hacia sentir como que no era un simple fantasma que los demás creen que aparece en el momento justo de los exámenes. Ellos comenzaron a debatir sobre las materias y sobre las modas de Tomas, se figuraba que la confianza se había instalado exitosamente entre los dos. Tomas se sentía acompañado y Richie se sentía tomado en cuenta.
Sin que los dos se dieran cuenta, ya eran unos excelentes amigos. Compartían las mismas ideas sobre las chicas y los autos, los profesores y sus tontas tareas y sobre los propios bravucones del colegio. Tomas llegó a salvarle el pellejo en varias ocasiones. NO gustaban de la misma música ni de los mismos Hobbies. Tomas tenía la costumbre de construir barcos y aviones a escala, mientras que las grandes pasiones de Richie eran simplemente acostarse a leer un rato en su cama y, mientras leía se se le venía ideas fascinantes a la cabeza para escribirlas y formular historias tenebrosas. Esos eran sus más extravagantes diferencias. A Tomas no les gustaba leer y Richie no era bueno con las manualidades. Tomas escuchaba música de Rock de los años 80 mientras que Richie se inclinaba más por las contribuciones del pop a la actualidad. Sin embargo, algo los unía. Tal vez sería un complejo sentido de la lealtad, un sentimiento inusitado de correspondencia y complementariedad que palpitaba sincrónicamente con lo que los dos esperaban encontrar siempre en el otro, tal vez fuera una sencillez tan grande como la voracidad de dos corazones que encuentran el acompañamiento perfecto en un otro, un hermano gemelo que no comparte sangre sino experiencias y risas acompasadas. Si, tal vez fuera que con el tiempo, cuando Richie recordaba, los unía algo más grande y complejo, más puro, más desinteresado que lo que las personas llaman amor. Tal vez solo sería Richie el que se daría cuenta de que la amistad era aquella palabra que estaba buscando; aquella experiencia. Parece que después de todo, uno no elige a sus amigos; son solo las personas comunes que llegan en el momento justo, en la situación más necesitada y oportuna, con un abrazo, una palabra o un insulto balsámico. Si alguien ha dicho que el amor está más allá del bien y del mal, la amistad lo reconfigura todo para volver a escribirlo, pero sin lágrimas.
Los demás los veían como si fueran agua y aceite: Richie con sus modos un poco tímidos y torpes y siempre llevaba sus desgastados converse y mezclilla; Tomas  se manifestaba como una figura desgarbada y con tendencias a creerse cool siendo callado y hostil, con sus ropajes mal combinados y algo viejos. Sin embargo, ellos creían que podrían ser agua y aceite, pero eso era el garante de que podían estar juntos sin revolverse, sin perderse el uno en el otro, pero estando siempre en el mismo vaso.
A pesar de que ambos eran una especie de plaga que sólo en periodos de parciales resultaban útiles, pues los dos se llenaban de chicos y chicas que necesitaban estudiar para los exámenes, ellos siempre la vivían solos y con la total certeza de que jamás conseguirían una chica. Incluso en los vagos acercamientos de algunas de las chicas más hermosas en los que las ayudaban a estudiar, y ellas acercaban sus pechos tan cerca de su cara al inclinarse a ver las notas de ellos, los sorprendía la certeza de que jamás podrían estar más cerca de eso. Como sentía ese impulso irrefrenable de cualquier macho en ese corto y crítico camino a la madurez, de frotarlos, de acercar su cara a ellos y perderse dentro, y todo lo angustiante que los buenos modales nos imponen y nos joden la vida. A veces pensaba que la civilización no hizo más que venir a darnos más lata que maravillas, ya no se podía disfrutar de un encuentro salvaje y desmedido entre dos cuerpos palpitantes de deseo sincrónico, ya no había esa decisión de hacerlo en el momento justo y el lugar actual; uno tenía que esconderse para entablar una tertulia de cuerpos y caricias, de vistas, de palabras entrecortadas y jadeantes, mientras que los golpes, los asesinatos, las violaciones, la guerra, todo lo abominable del ser humano se proyectaba a plena luz del día con total impunidad, que mundo tan al revés es en el que vivimos. Un mundo mojigato, un mundo de hipocresía y mentiras. Si, tal vez los demás lo juzgaran de ser un tonto con ideales románticos, pero era lo que mejor se le daba imaginar.
Se habían propuesto nunca pelear por una chica, creían que la amistad valía mucho más que aquello que una chica les pudiera ofrecer. Aunque no eran ingenuos, sabían que una chica puede ofrecer todo aquello que haga dudar de las lealtades. Sin embargo, hasta el momento nunca habían tenido necesidad de llevar a cabo semejante experiencia. Ambos estaban algo perturbados por la belleza y encanto de la chica nueva del colegio. Ella entró, justamente, tres semanas después de Tomas. Los dos se habían quedado boquiabiertos cuando la vieron pasar al frente para presentarse. Se llamaba Laura, vestía un vestido a la rodilla color verde agua que hacía juego con un listón en su cabello y unos zapatos negros. Su cara era pequeña, en forma de corazón, su piel tan blanca que daban ganas de acariciarla para cerciorarse de que fuera real esa mujer. Sus ojos eran tímidos y expresivos, parecían absorber a quien se atreviera a mirarlos. Richie fantaseaba todas las noches con lo hermoso y maravilloso que sería poder abrazarla y oler sus cabellos para nunca olvidar su aroma, ni en el momento de su muerte. Lamentablemente, ella era completamente inalcanzable, era de padres diplomáticos y guardaba unos modales muy recatados. Su familia era de dinero y solo estaría unas semanas en ese colegio, porque sus padres la mandarían a estudiar a otro lado en cuanto encontraran un lugar propicio para su estatus. Ese colegio había sido elegido por la cercanía que mantenía con su actual residencia.
Richie había intentado escribirle muchos sonetos, o simples versos que dibujaran lo bonito que sentía cada que la veía pasar con sus modos de princesa y su sonrisa radiante que siempre le dirigía cuando lo veía, lo único malo era que esa sonrisa era para todos, no había nada extraordinario para el. Sin embargo, nadie le podía prohibir crear otra dimensión donde si pasara todo lo que él soñaba. A veces las letras pueden hacernos escapar de lo lógico y hacer de nuestra ficción, algo que sea más que real, algo que sea desmesuradamente tranquilizador a nuestras angustias. Intentaba recordar la esencia exacta que tenía la estela de su perfume cuando caminaba, era algo así como un montón de frutas mezcladas que daban unas ganas tremendas de verla para seguirla saboreando. Simplemente era maravillosa.
Pese a todos sus esfuerzos por encontrar un ritmo propio y versos originales, descubrió que lo suyo era narrar los horrores de las imaginaciones más perversas. Ningún verso logró el impacto que el esperaría, tal vez a ella si, pero para él no bastaba. Había algo que sonaba hueco y totalmente ajeno a él. No lo sabia, seria mejor dedicarse a su verdadero talento. A veces, no hay que ser tan convencional, en ocasiones solo tenemos que hacer lo justamente propio, por más simple y común que parezca.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario