domingo, 22 de febrero de 2015

La niña del espejo


Lily tenia catorce años. Era una chica lista y bastante extrovertida. Ella gustaba de los juegos de mesa con sus amigos y pocas veces salia con ellos a alguna parte; no le gustaba la calle, se sentía un poco angustiada. A su padre y a ella los habían asaltado yendo por la acera mientras regresaban con pan y leche del supermercado a siete cuadras de la torre de departamentos donde vivían. Su padre iba relatandole uno de los chistes que tanto la hacían reír; hablaba sobre un perico grosero y unas monjas asustadizas. Siempre escuchaba ese chiste, y tal vez la gracia no se escondía en su relato, sino en su cuentista. Amaba a su padre. Siempre lo había vislumbrado como el héroe de todo los cuentos: grande y poderoso, con un brillo en su mirada y su sonrisa seductora que la hacían sentirse amada y protegida. Le encantaba sentarse en su regazo y escucharlo leerle los cuentos que el le escribía, era maravilloso poder estar con el. Su madre había sido muy buena con ella, sin embargo, algo la alejaba de ella, era algo dura en cuanto a la disciplina para con ella, e incluso para con su padre, pero era una buena madre. Por alguna razón, se sentía mucho mejor con su padre. Sentía que el podía entenderla con facilidad. Su madre jamas se habría sentado a platicar con ella y mucho menos a escribirle y relatarle un cuento. 

Una voz reventó los murmullos de la calle y sesgó de un tajo el chiste de su padre:

-Detente o la pasaras mal- golpeo la voz en un susurro, quedo pero intempestivo-. Dame todo lo que traigas, es en serio. Te mueves y le corto el cuello a la bella dama.
-No hay razón para tal acto- dijo su padre-. Te daré lo que quieras.
-Eso espero. Quítate el reloj.
-Ahí esta, por favor, déjanos ir- dijo en una suplica que no tenia tal tono.

Su padre apenas iba a formular un segundo comentario cuando tan solo cayó de bruces contra el suelo de cemento frío. Tenia sangre en la cabeza y estaba inconsciente. Lily soltó un grito y lo abrazó. Intento sacudirlo para que despertara pero el seguía con los ojos cerrados mientras su vestido color vainilla se teñía de escarlata en el pecho por la sangre que seguía fluyendo. Gritó que la ayudaran y un viejo se asomó por la ventana de herrería de una de las casas chaparras de las callejuelas. Ella alcanzo a ver el movimiento rápido de las cortinas y le gritó que llamara a la ambulancia. El viejo no pareció responder, pero la ambulancia llegó a los pocos minutos, mientras ella estaba acurrucada junto al cuerpo de su padre. Los paramédicos intentaban separarla pero ella se debatía a patadas y sollozos para que la dejaran con él. Uno de los servidores se coloco junto a ella y le explicó con palabras tiernas que no podían ayudar a su padre si ella estaba sujetándolo. Necesitaban apartarla solo un segundo mientras le tomaban los signos y le administraban lo que fuera necesario. Una vez que eso acabara, la dejarían estar con él. Y así fue. A ella también la revisaron, pero no tardaron en darse cuenta que la sangre solo era de su padre. Cuando llegaron al hospital, la tuvieron que separar de nuevo mientras le cocían la herida de la cabeza. Su madre llegó a los pocos minutos, una enfermera había hablado a la casa. Su madre abrazó a Lily y le pidió que le explicara lo sucedido. Ella lo revivió todo entre sollozos. Ni siquiera sabia que decirle, no había visto nada en realidad. Solo la voz del tipo malo y a su padre derrumbarse en un instante con sangre en la cabeza. Su madre tenia lagrimas en los ojos y solo atinó a abrazarla nuevamente, mientras le susurraba "mi chiquita" al oído. 

Eso había pasado. Ahora ella tenia catorce años y no necesitaba tanto la presencia de su padre. Ahora era el editor de una revista pueblerina y ganaba bien, pero también podía pasar menos tiempo con ella. El distanciamiento había sido duro, y mas cuando su padre anuncio a los nueve meses de tomar posesión del cargo de editor, que tenían que mudarse. Les decía que todo iría bien, que esta vez no era un departamento, esta vez era una verdadera casa. Y era verdad, tenían jardín y un parque a tan solo una cuadra de la casa. La casa estaba pintada de blanco y los muros estaban hechos de madera, con un ático de verdad que tenia una ventana circular, como en las películas.

Su padre las abrazó cuando por fin accedieron a mudarse. Ella había aceptado de manera mas forzada que voluntaria. No quería estropear el entusiasmo de su padre. El había luchado mucho tiempo por ganarse un lugar en la editorial y ahora lo tenia. Pero le dolía despedirse de sus amigas y amigos. Si bien no era la chica mas popular de la escuela, si tenia tres amigos incondicionales: Diana, Laura y Miguel. Diana era algo reservada y algo altanera pero se sabia adaptar bien; Laura era un poco ruda, era como estar con un chico, así que era divertido siempre; Miguel era el tipo creativo, siempre se le ocurrían juego nuevos con los cuales pasar el rato juntos, no le gustaba estar sin hacer nada, a Lily si, pero accedía aunque no estuviera muy de acuerdo. Después de todo, ellos siempre jugaban a algo que le gustara a ella, si no era de las costumbres de Lily, Miguel siempre inventaba algo mejor. Eso le gustaba a ella, se sentía integrada y querida. 

El primer día que entró a la casa se sentía como un animal extraño. La casa no terminaba de gustarle. Sin embargo, trató de disimular lo mejor que pudo, lamentablemente su padre la conocía muy bien. 

-Ya te acostumbraras, hija- le decía mientras le sujetaba el hombro y le daba palmaditas-. Nada mas es de que hagas nuevos amigos, cuesta acostumbrarse a un nuevo lugar, pero te darás cuenta que el mismo aire que pasa en Rusia se puede respirar aquí, eres fuerte. 
-Si, papá.

Al subir a su habitación se encontró conque su padre ya había dispuesto todas sus pertenencias en el exacto acomodo en el que estaban antes. Aunque, ahora parecía que sus pertenencias eran tan pocas que necesitaría comprar al menos el cincuenta por ciento mas para llenar el cuarto. Puso sus amuletos en el buró chueco y grotesco que tanto le gustaba del "extraño mundo de Jack", y se acostó en la cama, pensando en si podría adaptarse. Sus amuletos eran una pinza para el cabello que le regaló Diana, una semilla extraña que encontró Laura y, una pieza del juego de mesa favorito de Miguel. A ella siempre le había aburrido, pero le gustaban los juegos de mesa mas que las carreras o la caza de lagartijas. De alguna manera, le daba una sensación de compañía perpetua. Siempre los guardaba en sus bolsillos, los dejaba en el lavabo cuando se bañaba y en el buró cuando dormía. En algunas ocasiones, cuando se sentía asustada o molesta, apretaba los objetos y el sentimiento aflojaba hasta desaparecer o ser un simple rescoldo de lo que en su aparición fue. 

Pasaron varias semanas desde la llegada de toda la familia al pueblo de Desmontes, y Lily comenzaba a acostumbrarse al ritmo de vida, sobre todo al de su padre; a veces llegaba hasta muy noche, solo a dormir. Sin embargo, no le gustaba su habitación. El cuarto estaba al fondo de las escaleras, justo donde el sol se ocultaba, pero la luz de la luna siempre daba en el blanco de la ventana. La verdad era que por las noches, era algo tenebroso, la asustaba el brillo plateado que todos los objetos de su habitación reflejaban cuando la luna salia y gobernaba la noche y el suelo con su luz blanca y fría. Su padre siempre había querido instalar la calefacción porque su cuarto siempre estaba helado para cuando ella se acostaba. Era una lata. En una ocasión, su padre subió hasta su cuarto para verificar que no eran imaginaciones suyas y pareció darse cuenta de que la habitación en realidad era muy fría. Reviso todos los huecos del dormitorio pensando que habría algún agujero por donde se colara el aire de la noche. Lily todavía poder ver la cicatriz en forma rayo que caía desde la coronillas hasta la base de la nuca. Era algo horroroso, casi le arrancaban el cuero cabelludo con ese golpe. cada vez que veía su cicatriz corría a abrazarlo y decirle que lo amaba. El sabia porque era esa conducta, pero prefería callar.

El primer día de la séptima semana, Lily estaba duchándose para bajar a desayunar, era día festivo y la escuela estaría cerrada. Su padre había decidido que lo mejor seria ir a comer juntos, así que estaba muy contenta con ello. Se pondría sus mejores ropas, su padre le había dicho en constantes ocasiones que le gustaría volver a verla con vestidos. A él le parecía que su apariencia era hermosa con vestidos o faldas. Le decía que su cabello castaño suelto y no en esa cola de caballo, lucia mejor; que su apariencia mejoraría si dejaba de usar esos jeans y esas blusas negras estampadas. Ella quería complacerlo, era dueña de su cuerpo y ella sabia que era lo que quería vestir y que no, pero también amaba a su padre. Con una que otra ocasión que le diera gusto no pasaría nada. Ademas, no les disgustaba tanto, solo era que la hacia recordar aquella situación. Desde esa vez, dejo de usar vestidos, pero creyó que ya era tiempo de ver el pasado con ojos nuevos. El pasado se nos presenta tan doloroso porque él mismo sufre nuestra herida, clama porque las lagrimas no se reciclen y las experiencias nos ayuden a formar nuevos llantos.

Mientras salia de la ducha y se cubría el cuerpo mojado con la toalla blanca, un frió seco le atenazó el cuerpo. De un instante a otro, el miedo la embargo como una víbora que se enreda por su cuerpo hasta asfixiarla. El vapor giraba y se expandía entre los muros del baño, sentía como entraba en sus pulmones y un ligero cosquilleo la hacia tener ganas de toser. El espejo del baño estaba empañado y algo había del otro lado, una figura negra. Lily creyó que estaría reflejando cualquier cosa del cuarto de baño, pero aquella figura se movía, parecía escurrirse del otro lado del espejo. De pronto, algo comenzó a escribirse entre el bao del espejo. Dos palabras.

"Otra vez".

Lily quiso soltar un alarido de terror pero la voz se le atraganto y no salió nada. Estaba paralizada por el espanto. Tenia mucho miedo. Su cuerpo temblaba como cubierto por aguas gélidas. Una voz resonó en su cabeza entre miles de ecos, como procedente de una caverna húmeda y oscura. La voz era de una niña, tal vez eso la haría mas espantosa.

-Jugarán conmigo.

La toalla se le resbaló de las manos y sus pechos quedaron expuestos, bailando al ritmo de sus convulsiones de horror. Su cuerpo, blanco y suave estaba erizado de pies a cabeza. Salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a saltos. Su padre salia de su despacho, junto a la puerta de entrada, cuando escuchó sus gritos y ella se lanzó a sus brazos. Su padre, ya con algunas canas en las sienes, entre el cabello negro azabache, le decía que se calmara y la acariciaba. Trataba de no verla, ella no se dio cuenta aun de la situación tan incomoda en la que ponía a su padre. Sus ojos tranquilos estaban cerrados pero podía sentir la calidez de sus manos recorriéndole el hombro, como siempre hacia cuando ella tenia miedo de dormir sola en las noches de tormenta. Eso la calmo, y cuando se sintió calmada, le relató todo lo que había visto. Su padre le sonrió en una tierna muestra de comprensión y la abrazó, cubriéndola con su saco. Pero ella sabia que no le creía, que tal vez se lo adjudicaría al estrés o a que en el fondo a ella no le gustaba estar ahí. Bueno, de eso había algo, definitivamente, ahora estaba segura de que no le gustaba estar ahí. Su madre estaba en la cocina. Cuando escuchó los sollozos de Lily, salió para ver que pasaba y fue a su encuentro en cuanto los vio pasar por enfrente de la puerta doble de la cocina. Los dos intentaron consolarla, sin mucho éxito. Le explicaban que era el estrés del cambio y la casa nueva, era normal. Del terror pasó a la frustración y luego a la ira. Aventó a su madre y le dijo que no comprendía, que ninguno de los dos entendía nada.

-No me están entendiendo- dijo furiosa-. ¡Hay algo en esta casa!

Al finalizar el grito, un ruido espantoso estalló en la planta de arriba. Su madre subió las escaleras, Rachel soltó un grito y no volvió a escucharse sonido alguno. Tanto Lily como su padre se voltearon a ver entre pasmados y alarmados. Los dos subieron las escaleras, parecía como si ninguno de los dos se percatara del pequeñísimo detalle de la desnudez de Lily. 

Cuando los dos pasaron el ultimo peldaño,voltearon a verse con cierta aprensión. Su padre se dio cuenta hasta ese momento, en la mujer que se había convertido su hija. Su cuerpo ya no era una tabla de piel blanca, sino una bella figura esculpida  con mármol suave y delineado en pliegues y ondulaciones exquisitas. Por un momento, se asusto de la excitación que sintió dentro de sus pantalones. Era una pequeña sensación de levantamiento palpitante y apremiante, desesperado. Se forzó a apartar la vista del cuerpo de su hija y siguió caminando en dirección a la habitación de donde Lily había salido despavorida. Encontró los pies de su esposa, Rachel, salidos del umbral de la puerta del baño, como si se hubiera desmayado. Cuando su padre, que precedía a Lily, vio el escenario se tapó la boca para no soltar un alarido de espanto y tristeza. Rachel yacía en el piso del baño. Era un cadáver. Tenia las manos y la cara ennegrecidas. Sus ojos estaban entintados en plata, como si en las cuencas les hubieran vaciado liquido de mercurio. De su boca manaba sangre negra. Cuando Roberto se agacho para abrazar a su esposa se percato del motivo de la sangre. Sus dientes estaban completamente astillados, tenia las encías sangrantes y la lengua amarillenta. Apestaba horrorosamente, pero el sufrimiento pudo mas que el asco y el miedo. Se sentó a abrazar a su esposa mientras sollozaba quedamente. Había olvidado por completo que su hija estaba al otro lado del cuarto, desnuda, con tan solo un saco que la cubría. Ella asomo por la puerta y cayo súbitamente desmayada. 


En la caída, el saco se deslizo y quedo a un lado del cuerpo desnudo de Lily. Su padre la vio caer, pero no hizo nada por sostenerla, el dolor le había cegado el alma y el instinto. Como llueve la indiferencia por los dolores mas tormentosos del alma. Su hija yacía desmayada, desnuda, y su esposa era un remedo de carne podrida y sanguinolenta en sus brazos. 


Un sonido rompió la armonía de los sollozos. Era un sonido asqueroso, como si algo se desgarrara. El sonido de una articulación que sale de su lugar. Una mano negra atenazo el cuello de Robert y lo hizo lanzarse hacia atrás, golpeando la cabeza con el marco de la puerta. Los ojos le ardían, sentía como la sangre dejaba de irrigar su cerebro y la presión se agolpaba en sus ojos queriendo hacerlos estallar mientras se llenaban de lagrimas. La figura ennegrecida se erguía con un sonido desgarrador y acuoso. El brazo, al girar para ponerse de frente a Robert, se disloco y volvió a acomodarse con un crujido en cuanto tuvieron los rostros tan cerca como para besarse. El cuerpo respiraba de manera flemática y desesperada, como si le costara trabajo tomar el poco aire que su nariz podrida podía tomar. Su padre estaba a punto de morir, sentía como algo dentro de su cuello estaba cediendo, podía experimentar como la laringe se cerraba y los pulmones pedían a gritos un pizca de exquisito aire. Todo estaba a punto de apagarse cuando la mano se detuvo. Lily había derribado al cuerpo negro de una patada, tenia su espinilla llena de sangre coagulada. La cabeza del cuerpo ahora estaba colgando de un par de tendones verdosos, se agitaba y convulsionaba intentando acomodar una cabeza que caía nuevamente en cada intento. De pronto, el cuerpo se tendió en el suelo, se convulsiono una vez mas y comenzó a diluirse en un liquido viscoso y negro como la brea. El liquido burbujeaba y humeaba mientras se evaporaba poco a poco, hasta desaparecer.


Robert estaba en el rincón de la habitación con la cara y el cuello rojos. Respiraba agitadamente y parecía arañar hasta el ultimo trago de aire posible. Pero, al ver que su hija salía del cuarto de baño, corrió hacia ella con pasos torpes. La abrazó y la sentó en la orilla de la cama. Lily llevaba los amuletos de sus amigos en la mano, los había tomado del lavabo. Los sujetaba con fuerza y alternaba una caricia para cada uno de manera compulsiva. Tenia la mirada perdida y se balanceaba sentada en la cama mientras las lagrimas le brotaban solas. Estaba completamente aterrada. Su padre la abrazaba mientras intentaba esconder el llanto que le escocia los ojos. El también estaba al borde de un ataque nervioso. 


Robert vio la sangre en la espinilla de su hija y la intento limpiar con su mano. La sangre se traspaso a la palma de Robert y la mancha se movió. Robert creía que estaba alucinando. No, la mancha de sangre coagulada se movía. Se ensanchaba y alargaba, estaba caminando por su palma. El agitaba la mano desesperadamente y su hija pareció darse cuenta por fin de lo que la rodeaba y atino a gritar repetidamente. No podía dejar de gritar. Se hizo un ovillo en la cama mientras su padre gritaba y trataba de deshacerse de la mancha de sangre negra que lo estaba abrazando; ya estaba a la altura del codo y seguía avanzando. Robert caminaba por la habitación restregándose en todos los muros intentando deshacerse de esa maldita cosa. 


Una risa aguda e infantil retumbo en la habitación. Mientras Robert estaba llorando de la desesperación y el espanto, pudo ver en el espejo de cuerpo entero que colgaba cerca de la puerta de la habitación, una figura negra y pequeña que sonreía de manera divertida. Ella era quien se estaba carcajeando como una niña que jugaba a las cosquillas con sus hermanos. Ella dejo de reír pero la sombra de la sonrisa no paraba de estar cincelada en su rostro. Era una dentadura perfecta, con los ojos como plata y el cabello hasta la cintura. Todo lo demás estaba sucio, parecía recién salida de un charco de petroleo o fango negro. Su cuerpo escurría ese liquido viscoso. Robert quedó paralizado.


-Vaya, parece que ya no mas- dijo la niña del espejo.

-¿Que esta pasando?- decía Robert-. ¿Que es lo que quieres?
-Mas juguetes- dijo la niña, pero en esta ocasión la sonrisa se había evaporado como el cuerpo negro que había sido su esposa-. Quiero que el juego no acabe.

La niña salió del espejo como si de un muro de agua se tratara. Camino hacia Robert y cuando estuvo cerca de el, al acorralarlo contra el muro del fondo del cuarto, le atravesó la mano derecha por las entrañas. Robert sintió un dolor punzante en el vientre, mientras la voz se le escapaba y la camisa se le teñía de un rojo oscuro por abajo del pecho. Miró en dirección a Lily que seguía revolcándose en la cama y se tapaba los oídos. Intento disculparse con ella por no ser suficientemente bueno para protegerla, pero las palabras solo aparecieron en su mente, no lograron traspasar el muro de sus labios. Cayó de rodillas viendo como todo se desvanecía, y con la negrura, la imagen perturbada de su hija sobre la cama. De su cabeza, la cicatriz se abrió y manó la sangre negra del anterior cuerpo, mientras la piel vibraba y se rasgaba. La piel comenzó a voltearse poco a poco, hasta quedar el cuerpo del revés. La piel se evaporaba mientras se desgarraba. Los músculos y los tendones se reventaban y desaparecían como absorbidos por algo. En unos segundos no quedo mas que una mancha negra en el suelo. 


La niña comenzó a caminar hacia la cama. Se detuvo en frente del cuerpo desnudo de Lily y la tomo de la mano. Estaba sucia. El cuerpo desnudo se estremeció al tacto. La piel de su cuerpo estaba erizada, sus pechos se balanceaban con los temblores y sus piernas estaban enroscadas entre si. Sin embargo, decidió levantarse, como si estuviera en un trance o el miedo fuera tan enorme que le impidiera oponerse a la voluntad de cualquier cosa, por insignificante que fuera. Se levantó y comenzó a caminar agarrada de la mano de la niña que sonreía al caminar, mientras sus pisadas dejaban huellas de brea por la habitación. 


Lily, en un ultimo dejo de cordura se tapó el trasero con la mano libre, sintiendo el tacto húmedo de sus glúteos. Se había orinado. Sus piernas blancas también estaban mojadas. Intento zafarse del agarre de la niña, pero no con mucho empeño. La niña volteó, con una sonrisa aun mas amplia que la anterior.


-Tranquila, Lily- dijo la niña-. Estarás bien con nosotros. Allá nada termina. Todo se repite, no hay fin.


Y cruzaron el espejo.


sábado, 14 de febrero de 2015

El hombre del pasillo


La señora Lucy había encendido una veladora. Afuera hacia frío. Era una noche intranquila. Eso era inusual en aquella colonia. Generalmente, dentro del área de la colonia Mayorca, siempre se respiraba un aroma de tranquilidad y hasta de aburrimiento. Pero esa noche, hubo algo inusual. Se oía el sonido de la ambulancia, las alertas de las patrullas y la alarma de algún automóvil a unas cuantas calles de la avenida Solero. Posiblemente algún choque. Después de todo, era un fin de semana, los chicos salen a divertirse y la muerte a hacer amigos. 

Doña Lucy vivía en el 402 de la Avenida Solero. Ella era una viuda de 57 años, 20 de los cuales comprendían su viudez. Esa noche estaba de un muy buen humor, siempre lo estaba en realidad, salir del martirio de un matrimonio sin amor, siempre promueve las mejores expresiones de jubilo hasta en los espíritus mas derrotados. La razón de su extraordinario humor, se encontraba bajo la noticia de que llegaría su sobrino Roberto en tres días. Hoy era el tan ansiado tercer día. Roberto era el hijo de su hermano Joaquín, el menor y el mas querido por ella. Los demás hermanos, vivían completamente alejados de ella, puesto que nunca le habían perdonado la imprudencia de casarse con aquel hombre que tan solo la humilló. Ella creía en esos mismos reproches, porque también ella se los había escupido al espejo, pero prefería enfrentar su desgracia ella sola y tomar al toro por los cuernos con sus consecuencias. 

Roberto tenia tan solo 23 años. El chico había decidido estudiar leyes y resultaba que la única escuela recomendable quedaba a escasos 13 kilómetros de la casa de su tía. Ella creía que podrían acoplarse muy bien los dos en una casa, si no muy grande, lo suficientemente amplia para ambos. Fuera de la ciudad, allá de donde provenía el chico y residía su padre, no encontraría mejor hospitalidad que la de ella, después de todo, ella se sentía en fuerte compromiso con su hermano por la calidad fraterna que este siempre le había demostrado. Y, finalmente, porque quería mucho a Roberto. Era un chico muy reservado, pero muy listo. Nunca había dado un solo dolor de cabeza a su padre o a su madre. Ella habría querido tener un hijo como el. Pero, después de siete años de haberlo intentado en su matrimonio, los médicos que la atendieron después de una golpiza que le propino su marido, le dijeron que no podría tener hijos nunca. Eso la desgarro por dentro. Nunca había experimentado mayor desilusión en su vida que la que traía aquella desalentadora plétora de palabras que pululaban alrededor de su cabeza como abejas enojadas: "Lo siento, señora. Me temo que usted no puede tener familia, sus estudios indican que es infertil". En ese momento, sus ojos comenzaron a reblandecerse y se anegaron de lagrimas silenciosas y angustiantes. Su llanto duro tres días, pero no porque el sentimiento se acabara, sino porque, en ocasiones, la existencia misma de lo imposible hace que las lagrimas no tengan propósito, y el llanto solo sea posible a través de los silencios y la fantasía. 

Lucy se dejó atrapar por esos recuerdos malolientes y dolorosos en el tercer día, a pocas horas de que la visita de su sobrino se hiciera verdad. Se encontraba sentada en la mesa del comedor para cuatro personas, frente a la ventana que se posaba por encima de la estufa. Veía como las motas de polvo danzaban felices y fantasmagóricas por entre los destellos del sol matutino. Sacudió la cabeza, como intentando deshacerse de tan dolorosa experiencia y se permitió embargarse con la alegría de la visita. Pronto llegaría. El entusiasmo no se desvaneció ni con la infortunada suerte de quedarse sin el servicio de energía eléctrica a causa de un choque tres calles arriba.

Dos horas después, un sonido sordo interrumpió el abrumador silencio que la oscuridad siempre reclama como ofrenda a su simple presencia. La señora Lucy se encamino hacia la puerta de la casa con vela en mano y pregunto:


-¿Si? diga

-Tía, soy yo, Roberto- se escucho en la voz al otro lado de la puerta de metal.
-Oh, pero claro. Pasa, hijo.

La mujer dejó la veladora con su base en una pequeña mesilla de recepción, algo desvencijada, pero aun útil, y abrió la puerta con prontitud.


Lucy se quedó boquiabierta. El chico era alto, aproximadamente 1.85. Tenia los ojos de un dorado intenso y su piel bronceada hacia que su mirada aun fuera mas impresionante. Sus cabellos negros y rizados caían en cascada por la parte de atrás de sus hombros, llevaba una melena muy bien cuidada. No era musculoso, pero se veía en forma. Sus facciones eran delicadas pero lo suficientemente varoniles. 


-¿Puedo pasar, tía?- preguntó con una risa nerviosa.

-Oh, pero claro, pasa- balbuceó Lucy al darse cuenta de que se había quedado pasmada y el chico en la puerta sostenía sus maletas.

El muchacho pasó por delante suyo y puso sus maletas en el suelo. Solo eran dos pequeñas maletas de color negro. Parece que algunos hombres podían seguir siendo prácticos. Unos calzoncillos, unos cuantos calcetines, pantalones y camisas que pudiera rolarse cada tercer día y seria lo suficiente. Eso parecía caber en la primer maleta, pero en la segunda llevaba lo mas esencial para el: sus lecturas. Llevaba revistas, novelas, compendios de cuentos. Todo aquello que se relacionara con la narrativa de terror, le apasionaba enormemente. En aquellos momentos se encontraba leyendo la legendaria novela "Soy leyenda" de Richard Matheeson, una de sus favoritas; la había leído aproximadamente cuatro veces. Los mantenía escondidos en la maleta porque no sabia como reaccionaria su tía ante este tipo de lecturas y costumbres suyas. La tía ya era vieja, así que podía sorprenderse con facilidad. Prefería que no se enterara. Por si llegaba a presentarse la situación de que viera el interior de las maletas, el había acomodado algunos de los textos sobre leyes y reformas actuales por encima de su tenebroso compendio. 

Después de los respectivos comentarios sobre su altura y lo bien parecido que se había puesto después de tantos años sin verlo, se encaminaron a la mesa y cenaron. La tía había hecho una sopa de pasta y le había servido ademas un guiso de carne con chile chipotle que pareció agradarle lo suficiente como para repetir plato. La sobremesa continuo sobre sus intereses al estudiar leyes y el como había decidido que estudiar en la ciudad podría ser mejor que en alguna de las universidades que tenia cercanas a su hogar. Cuando la mayoría de las preguntas fueron contestadas lo mas amablemente que pudo el chico, la tía se percato del cansancio en los ojos del chico y se sintió incomoda de seguir indagando en temas que seguramente le resultaban nefastos en esos momentos. Después de todo, el había venido a estudiar y no hablar con una vieja viuda. 


Lucy lo guió a sus aposentos. Era una habitación bien arreglada hasta donde podían los recursos de la tía Lucy. Tenia cortinas corridas de un color verde pasto algo apagado por el paso del tiempo, una alfombra de diversos colores en el centro y, encima de ella se encontraba la cama con una base de metal. La cama chirriaba al sentarse en ella, pero el chico creyó que bastaría para pasar noches de descanso seguro. Había ademas una ventana pequeña donde entraba la luz del crepúsculo. Tenia un pequeño estante al lado derecho de la puerta donde el chico pensó que podría poner sus libros para irlos eligiendo conforme el entusiasmo le ganara. Justo a un lado del estante, se paraba glorioso un enorme armario color del ébano; tenia dos puertas y cerrojo antiguo con dos cajoneras en la base. Parecía que todo seria suficiente para su comodidad. 


Su tía se despidió con un beso en la mejilla, y sonrió al cerrar la puerta. 



En el momento justo en el que se cerro la puerta, recordó que debía asearse, así que corrió hacia la puerta para hablarle a su tía preguntarle por el sanitario, pero cuando abrió la puerta, ya no estaba. Solo había una oscuridad impenetrable, el crepúsculo había muerto y las sombras hacían caer sobre los espacios su firme régimen inclemente. Tomo la vela que su tía había dejado en el estante antes de salir. Era la misma vela con la que habían cenado y platicado, parecía mentira, pero aun quedaba la mitad de la vela encendida. Tomó la base que sostenía el cilindro de cera blanca como el marfil y se dirigió al pasillo oscuro. Cuando cruzo por el umbral de la puerta y la luz parpadeante de la vela ilumino el corredor, sintió una brisa de aire helado que recorrió todo su cuerpo como una caricia perturbadora. Miró a ambos lados del pasillo y solo se podía ver una pantalla negra que lo ocultaba todo. En ese momento se percató de que ya no existía ningún ruido. Ya no se escuchaban los sonidos de las alarmas, ni la sirena de las ambulancias; nada, todo estaba tremendamente sereno. Suspiro. Se sentía algo alarmado por la oscuridad, se había pasado la mitad de su vida leyendo relatos de terror, pero esta vez era diferente. En esta ocasión sentía que la oscuridad no era algo normal, parecía que las sombras contenían una especie de voluntad propia. Tenia la sensación de que en cualquier momento seria engullido por unas fauces invisibles y desaparecería de la faz de la tierra. Era completamente estúpido, pero estaba paralizado, no podía dar un paso mas. Su mente se obligaba pero sus piernas estaban tan aterradas que habían decidido echar raíces ahí mismo. Estiro la mano porque tenia la ligera idea de que la oscuridad era un velo enorme que ocultaba grandes secretos a sus ojos. Quería imaginar que era un telón macabro que encubría una escenificación secreta del otro lado. Por fin, se obligo a caminar. Dio cuatro pasos y se dio cuenta de que cada uno era mas difícil que el anterior, que cada pisada era experimentar esa sensación de tenebroso peligro que lo desconocido insufla hasta en los corazones mas nobles. Sin embargo, seguía caminando. Las sombras bailaban un compás siniestro mientras la llama de la vela se contorsionaba por las ligeras brisas que podían colarse por entre los resquicios de las ventanas y las puertas. Eso le ponía los pelos de punta. No le gustaba que la flama danzara de esa manera. Parecía que en cualquier momento la danza luminosa convocaría una presencia extraña. Creía que mientras la luz recorría el camino que sus pasos instaban a andar, iría también recortando la distancia entre el y ese algo oculto en las tinieblas. de pronto, una puerta se dibujo del lado derecho del pasillo, cuando la abrió se dio cuenta de que era la habitación de su tía. Ella yacía dormida en su lecho, completamente ajena a lo que el estaba experimentando. Se descubrió pensando en como rayos una mujer sola puede vivir en una casa con este tipo de vibras y sensaciones. Después, se deshizo de la idea al considerar que lo mas correcto seria pensar que solo estaba sugestionado por sus lecturas, y que lo mejor seria andar con total soltura y serenidad; así se daría cuenta de que todo había sido una patraña. Una mala jugada de sus nervios... O tal vez no. Un sonido desquebrajó la aparente fachada de silencio. A veces la razón tiende a enfrentarse con circunstancias tan apabullantes y desgarradoras, que lo único que atina a llevar a cabo, es tornarse irracional y usar la fantasía. En el pasillo, una presencia cobro forma.


La figura comenzó a construirse en medio de una nube de humo plateado. Una risa grave y cavernosa gobernó el corredor y parecía rebotar por entre los muros aturdiendo a Roberto y llenándolo de una inmensa sensación de terror. La figura era un hombre, o al menos, lo mas cercano a eso. Era un hombre viejo, con la cara colmada de arrugas y cicatrices. Su rostro y sus manos estaban de un color blanco, mucho mas espantoso que una simple palidez, parecía esculpido en mármol. Pero la criatura no tenia ojos, solo las cuencas vacías que simulaban expresiones como si alguna vez hubiera habido ojos ahí dentro. El hombre sonrió. De su boca brotaron unas palabras que resonaron en la cabeza del chico con total fuerza que pudieron despertarlo del estupor y convencerse de que no era una alucinación.

-Uno mas- las palabras sonaron huecas y arrastradas teatralmente en un intento macabro por corroer la poco voluntad que quedada en Roberto.


El chico salio disparado de regreso a la habitación. En el trayecto tiro la vela y esta se apago en la caída. Todo comenzó a volverse en sombras nuevamente. Un brazo lo sujeto con fuerza por el pecho y lo sacudió tumbándolo fuertemente al suelo. Era su tía. Ella tenia la mirada crispada en un lamento sincero, pero perturbadoramente demente. 


-Lo siento, hijo- dijo la tia-. El me prometió que todo acabaría si le daba uno mas.

El chico no pudo decir nada, se encontraba sofocado por el golpe en la espalda. Todo su aire había sido expulsado de golpe y no podía decir una sola palabra. Tampoco es que tuviera algo que decir. No entendía una sola palabra de lo que acababa de decir. ¿Acaso ella lo había alojado solo para deshacerse de esa cosa? ¿Había mas gente relacionada con eso? Que carajos significaba todo este embrollo. No tenia tiempo para pensar en esas cosas, esa cosa seguía caminando y el apenas podía respirar. Intentó pararse pero su tía le presionó contra el muro para que estuviera quieto. Ella sintió que recobraba las fuerzas y apretó sus dedos en el cuello para asfixiarlo. Sentía la sangre abandonar su cerebro, una presión ardiente le hacia sentir que sus ojos explotarían. Por dios, le faltaba el aire de nuevo, pero esta vez era mas angustiante, mas letal esa falta, sentía que iba a desvanecerse. Esa cosa seguía avanzando. Maldijo la lentitud con la que la criatura avanzaba por el corredor. Una decena de tentáculos de humo negro brotaban de su espalda y acariciaban el vacío a su paso. Las manos largas y blancas, con sus grietas pétreas arañaban el aire en busca del cuerpo del chico. El, aun consciente, pero cerca del estado de inconsciencia, se mantenía aferrado a las manos de su tía. Ella seguía lamentándose con la mirada. Cuando la criatura llego, parecía que desprendía su propia luz. Roberto podía verlo aun entre las sombras. Esa cosa se detuvo a un costado del cuerpo exangüe de Roberto y acerco su cara agrietada y muerta a la de Roberto. Este, fue inundado por el terror y la pestilencia de aquella presencia. Parecía que de su cuerpo se exudara el aroma de miles de cuerpos pudriéndose en el sinfín de la historia. Contuvo sus ganas de vomitar y se concentro en las pocas fuerzas que le quedaban. Pataleaba manoteaba sin lograr nada. Uno de los golpes atino a la cara de su tía y esta lo soltó. Aspiro profundamente y se arrastro rápidamente por el corredor. Su cara estaba roja por el esfuerzo y siguió andando hasta correr a la puerta de la habitación. Pero algo tomo su pie y lo jalo. El chico cayo al suelo golpeándose la cabeza. Un río de sangre corrió por su sien y le acaricio el parpado izquierdo. Uno de los tentáculos humosos lo había sujetado. La cara de la criatura sonreía maliciosamente. Otro de los tentáculos lo tomo por el torso y lo levanto sin ninguna dificultad. Los brazos negros lo llevaron hasta aquella criatura y lo pusieron frente a los huecos negros de sus ojos. Era mas alto que Roberto, sus pies apenas rozaban el suelo y apenas estaba unos centímetros abajo de sus ojos.

-Uno mas- repitió el hombre mientras abria la boca.


Una lengua negra asomaba por entre sus fauces y un sonido silbante se escucho atronadoramente por los rincones de la casa; parecía provenir de todos lados. De pronto, Roberto sintió que algo dentro de su cuerpo era agitado dentro y un dolor insufrible le atenazaba las entrañas. Sentía como si un taladro estuviera revolviendo sus vísceras. Intento gritar pero no lo logro, ya no tenia aliento. Se había escapado. Una esencia amarillenta comenzó a brotar por sus poros, su boca y sus fosas nasales. Su cuerpo se tenso y convulsiono en el aire, mientras los tentáculos lo sostenían. Sintió como su cuerpo adelgazaba y la muerte alojaba en su regazo. Experimento la sensación de una perdida de luz. Poco a poco las imágenes que sus ojos le mandaban fueron apagándose, desdibujándose de manera enloquecedoramente lenta y cadenciosa, hasta que por fin, todo se apago.

El cuerpo cayo, seco y enflaquecido al lado de la tia que sollozaba y se hacia ovillo al lado del cuerpo de su sobrino. El hombre pareció darse cuenta de su presencia y volteo hacia ella.

-Uno mas- repitió.

-No, ya fue suficiente- gritó Lucy.
-Uno mas.
-Dijiste que que seria el ultimo- respondió aterrada-. Me prometiste una segunda vida.

El hombre sonrió.


-Si, siempre ha sido otra forma de vida.


Lucy comprendió y se aferro histérica al cuerpo seco de Roberto mientras este se hacia polvo en el suelo. Ella intento correr, pero la figura la tomo con los brazos negros y la atrajo hacia si. El proceso se repitió y el cuerpo seco y sin vida cayo a los pies de la criatura.


Las sombras comenzaron a desvanecerse. la luz de la mañana reclamaba su reino y el hombre se diluía en un liquido negro envuelto por sus tentáculos. Una voz dejo eco en las habitaciones.


-Uno mas- susurro en millones de ecos-. Bardol siempre tiene uno mas.


Todo volvió a serenarse. Los cuerpos estaban hechos polvo; lo que fueron y pudieron ser estaba marchito en la infinitud de lo imposible y lo inconcluso. Siempre hay un castigo peor que la muerte. Motivos y recuerdos fueron devorados por la figura. El hombre que obliga que todo se repita.    


domingo, 8 de febrero de 2015

El mensaje


El cuervo aleteó con soberbia y gracilidad por sobre los árboles del cementerio, y se posó delicadamente en una rama seca, como los dedos de un cadáver momificado. El ave negra graznó, como si de un canto fúnebre se tratara, y fijó sus ojos en el cortejo mortuorio que se abría paso por las fangosas calles del camposanto. La lluvia del día anterior había caído de manera imprevista y furiosa, el agua cayó como miles de agujas de mercurio helado; las calles de tierra apisonada se volvieron lagunas de lodo y agua sucia. El cementerio no eludió la misma suerte.

El cielo, aunque libre de las perturbadoras nubes negras que anuncian la tormenta, sin importarle lo más mínimo si la calma ha de seguirla, estaba gris y sin vida. El día había tomado una huelga, sus motivaciones para esculpir sonrisas cuando el sol toca la tierra, se habían evaporado como la vida del desgraciado niño al que, en la caja de pino sin laca, llevaban dos hombres con expresión serena. Los hombres y mujeres que seguían a los dos hombres que cargaban el ataúd improvisado, llevaban muestras claras de una angustia sin nombre en el rostro. Tropezaban torpemente entre los agujeros y los charcos que la lluvia dejó al recorrer el pueblo, pero parecía que esas infortunadas expresiones de la torpeza que la tristeza y el miedo provocan, no tenían la menor importancia para los fantasmas que acompañaban el cuerpo del infante. Estos no miraban atrás, no fijaban sus ojos en el camino después del tropiezo y no emitían una sonrisa nerviosa al darse cuenta de sus equívocos en el andar. Eran una muestra clara de cómo la angustia arroba la consciencia al más claro margen del momento y su propósito.

El niño había muerto apenas 3 días. Fue una muerte lenta y llena de alucinaciones terroríficas por regalo de las fuertes fiebres que lo aquejaban. Su cuerpo se lleno de pústulas mientras sus ojos se blanqueaban como barnizados por unas intensas cataratas. Fueron 8 días, solo transcurrieron 8 días desde los primeros síntomas para que su respiración se enlenteciera y enflacara. Cada intento fallido por una inhalación fuerte y profunda, terminaba en sonoros estertores que precedían una tos escandalosa y flemática. El ultimo día, a las 9 de la noche, el cuerpo del niño cedió a los embates de la muerte. Con el cuerpo adelgazado hasta la exposición de sus articulaciones, dio un intento de sonrisa a su madre que lloraba quedamente abrazada de su esposo con la cara contraída por el odio y la tristeza. Ellos estaban arrodillados ante el catre de su hijo, y cuando su sonrisa se extinguió en una mueca ominosa y ausente, la madre estalló en un aullido desgarrador de dolor y pena mientras se aferraba, como el desgraciado que cae al fondo de un abismo a las orillas del risco, al pecho y los brazos de su esposo.

Llamaron al médico del pueblo, un viejo de cabello ralo y mirada inquisitiva que se pasaba las tardes dormido en su consultorio, nadie le exigía consultas pues tenían miedo de que en cualquier momento cayera muerto por sus descuidos. Este examinó el cuerpo sin dejar de poner una expresión de sincero asco y confirmó la muerte a las 10 de la noche. Fue consejo suyo el preparar el cuerpo de inmediato, puesto que la enfermedad había hecho estragos considerables en el cuerpo del niño, por lo que el horroroso y místico proceso de la descomposición sería muy desagradable. Pero la madre se negaba a dejar ir a su hijo como si se tratase de cualquier cosa que uno se encarga de utilizar y tirar al cumplir el cometido por el que fue hecho. Su hijo no había sido engendrado con el propósito de morir frente a los ojos de sus padres y ser testigo inerte de sus lágrimas. Su hijo tenía una misión más poderosa que terminar como un montículo pestilente de carne podrida y dejar que los escarabajos y los gusanos se apoderaran de sus ojos y sus tejidos. Se decidió elaborarle una caja propia para un cuerpo, y no un simple petate. Se veló una sola noche y se decidió pasar al tercer día al entierro.

La madre caminaba completamente exhorta en sus pensamientos y su agonía. Algo había llamado su atención el día en que el cuerpo estuvo por última vez con todos sus allegados y sus familiares más queridos. Cuando su madre se acercó por última vez al cuerpo, ahora con la piel amarilla y cuarteada, los ojos saltados y el cuello amoratado, el niño arrojó un suspiro y pareció que su cabeza se sacudió para denegar algo ininteligible para la madre. Ella creyó que sólo había sido un intento de su mente por mantener vivo a su pequeño, que esas ilusiones no provienen de la realidad sino de los deseos más profundos y egoístas que el alma puede producir. Decidió que sería mejor no hablar del tema, su marido ya sufría demasiado como para tener que tratar con una mujer que pretendía perder la razón que afrontar el designio que la vida le imponía de una manera tan ruin y descorazonada.

Faltaban unos cuantos metros para llegar a donde se encontraría el sepulcro de la pobre criatura finada, cuando el canto del cuervo se escuchó retumbando y multiplicándose en la amplitud del recinto. El sonido recorría los mausoleos y resonaba entre las lápidas derruidas por el tiempo y el descuido. Nada obstaculizo el angustiante mensaje que el cuervo tenía para con los acompañantes de la muerte: Ya viene.

Cuando el canto del ave negra se extinguió de los oídos de los presentes, apareció en su mente un terror inimaginable, una angustia creciente en cada paso, no sabían el porque de tanto temor. De cierto modo, parecía ser que esperaban de alguna manera que el día no había terminado con sus sorpresas, esta vez algo tomaría posesión del momento y cambiaría sus vidas.

Sin preludio alguno, un viento aciago recorrió el lugar acariciando los rostros de los hombres y mujeres. Su tacto era helado y delicado, como si el aire mismo tuviera miedo de su remitente. De pronto, un remolino se condenso en el agujero predestinado para la tumba, y una figura apareció.

Las personas se quedaron congeladas donde se encontraban, con el rostro desfigurado por el espanto; una mueca colectiva de estúpido terror se manifestó ante la presencia desconcertante. En un instante, la figura oscura que levitaba por encima del agujero extendió lo que parecían ser sus brazos. Su cuerpo estaba cubierto por una túnica gris y raído por el tiempo de la eternidad. Podía palparse en el ambiente la sensación de que toda esperanza y felicidad habían perecido en ese mismo instante. Ya nada quedaba después de esa presencia, ni los sueños, ni las emociones; sólo cabía el horror y el desasosiego de la incertidumbre.

El cuervo pasó volando por entre las demás ramas secas de los árboles, rodeo aleteando el sepulcro y ondeó en el aire como un buitre tanteando su presa. Se dirigió hasta donde estaban los presentes y en el aire estalló en llamas negras hasta perforar las tablas del ataúd. Las tablas que cubrían el rostro del niño se removían con perturbadora secuencia hasta romperse hacia fuera, como si una bala hubiera sido disparada desde dentro. Un brazo descompuesto salió desde dentro rompiendo las tablas que impedían su paso. El cuerpo del niño se irguió con una cadencia ominosa y delicadamente lenta, como los movimientos calculados de una araña.
El niño levantó la cabeza para hablar a las personas reunidas a su alrededor que mantenían una expresión de asombro y horror al mirar su cuerpo desgajado y corrupto. Su tráquea asomaba por entre los huecos que la descomposición había provocado en su cuello, y sus ojos eran de un color amarillo acuoso. Más de alguno de los presentes no pudo contener una arcada de asco ante la impresión de aquel fenómeno. De un instante a otro, el cuerpo del niño se convulsionó y sus labios se abrieron dejando ver unos dientes verdosos y una lengua negra.

- Ya no más- rugió la voz gorgoreante del niño.

La madre se desmayó en un intento por alejar de su realidad aquella muestra siniestra de lo que su hijo se había convertido. Ahora algo lo poseía y se apoderaba de su voz y su cuerpo. La sangre podrida escurría por entre los pliegues de su cuello y sus ojos en gotas coaguladas. Su mirada estaba extraviada en la infinitud del horizonte. La figura encapuchada bajo los brazos y dio un corte en el aire con su mano derecha. El cuerpo del menor volvió a convulsionarse, dejando escapar de su rostro y su brazo derecho pedazos de piel y músculo. Fue entonces cuando retomó la palabra.

-Ustedes, los pobres hombres. Siempre tan temerosos de lo que soy y lo que causo. Yo soy la eterna- Dijo el niño, esta vez mirando sin mirar los rostros asustados de los espectadores, recorriendo con la mirada a cada persona mientras crujían sus tendones rígidos por el esfuerzo-. Le temen a la muerte no por lo que es, sino por el desconocimiento inmenso de lo que implica. Soy un regalo; soy aquello que permite que sus deseos de extinguir las angustias y el dolor, se hagan reales. La vida los vomita y poco a poco se va deshaciendo de ustedes, pero yo soy muy diferente. Mi beso los conserva; la frialdad de mi justicia los hace inmortales. Dejen de albergar tanto sufrimiento por algo tan natural como irrevocable y necesario. Aislen sus tormentos por el abrazo de la muerte, que más que penoso, es un acto de inmensurable bondad. Ya no más.

Terminado el discurso de la muerte, completado el mensaje para los egoístas del corazón y temerosos de espíritu, la figura se evaporó en una cortina de humo negra y espesa. El cuerpo del niño se desplomó convirtiéndose en cenizas dentro del ataúd, y un cuervo tomó vuelo hacia el cielo gris, ahora poblado de nubes blancas. Pero el mensaje seguía resonando en las mentes confundidas de los mortales:



Ya no más...