Lily tenia catorce años. Era una chica lista y bastante extrovertida. Ella gustaba de los juegos de mesa con sus amigos y pocas veces salia con ellos a alguna parte; no le gustaba la calle, se sentía un poco angustiada. A su padre y a ella los habían asaltado yendo por la acera mientras regresaban con pan y leche del supermercado a siete cuadras de la torre de departamentos donde vivían. Su padre iba relatandole uno de los chistes que tanto la hacían reír; hablaba sobre un perico grosero y unas monjas asustadizas. Siempre escuchaba ese chiste, y tal vez la gracia no se escondía en su relato, sino en su cuentista. Amaba a su padre. Siempre lo había vislumbrado como el héroe de todo los cuentos: grande y poderoso, con un brillo en su mirada y su sonrisa seductora que la hacían sentirse amada y protegida. Le encantaba sentarse en su regazo y escucharlo leerle los cuentos que el le escribía, era maravilloso poder estar con el. Su madre había sido muy buena con ella, sin embargo, algo la alejaba de ella, era algo dura en cuanto a la disciplina para con ella, e incluso para con su padre, pero era una buena madre. Por alguna razón, se sentía mucho mejor con su padre. Sentía que el podía entenderla con facilidad. Su madre jamas se habría sentado a platicar con ella y mucho menos a escribirle y relatarle un cuento.
Una voz reventó los murmullos de la calle y sesgó de un tajo el chiste de su padre:
-Detente o la pasaras mal- golpeo la voz en un susurro, quedo pero intempestivo-. Dame todo lo que traigas, es en serio. Te mueves y le corto el cuello a la bella dama.
-No hay razón para tal acto- dijo su padre-. Te daré lo que quieras.
-Eso espero. Quítate el reloj.
-Ahí esta, por favor, déjanos ir- dijo en una suplica que no tenia tal tono.
Su padre apenas iba a formular un segundo comentario cuando tan solo cayó de bruces contra el suelo de cemento frío. Tenia sangre en la cabeza y estaba inconsciente. Lily soltó un grito y lo abrazó. Intento sacudirlo para que despertara pero el seguía con los ojos cerrados mientras su vestido color vainilla se teñía de escarlata en el pecho por la sangre que seguía fluyendo. Gritó que la ayudaran y un viejo se asomó por la ventana de herrería de una de las casas chaparras de las callejuelas. Ella alcanzo a ver el movimiento rápido de las cortinas y le gritó que llamara a la ambulancia. El viejo no pareció responder, pero la ambulancia llegó a los pocos minutos, mientras ella estaba acurrucada junto al cuerpo de su padre. Los paramédicos intentaban separarla pero ella se debatía a patadas y sollozos para que la dejaran con él. Uno de los servidores se coloco junto a ella y le explicó con palabras tiernas que no podían ayudar a su padre si ella estaba sujetándolo. Necesitaban apartarla solo un segundo mientras le tomaban los signos y le administraban lo que fuera necesario. Una vez que eso acabara, la dejarían estar con él. Y así fue. A ella también la revisaron, pero no tardaron en darse cuenta que la sangre solo era de su padre. Cuando llegaron al hospital, la tuvieron que separar de nuevo mientras le cocían la herida de la cabeza. Su madre llegó a los pocos minutos, una enfermera había hablado a la casa. Su madre abrazó a Lily y le pidió que le explicara lo sucedido. Ella lo revivió todo entre sollozos. Ni siquiera sabia que decirle, no había visto nada en realidad. Solo la voz del tipo malo y a su padre derrumbarse en un instante con sangre en la cabeza. Su madre tenia lagrimas en los ojos y solo atinó a abrazarla nuevamente, mientras le susurraba "mi chiquita" al oído.
Eso había pasado. Ahora ella tenia catorce años y no necesitaba tanto la presencia de su padre. Ahora era el editor de una revista pueblerina y ganaba bien, pero también podía pasar menos tiempo con ella. El distanciamiento había sido duro, y mas cuando su padre anuncio a los nueve meses de tomar posesión del cargo de editor, que tenían que mudarse. Les decía que todo iría bien, que esta vez no era un departamento, esta vez era una verdadera casa. Y era verdad, tenían jardín y un parque a tan solo una cuadra de la casa. La casa estaba pintada de blanco y los muros estaban hechos de madera, con un ático de verdad que tenia una ventana circular, como en las películas.
Su padre las abrazó cuando por fin accedieron a mudarse. Ella había aceptado de manera mas forzada que voluntaria. No quería estropear el entusiasmo de su padre. El había luchado mucho tiempo por ganarse un lugar en la editorial y ahora lo tenia. Pero le dolía despedirse de sus amigas y amigos. Si bien no era la chica mas popular de la escuela, si tenia tres amigos incondicionales: Diana, Laura y Miguel. Diana era algo reservada y algo altanera pero se sabia adaptar bien; Laura era un poco ruda, era como estar con un chico, así que era divertido siempre; Miguel era el tipo creativo, siempre se le ocurrían juego nuevos con los cuales pasar el rato juntos, no le gustaba estar sin hacer nada, a Lily si, pero accedía aunque no estuviera muy de acuerdo. Después de todo, ellos siempre jugaban a algo que le gustara a ella, si no era de las costumbres de Lily, Miguel siempre inventaba algo mejor. Eso le gustaba a ella, se sentía integrada y querida.
El primer día que entró a la casa se sentía como un animal extraño. La casa no terminaba de gustarle. Sin embargo, trató de disimular lo mejor que pudo, lamentablemente su padre la conocía muy bien.
-Ya te acostumbraras, hija- le decía mientras le sujetaba el hombro y le daba palmaditas-. Nada mas es de que hagas nuevos amigos, cuesta acostumbrarse a un nuevo lugar, pero te darás cuenta que el mismo aire que pasa en Rusia se puede respirar aquí, eres fuerte.
-Si, papá.
Al subir a su habitación se encontró conque su padre ya había dispuesto todas sus pertenencias en el exacto acomodo en el que estaban antes. Aunque, ahora parecía que sus pertenencias eran tan pocas que necesitaría comprar al menos el cincuenta por ciento mas para llenar el cuarto. Puso sus amuletos en el buró chueco y grotesco que tanto le gustaba del "extraño mundo de Jack", y se acostó en la cama, pensando en si podría adaptarse. Sus amuletos eran una pinza para el cabello que le regaló Diana, una semilla extraña que encontró Laura y, una pieza del juego de mesa favorito de Miguel. A ella siempre le había aburrido, pero le gustaban los juegos de mesa mas que las carreras o la caza de lagartijas. De alguna manera, le daba una sensación de compañía perpetua. Siempre los guardaba en sus bolsillos, los dejaba en el lavabo cuando se bañaba y en el buró cuando dormía. En algunas ocasiones, cuando se sentía asustada o molesta, apretaba los objetos y el sentimiento aflojaba hasta desaparecer o ser un simple rescoldo de lo que en su aparición fue.
Pasaron varias semanas desde la llegada de toda la familia al pueblo de Desmontes, y Lily comenzaba a acostumbrarse al ritmo de vida, sobre todo al de su padre; a veces llegaba hasta muy noche, solo a dormir. Sin embargo, no le gustaba su habitación. El cuarto estaba al fondo de las escaleras, justo donde el sol se ocultaba, pero la luz de la luna siempre daba en el blanco de la ventana. La verdad era que por las noches, era algo tenebroso, la asustaba el brillo plateado que todos los objetos de su habitación reflejaban cuando la luna salia y gobernaba la noche y el suelo con su luz blanca y fría. Su padre siempre había querido instalar la calefacción porque su cuarto siempre estaba helado para cuando ella se acostaba. Era una lata. En una ocasión, su padre subió hasta su cuarto para verificar que no eran imaginaciones suyas y pareció darse cuenta de que la habitación en realidad era muy fría. Reviso todos los huecos del dormitorio pensando que habría algún agujero por donde se colara el aire de la noche. Lily todavía poder ver la cicatriz en forma rayo que caía desde la coronillas hasta la base de la nuca. Era algo horroroso, casi le arrancaban el cuero cabelludo con ese golpe. cada vez que veía su cicatriz corría a abrazarlo y decirle que lo amaba. El sabia porque era esa conducta, pero prefería callar.
El primer día de la séptima semana, Lily estaba duchándose para bajar a desayunar, era día festivo y la escuela estaría cerrada. Su padre había decidido que lo mejor seria ir a comer juntos, así que estaba muy contenta con ello. Se pondría sus mejores ropas, su padre le había dicho en constantes ocasiones que le gustaría volver a verla con vestidos. A él le parecía que su apariencia era hermosa con vestidos o faldas. Le decía que su cabello castaño suelto y no en esa cola de caballo, lucia mejor; que su apariencia mejoraría si dejaba de usar esos jeans y esas blusas negras estampadas. Ella quería complacerlo, era dueña de su cuerpo y ella sabia que era lo que quería vestir y que no, pero también amaba a su padre. Con una que otra ocasión que le diera gusto no pasaría nada. Ademas, no les disgustaba tanto, solo era que la hacia recordar aquella situación. Desde esa vez, dejo de usar vestidos, pero creyó que ya era tiempo de ver el pasado con ojos nuevos. El pasado se nos presenta tan doloroso porque él mismo sufre nuestra herida, clama porque las lagrimas no se reciclen y las experiencias nos ayuden a formar nuevos llantos.
Mientras salia de la ducha y se cubría el cuerpo mojado con la toalla blanca, un frió seco le atenazó el cuerpo. De un instante a otro, el miedo la embargo como una víbora que se enreda por su cuerpo hasta asfixiarla. El vapor giraba y se expandía entre los muros del baño, sentía como entraba en sus pulmones y un ligero cosquilleo la hacia tener ganas de toser. El espejo del baño estaba empañado y algo había del otro lado, una figura negra. Lily creyó que estaría reflejando cualquier cosa del cuarto de baño, pero aquella figura se movía, parecía escurrirse del otro lado del espejo. De pronto, algo comenzó a escribirse entre el bao del espejo. Dos palabras.
"Otra vez".
Lily quiso soltar un alarido de terror pero la voz se le atraganto y no salió nada. Estaba paralizada por el espanto. Tenia mucho miedo. Su cuerpo temblaba como cubierto por aguas gélidas. Una voz resonó en su cabeza entre miles de ecos, como procedente de una caverna húmeda y oscura. La voz era de una niña, tal vez eso la haría mas espantosa.
-Jugarán conmigo.
La toalla se le resbaló de las manos y sus pechos quedaron expuestos, bailando al ritmo de sus convulsiones de horror. Su cuerpo, blanco y suave estaba erizado de pies a cabeza. Salió corriendo de la habitación y bajó las escaleras a saltos. Su padre salia de su despacho, junto a la puerta de entrada, cuando escuchó sus gritos y ella se lanzó a sus brazos. Su padre, ya con algunas canas en las sienes, entre el cabello negro azabache, le decía que se calmara y la acariciaba. Trataba de no verla, ella no se dio cuenta aun de la situación tan incomoda en la que ponía a su padre. Sus ojos tranquilos estaban cerrados pero podía sentir la calidez de sus manos recorriéndole el hombro, como siempre hacia cuando ella tenia miedo de dormir sola en las noches de tormenta. Eso la calmo, y cuando se sintió calmada, le relató todo lo que había visto. Su padre le sonrió en una tierna muestra de comprensión y la abrazó, cubriéndola con su saco. Pero ella sabia que no le creía, que tal vez se lo adjudicaría al estrés o a que en el fondo a ella no le gustaba estar ahí. Bueno, de eso había algo, definitivamente, ahora estaba segura de que no le gustaba estar ahí. Su madre estaba en la cocina. Cuando escuchó los sollozos de Lily, salió para ver que pasaba y fue a su encuentro en cuanto los vio pasar por enfrente de la puerta doble de la cocina. Los dos intentaron consolarla, sin mucho éxito. Le explicaban que era el estrés del cambio y la casa nueva, era normal. Del terror pasó a la frustración y luego a la ira. Aventó a su madre y le dijo que no comprendía, que ninguno de los dos entendía nada.
-No me están entendiendo- dijo furiosa-. ¡Hay algo en esta casa!
Al finalizar el grito, un ruido espantoso estalló en la planta de arriba. Su madre subió las escaleras, Rachel soltó un grito y no volvió a escucharse sonido alguno. Tanto Lily como su padre se voltearon a ver entre pasmados y alarmados. Los dos subieron las escaleras, parecía como si ninguno de los dos se percatara del pequeñísimo detalle de la desnudez de Lily.
Cuando los dos pasaron el ultimo peldaño,voltearon a verse con cierta aprensión. Su padre se dio cuenta hasta ese momento, en la mujer que se había convertido su hija. Su cuerpo ya no era una tabla de piel blanca, sino una bella figura esculpida con mármol suave y delineado en pliegues y ondulaciones exquisitas. Por un momento, se asusto de la excitación que sintió dentro de sus pantalones. Era una pequeña sensación de levantamiento palpitante y apremiante, desesperado. Se forzó a apartar la vista del cuerpo de su hija y siguió caminando en dirección a la habitación de donde Lily había salido despavorida. Encontró los pies de su esposa, Rachel, salidos del umbral de la puerta del baño, como si se hubiera desmayado. Cuando su padre, que precedía a Lily, vio el escenario se tapó la boca para no soltar un alarido de espanto y tristeza. Rachel yacía en el piso del baño. Era un cadáver. Tenia las manos y la cara ennegrecidas. Sus ojos estaban entintados en plata, como si en las cuencas les hubieran vaciado liquido de mercurio. De su boca manaba sangre negra. Cuando Roberto se agacho para abrazar a su esposa se percato del motivo de la sangre. Sus dientes estaban completamente astillados, tenia las encías sangrantes y la lengua amarillenta. Apestaba horrorosamente, pero el sufrimiento pudo mas que el asco y el miedo. Se sentó a abrazar a su esposa mientras sollozaba quedamente. Había olvidado por completo que su hija estaba al otro lado del cuarto, desnuda, con tan solo un saco que la cubría. Ella asomo por la puerta y cayo súbitamente desmayada.
En la caída, el saco se deslizo y quedo a un lado del cuerpo desnudo de Lily. Su padre la vio caer, pero no hizo nada por sostenerla, el dolor le había cegado el alma y el instinto. Como llueve la indiferencia por los dolores mas tormentosos del alma. Su hija yacía desmayada, desnuda, y su esposa era un remedo de carne podrida y sanguinolenta en sus brazos.
Un sonido rompió la armonía de los sollozos. Era un sonido asqueroso, como si algo se desgarrara. El sonido de una articulación que sale de su lugar. Una mano negra atenazo el cuello de Robert y lo hizo lanzarse hacia atrás, golpeando la cabeza con el marco de la puerta. Los ojos le ardían, sentía como la sangre dejaba de irrigar su cerebro y la presión se agolpaba en sus ojos queriendo hacerlos estallar mientras se llenaban de lagrimas. La figura ennegrecida se erguía con un sonido desgarrador y acuoso. El brazo, al girar para ponerse de frente a Robert, se disloco y volvió a acomodarse con un crujido en cuanto tuvieron los rostros tan cerca como para besarse. El cuerpo respiraba de manera flemática y desesperada, como si le costara trabajo tomar el poco aire que su nariz podrida podía tomar. Su padre estaba a punto de morir, sentía como algo dentro de su cuello estaba cediendo, podía experimentar como la laringe se cerraba y los pulmones pedían a gritos un pizca de exquisito aire. Todo estaba a punto de apagarse cuando la mano se detuvo. Lily había derribado al cuerpo negro de una patada, tenia su espinilla llena de sangre coagulada. La cabeza del cuerpo ahora estaba colgando de un par de tendones verdosos, se agitaba y convulsionaba intentando acomodar una cabeza que caía nuevamente en cada intento. De pronto, el cuerpo se tendió en el suelo, se convulsiono una vez mas y comenzó a diluirse en un liquido viscoso y negro como la brea. El liquido burbujeaba y humeaba mientras se evaporaba poco a poco, hasta desaparecer.
Robert estaba en el rincón de la habitación con la cara y el cuello rojos. Respiraba agitadamente y parecía arañar hasta el ultimo trago de aire posible. Pero, al ver que su hija salía del cuarto de baño, corrió hacia ella con pasos torpes. La abrazó y la sentó en la orilla de la cama. Lily llevaba los amuletos de sus amigos en la mano, los había tomado del lavabo. Los sujetaba con fuerza y alternaba una caricia para cada uno de manera compulsiva. Tenia la mirada perdida y se balanceaba sentada en la cama mientras las lagrimas le brotaban solas. Estaba completamente aterrada. Su padre la abrazaba mientras intentaba esconder el llanto que le escocia los ojos. El también estaba al borde de un ataque nervioso.
Robert vio la sangre en la espinilla de su hija y la intento limpiar con su mano. La sangre se traspaso a la palma de Robert y la mancha se movió. Robert creía que estaba alucinando. No, la mancha de sangre coagulada se movía. Se ensanchaba y alargaba, estaba caminando por su palma. El agitaba la mano desesperadamente y su hija pareció darse cuenta por fin de lo que la rodeaba y atino a gritar repetidamente. No podía dejar de gritar. Se hizo un ovillo en la cama mientras su padre gritaba y trataba de deshacerse de la mancha de sangre negra que lo estaba abrazando; ya estaba a la altura del codo y seguía avanzando. Robert caminaba por la habitación restregándose en todos los muros intentando deshacerse de esa maldita cosa.
Una risa aguda e infantil retumbo en la habitación. Mientras Robert estaba llorando de la desesperación y el espanto, pudo ver en el espejo de cuerpo entero que colgaba cerca de la puerta de la habitación, una figura negra y pequeña que sonreía de manera divertida. Ella era quien se estaba carcajeando como una niña que jugaba a las cosquillas con sus hermanos. Ella dejo de reír pero la sombra de la sonrisa no paraba de estar cincelada en su rostro. Era una dentadura perfecta, con los ojos como plata y el cabello hasta la cintura. Todo lo demás estaba sucio, parecía recién salida de un charco de petroleo o fango negro. Su cuerpo escurría ese liquido viscoso. Robert quedó paralizado.
-Vaya, parece que ya no mas- dijo la niña del espejo.
-¿Que esta pasando?- decía Robert-. ¿Que es lo que quieres?
-Mas juguetes- dijo la niña, pero en esta ocasión la sonrisa se había evaporado como el cuerpo negro que había sido su esposa-. Quiero que el juego no acabe.
La niña salió del espejo como si de un muro de agua se tratara. Camino hacia Robert y cuando estuvo cerca de el, al acorralarlo contra el muro del fondo del cuarto, le atravesó la mano derecha por las entrañas. Robert sintió un dolor punzante en el vientre, mientras la voz se le escapaba y la camisa se le teñía de un rojo oscuro por abajo del pecho. Miró en dirección a Lily que seguía revolcándose en la cama y se tapaba los oídos. Intento disculparse con ella por no ser suficientemente bueno para protegerla, pero las palabras solo aparecieron en su mente, no lograron traspasar el muro de sus labios. Cayó de rodillas viendo como todo se desvanecía, y con la negrura, la imagen perturbada de su hija sobre la cama. De su cabeza, la cicatriz se abrió y manó la sangre negra del anterior cuerpo, mientras la piel vibraba y se rasgaba. La piel comenzó a voltearse poco a poco, hasta quedar el cuerpo del revés. La piel se evaporaba mientras se desgarraba. Los músculos y los tendones se reventaban y desaparecían como absorbidos por algo. En unos segundos no quedo mas que una mancha negra en el suelo.
La niña comenzó a caminar hacia la cama. Se detuvo en frente del cuerpo desnudo de Lily y la tomo de la mano. Estaba sucia. El cuerpo desnudo se estremeció al tacto. La piel de su cuerpo estaba erizada, sus pechos se balanceaban con los temblores y sus piernas estaban enroscadas entre si. Sin embargo, decidió levantarse, como si estuviera en un trance o el miedo fuera tan enorme que le impidiera oponerse a la voluntad de cualquier cosa, por insignificante que fuera. Se levantó y comenzó a caminar agarrada de la mano de la niña que sonreía al caminar, mientras sus pisadas dejaban huellas de brea por la habitación.
Lily, en un ultimo dejo de cordura se tapó el trasero con la mano libre, sintiendo el tacto húmedo de sus glúteos. Se había orinado. Sus piernas blancas también estaban mojadas. Intento zafarse del agarre de la niña, pero no con mucho empeño. La niña volteó, con una sonrisa aun mas amplia que la anterior.
-Tranquila, Lily- dijo la niña-. Estarás bien con nosotros. Allá nada termina. Todo se repite, no hay fin.
Y cruzaron el espejo.
Cuando los dos pasaron el ultimo peldaño,voltearon a verse con cierta aprensión. Su padre se dio cuenta hasta ese momento, en la mujer que se había convertido su hija. Su cuerpo ya no era una tabla de piel blanca, sino una bella figura esculpida con mármol suave y delineado en pliegues y ondulaciones exquisitas. Por un momento, se asusto de la excitación que sintió dentro de sus pantalones. Era una pequeña sensación de levantamiento palpitante y apremiante, desesperado. Se forzó a apartar la vista del cuerpo de su hija y siguió caminando en dirección a la habitación de donde Lily había salido despavorida. Encontró los pies de su esposa, Rachel, salidos del umbral de la puerta del baño, como si se hubiera desmayado. Cuando su padre, que precedía a Lily, vio el escenario se tapó la boca para no soltar un alarido de espanto y tristeza. Rachel yacía en el piso del baño. Era un cadáver. Tenia las manos y la cara ennegrecidas. Sus ojos estaban entintados en plata, como si en las cuencas les hubieran vaciado liquido de mercurio. De su boca manaba sangre negra. Cuando Roberto se agacho para abrazar a su esposa se percato del motivo de la sangre. Sus dientes estaban completamente astillados, tenia las encías sangrantes y la lengua amarillenta. Apestaba horrorosamente, pero el sufrimiento pudo mas que el asco y el miedo. Se sentó a abrazar a su esposa mientras sollozaba quedamente. Había olvidado por completo que su hija estaba al otro lado del cuarto, desnuda, con tan solo un saco que la cubría. Ella asomo por la puerta y cayo súbitamente desmayada.
En la caída, el saco se deslizo y quedo a un lado del cuerpo desnudo de Lily. Su padre la vio caer, pero no hizo nada por sostenerla, el dolor le había cegado el alma y el instinto. Como llueve la indiferencia por los dolores mas tormentosos del alma. Su hija yacía desmayada, desnuda, y su esposa era un remedo de carne podrida y sanguinolenta en sus brazos.
Un sonido rompió la armonía de los sollozos. Era un sonido asqueroso, como si algo se desgarrara. El sonido de una articulación que sale de su lugar. Una mano negra atenazo el cuello de Robert y lo hizo lanzarse hacia atrás, golpeando la cabeza con el marco de la puerta. Los ojos le ardían, sentía como la sangre dejaba de irrigar su cerebro y la presión se agolpaba en sus ojos queriendo hacerlos estallar mientras se llenaban de lagrimas. La figura ennegrecida se erguía con un sonido desgarrador y acuoso. El brazo, al girar para ponerse de frente a Robert, se disloco y volvió a acomodarse con un crujido en cuanto tuvieron los rostros tan cerca como para besarse. El cuerpo respiraba de manera flemática y desesperada, como si le costara trabajo tomar el poco aire que su nariz podrida podía tomar. Su padre estaba a punto de morir, sentía como algo dentro de su cuello estaba cediendo, podía experimentar como la laringe se cerraba y los pulmones pedían a gritos un pizca de exquisito aire. Todo estaba a punto de apagarse cuando la mano se detuvo. Lily había derribado al cuerpo negro de una patada, tenia su espinilla llena de sangre coagulada. La cabeza del cuerpo ahora estaba colgando de un par de tendones verdosos, se agitaba y convulsionaba intentando acomodar una cabeza que caía nuevamente en cada intento. De pronto, el cuerpo se tendió en el suelo, se convulsiono una vez mas y comenzó a diluirse en un liquido viscoso y negro como la brea. El liquido burbujeaba y humeaba mientras se evaporaba poco a poco, hasta desaparecer.
Robert estaba en el rincón de la habitación con la cara y el cuello rojos. Respiraba agitadamente y parecía arañar hasta el ultimo trago de aire posible. Pero, al ver que su hija salía del cuarto de baño, corrió hacia ella con pasos torpes. La abrazó y la sentó en la orilla de la cama. Lily llevaba los amuletos de sus amigos en la mano, los había tomado del lavabo. Los sujetaba con fuerza y alternaba una caricia para cada uno de manera compulsiva. Tenia la mirada perdida y se balanceaba sentada en la cama mientras las lagrimas le brotaban solas. Estaba completamente aterrada. Su padre la abrazaba mientras intentaba esconder el llanto que le escocia los ojos. El también estaba al borde de un ataque nervioso.
