La señora Lucy había encendido una veladora. Afuera hacia frío. Era una noche intranquila. Eso era inusual en aquella colonia. Generalmente, dentro del área de la colonia Mayorca, siempre se respiraba un aroma de tranquilidad y hasta de aburrimiento. Pero esa noche, hubo algo inusual. Se oía el sonido de la ambulancia, las alertas de las patrullas y la alarma de algún automóvil a unas cuantas calles de la avenida Solero. Posiblemente algún choque. Después de todo, era un fin de semana, los chicos salen a divertirse y la muerte a hacer amigos.
Doña Lucy vivía en el 402 de la Avenida Solero. Ella era una viuda de 57 años, 20 de los cuales comprendían su viudez. Esa noche estaba de un muy buen humor, siempre lo estaba en realidad, salir del martirio de un matrimonio sin amor, siempre promueve las mejores expresiones de jubilo hasta en los espíritus mas derrotados. La razón de su extraordinario humor, se encontraba bajo la noticia de que llegaría su sobrino Roberto en tres días. Hoy era el tan ansiado tercer día. Roberto era el hijo de su hermano Joaquín, el menor y el mas querido por ella. Los demás hermanos, vivían completamente alejados de ella, puesto que nunca le habían perdonado la imprudencia de casarse con aquel hombre que tan solo la humilló. Ella creía en esos mismos reproches, porque también ella se los había escupido al espejo, pero prefería enfrentar su desgracia ella sola y tomar al toro por los cuernos con sus consecuencias.
Roberto tenia tan solo 23 años. El chico había decidido estudiar leyes y resultaba que la única escuela recomendable quedaba a escasos 13 kilómetros de la casa de su tía. Ella creía que podrían acoplarse muy bien los dos en una casa, si no muy grande, lo suficientemente amplia para ambos. Fuera de la ciudad, allá de donde provenía el chico y residía su padre, no encontraría mejor hospitalidad que la de ella, después de todo, ella se sentía en fuerte compromiso con su hermano por la calidad fraterna que este siempre le había demostrado. Y, finalmente, porque quería mucho a Roberto. Era un chico muy reservado, pero muy listo. Nunca había dado un solo dolor de cabeza a su padre o a su madre. Ella habría querido tener un hijo como el. Pero, después de siete años de haberlo intentado en su matrimonio, los médicos que la atendieron después de una golpiza que le propino su marido, le dijeron que no podría tener hijos nunca. Eso la desgarro por dentro. Nunca había experimentado mayor desilusión en su vida que la que traía aquella desalentadora plétora de palabras que pululaban alrededor de su cabeza como abejas enojadas: "Lo siento, señora. Me temo que usted no puede tener familia, sus estudios indican que es infertil". En ese momento, sus ojos comenzaron a reblandecerse y se anegaron de lagrimas silenciosas y angustiantes. Su llanto duro tres días, pero no porque el sentimiento se acabara, sino porque, en ocasiones, la existencia misma de lo imposible hace que las lagrimas no tengan propósito, y el llanto solo sea posible a través de los silencios y la fantasía.
Lucy se dejó atrapar por esos recuerdos malolientes y dolorosos en el tercer día, a pocas horas de que la visita de su sobrino se hiciera verdad. Se encontraba sentada en la mesa del comedor para cuatro personas, frente a la ventana que se posaba por encima de la estufa. Veía como las motas de polvo danzaban felices y fantasmagóricas por entre los destellos del sol matutino. Sacudió la cabeza, como intentando deshacerse de tan dolorosa experiencia y se permitió embargarse con la alegría de la visita. Pronto llegaría. El entusiasmo no se desvaneció ni con la infortunada suerte de quedarse sin el servicio de energía eléctrica a causa de un choque tres calles arriba.