Robert vio la sangre en la espinilla de su hija y la intento limpiar con su mano. La sangre se traspaso a la palma de Robert y la mancha se movió. Robert creía que estaba alucinando. No, la mancha de sangre coagulada se movía. Se ensanchaba y alargaba, estaba caminando por su palma. El agitaba la mano desesperadamente y su hija pareció darse cuenta por fin de lo que la rodeaba y atino a gritar repetidamente. No podía dejar de gritar. Se hizo un ovillo en la cama mientras su padre gritaba y trataba de deshacerse de la mancha de sangre negra que lo estaba abrazando; ya estaba a la altura del codo y seguía avanzando. Robert caminaba por la habitación restregándose en todos los muros intentando deshacerse de esa maldita cosa.
Una risa aguda e infantil retumbo en la habitación. Mientras Robert estaba llorando de la desesperación y el espanto, pudo ver en el espejo de cuerpo entero que colgaba cerca de la puerta de la habitación, una figura negra y pequeña que sonreía de manera divertida. Ella era quien se estaba carcajeando como una niña que jugaba a las cosquillas con sus hermanos. Ella dejo de reír pero la sombra de la sonrisa no paraba de estar cincelada en su rostro. Era una dentadura perfecta, con los ojos como plata y el cabello hasta la cintura. Todo lo demás estaba sucio, parecía recién salida de un charco de petroleo o fango negro. Su cuerpo escurría ese liquido viscoso. Robert quedó paralizado.
-Vaya, parece que ya no mas- dijo la niña del espejo.
-¿Que esta pasando?- decía Robert-. ¿Que es lo que quieres?
-Mas juguetes- dijo la niña, pero en esta ocasión la sonrisa se había evaporado como el cuerpo negro que había sido su esposa-. Quiero que el juego no acabe.
La niña salió del espejo como si de un muro de agua se tratara. Camino hacia Robert y cuando estuvo cerca de el, al acorralarlo contra el muro del fondo del cuarto, le atravesó la mano derecha por las entrañas. Robert sintió un dolor punzante en el vientre, mientras la voz se le escapaba y la camisa se le teñía de un rojo oscuro por abajo del pecho. Miró en dirección a Lily que seguía revolcándose en la cama y se tapaba los oídos. Intento disculparse con ella por no ser suficientemente bueno para protegerla, pero las palabras solo aparecieron en su mente, no lograron traspasar el muro de sus labios. Cayó de rodillas viendo como todo se desvanecía, y con la negrura, la imagen perturbada de su hija sobre la cama. De su cabeza, la cicatriz se abrió y manó la sangre negra del anterior cuerpo, mientras la piel vibraba y se rasgaba. La piel comenzó a voltearse poco a poco, hasta quedar el cuerpo del revés. La piel se evaporaba mientras se desgarraba. Los músculos y los tendones se reventaban y desaparecían como absorbidos por algo. En unos segundos no quedo mas que una mancha negra en el suelo.
La niña comenzó a caminar hacia la cama. Se detuvo en frente del cuerpo desnudo de Lily y la tomo de la mano. Estaba sucia. El cuerpo desnudo se estremeció al tacto. La piel de su cuerpo estaba erizada, sus pechos se balanceaban con los temblores y sus piernas estaban enroscadas entre si. Sin embargo, decidió levantarse, como si estuviera en un trance o el miedo fuera tan enorme que le impidiera oponerse a la voluntad de cualquier cosa, por insignificante que fuera. Se levantó y comenzó a caminar agarrada de la mano de la niña que sonreía al caminar, mientras sus pisadas dejaban huellas de brea por la habitación.
Lily, en un ultimo dejo de cordura se tapó el trasero con la mano libre, sintiendo el tacto húmedo de sus glúteos. Se había orinado. Sus piernas blancas también estaban mojadas. Intento zafarse del agarre de la niña, pero no con mucho empeño. La niña volteó, con una sonrisa aun mas amplia que la anterior.
-Tranquila, Lily- dijo la niña-. Estarás bien con nosotros. Allá nada termina. Todo se repite, no hay fin.
Y cruzaron el espejo.