Dos horas después, un sonido sordo interrumpió el abrumador silencio que la oscuridad siempre reclama como ofrenda a su simple presencia. La señora Lucy se encamino hacia la puerta de la casa con vela en mano y pregunto:
-¿Si? diga
-Tía, soy yo, Roberto- se escucho en la voz al otro lado de la puerta de metal.
-Oh, pero claro. Pasa, hijo.
La mujer dejó la veladora con su base en una pequeña mesilla de recepción, algo desvencijada, pero aun útil, y abrió la puerta con prontitud.
Lucy se quedó boquiabierta. El chico era alto, aproximadamente 1.85. Tenia los ojos de un dorado intenso y su piel bronceada hacia que su mirada aun fuera mas impresionante. Sus cabellos negros y rizados caían en cascada por la parte de atrás de sus hombros, llevaba una melena muy bien cuidada. No era musculoso, pero se veía en forma. Sus facciones eran delicadas pero lo suficientemente varoniles.
-¿Puedo pasar, tía?- preguntó con una risa nerviosa.
-Oh, pero claro, pasa- balbuceó Lucy al darse cuenta de que se había quedado pasmada y el chico en la puerta sostenía sus maletas.
El muchacho pasó por delante suyo y puso sus maletas en el suelo. Solo eran dos pequeñas maletas de color negro. Parece que algunos hombres podían seguir siendo prácticos. Unos calzoncillos, unos cuantos calcetines, pantalones y camisas que pudiera rolarse cada tercer día y seria lo suficiente. Eso parecía caber en la primer maleta, pero en la segunda llevaba lo mas esencial para el: sus lecturas. Llevaba revistas, novelas, compendios de cuentos. Todo aquello que se relacionara con la narrativa de terror, le apasionaba enormemente. En aquellos momentos se encontraba leyendo la legendaria novela "Soy leyenda" de Richard Matheeson, una de sus favoritas; la había leído aproximadamente cuatro veces. Los mantenía escondidos en la maleta porque no sabia como reaccionaria su tía ante este tipo de lecturas y costumbres suyas. La tía ya era vieja, así que podía sorprenderse con facilidad. Prefería que no se enterara. Por si llegaba a presentarse la situación de que viera el interior de las maletas, el había acomodado algunos de los textos sobre leyes y reformas actuales por encima de su tenebroso compendio.
Después de los respectivos comentarios sobre su altura y lo bien parecido que se había puesto después de tantos años sin verlo, se encaminaron a la mesa y cenaron. La tía había hecho una sopa de pasta y le había servido ademas un guiso de carne con chile chipotle que pareció agradarle lo suficiente como para repetir plato. La sobremesa continuo sobre sus intereses al estudiar leyes y el como había decidido que estudiar en la ciudad podría ser mejor que en alguna de las universidades que tenia cercanas a su hogar. Cuando la mayoría de las preguntas fueron contestadas lo mas amablemente que pudo el chico, la tía se percato del cansancio en los ojos del chico y se sintió incomoda de seguir indagando en temas que seguramente le resultaban nefastos en esos momentos. Después de todo, el había venido a estudiar y no hablar con una vieja viuda.
Lucy lo guió a sus aposentos. Era una habitación bien arreglada hasta donde podían los recursos de la tía Lucy. Tenia cortinas corridas de un color verde pasto algo apagado por el paso del tiempo, una alfombra de diversos colores en el centro y, encima de ella se encontraba la cama con una base de metal. La cama chirriaba al sentarse en ella, pero el chico creyó que bastaría para pasar noches de descanso seguro. Había ademas una ventana pequeña donde entraba la luz del crepúsculo. Tenia un pequeño estante al lado derecho de la puerta donde el chico pensó que podría poner sus libros para irlos eligiendo conforme el entusiasmo le ganara. Justo a un lado del estante, se paraba glorioso un enorme armario color del ébano; tenia dos puertas y cerrojo antiguo con dos cajoneras en la base. Parecía que todo seria suficiente para su comodidad.
Su tía se despidió con un beso en la mejilla, y sonrió al cerrar la puerta.
En el momento justo en el que se cerro la puerta, recordó que debía asearse, así que corrió hacia la puerta para hablarle a su tía preguntarle por el sanitario, pero cuando abrió la puerta, ya no estaba. Solo había una oscuridad impenetrable, el crepúsculo había muerto y las sombras hacían caer sobre los espacios su firme régimen inclemente. Tomo la vela que su tía había dejado en el estante antes de salir. Era la misma vela con la que habían cenado y platicado, parecía mentira, pero aun quedaba la mitad de la vela encendida. Tomó la base que sostenía el cilindro de cera blanca como el marfil y se dirigió al pasillo oscuro. Cuando cruzo por el umbral de la puerta y la luz parpadeante de la vela ilumino el corredor, sintió una brisa de aire helado que recorrió todo su cuerpo como una caricia perturbadora. Miró a ambos lados del pasillo y solo se podía ver una pantalla negra que lo ocultaba todo. En ese momento se percató de que ya no existía ningún ruido. Ya no se escuchaban los sonidos de las alarmas, ni la sirena de las ambulancias; nada, todo estaba tremendamente sereno. Suspiro. Se sentía algo alarmado por la oscuridad, se había pasado la mitad de su vida leyendo relatos de terror, pero esta vez era diferente. En esta ocasión sentía que la oscuridad no era algo normal, parecía que las sombras contenían una especie de voluntad propia. Tenia la sensación de que en cualquier momento seria engullido por unas fauces invisibles y desaparecería de la faz de la tierra. Era completamente estúpido, pero estaba paralizado, no podía dar un paso mas. Su mente se obligaba pero sus piernas estaban tan aterradas que habían decidido echar raíces ahí mismo. Estiro la mano porque tenia la ligera idea de que la oscuridad era un velo enorme que ocultaba grandes secretos a sus ojos. Quería imaginar que era un telón macabro que encubría una escenificación secreta del otro lado. Por fin, se obligo a caminar. Dio cuatro pasos y se dio cuenta de que cada uno era mas difícil que el anterior, que cada pisada era experimentar esa sensación de tenebroso peligro que lo desconocido insufla hasta en los corazones mas nobles. Sin embargo, seguía caminando. Las sombras bailaban un compás siniestro mientras la llama de la vela se contorsionaba por las ligeras brisas que podían colarse por entre los resquicios de las ventanas y las puertas. Eso le ponía los pelos de punta. No le gustaba que la flama danzara de esa manera. Parecía que en cualquier momento la danza luminosa convocaría una presencia extraña. Creía que mientras la luz recorría el camino que sus pasos instaban a andar, iría también recortando la distancia entre el y ese algo oculto en las tinieblas. de pronto, una puerta se dibujo del lado derecho del pasillo, cuando la abrió se dio cuenta de que era la habitación de su tía. Ella yacía dormida en su lecho, completamente ajena a lo que el estaba experimentando. Se descubrió pensando en como rayos una mujer sola puede vivir en una casa con este tipo de vibras y sensaciones. Después, se deshizo de la idea al considerar que lo mas correcto seria pensar que solo estaba sugestionado por sus lecturas, y que lo mejor seria andar con total soltura y serenidad; así se daría cuenta de que todo había sido una patraña. Una mala jugada de sus nervios... O tal vez no. Un sonido desquebrajó la aparente fachada de silencio. A veces la razón tiende a enfrentarse con circunstancias tan apabullantes y desgarradoras, que lo único que atina a llevar a cabo, es tornarse irracional y usar la fantasía. En el pasillo, una presencia cobro forma.
Dos horas después, un sonido sordo interrumpió el abrumador silencio que la oscuridad siempre reclama como ofrenda a su simple presencia. La señora Lucy se encamino hacia la puerta de la casa con vela en mano y pregunto:
-¿Si? diga
-Tía, soy yo, Roberto- se escucho en la voz al otro lado de la puerta de metal.
-Oh, pero claro. Pasa, hijo.
La mujer dejó la veladora con su base en una pequeña mesilla de recepción, algo desvencijada, pero aun útil, y abrió la puerta con prontitud.
Lucy se quedó boquiabierta. El chico era alto, aproximadamente 1.85. Tenia los ojos de un dorado intenso y su piel bronceada hacia que su mirada aun fuera mas impresionante. Sus cabellos negros y rizados caían en cascada por la parte de atrás de sus hombros, llevaba una melena muy bien cuidada. No era musculoso, pero se veía en forma. Sus facciones eran delicadas pero lo suficientemente varoniles.
-¿Puedo pasar, tía?- preguntó con una risa nerviosa.
-Oh, pero claro, pasa- balbuceó Lucy al darse cuenta de que se había quedado pasmada y el chico en la puerta sostenía sus maletas.
El muchacho pasó por delante suyo y puso sus maletas en el suelo. Solo eran dos pequeñas maletas de color negro. Parece que algunos hombres podían seguir siendo prácticos. Unos calzoncillos, unos cuantos calcetines, pantalones y camisas que pudiera rolarse cada tercer día y seria lo suficiente. Eso parecía caber en la primer maleta, pero en la segunda llevaba lo mas esencial para el: sus lecturas. Llevaba revistas, novelas, compendios de cuentos. Todo aquello que se relacionara con la narrativa de terror, le apasionaba enormemente. En aquellos momentos se encontraba leyendo la legendaria novela "Soy leyenda" de Richard Matheeson, una de sus favoritas; la había leído aproximadamente cuatro veces. Los mantenía escondidos en la maleta porque no sabia como reaccionaria su tía ante este tipo de lecturas y costumbres suyas. La tía ya era vieja, así que podía sorprenderse con facilidad. Prefería que no se enterara. Por si llegaba a presentarse la situación de que viera el interior de las maletas, el había acomodado algunos de los textos sobre leyes y reformas actuales por encima de su tenebroso compendio.
Después de los respectivos comentarios sobre su altura y lo bien parecido que se había puesto después de tantos años sin verlo, se encaminaron a la mesa y cenaron. La tía había hecho una sopa de pasta y le había servido ademas un guiso de carne con chile chipotle que pareció agradarle lo suficiente como para repetir plato. La sobremesa continuo sobre sus intereses al estudiar leyes y el como había decidido que estudiar en la ciudad podría ser mejor que en alguna de las universidades que tenia cercanas a su hogar. Cuando la mayoría de las preguntas fueron contestadas lo mas amablemente que pudo el chico, la tía se percato del cansancio en los ojos del chico y se sintió incomoda de seguir indagando en temas que seguramente le resultaban nefastos en esos momentos. Después de todo, el había venido a estudiar y no hablar con una vieja viuda.
Lucy lo guió a sus aposentos. Era una habitación bien arreglada hasta donde podían los recursos de la tía Lucy. Tenia cortinas corridas de un color verde pasto algo apagado por el paso del tiempo, una alfombra de diversos colores en el centro y, encima de ella se encontraba la cama con una base de metal. La cama chirriaba al sentarse en ella, pero el chico creyó que bastaría para pasar noches de descanso seguro. Había ademas una ventana pequeña donde entraba la luz del crepúsculo. Tenia un pequeño estante al lado derecho de la puerta donde el chico pensó que podría poner sus libros para irlos eligiendo conforme el entusiasmo le ganara. Justo a un lado del estante, se paraba glorioso un enorme armario color del ébano; tenia dos puertas y cerrojo antiguo con dos cajoneras en la base. Parecía que todo seria suficiente para su comodidad.
Su tía se despidió con un beso en la mejilla, y sonrió al cerrar la puerta.
En el momento justo en el que se cerro la puerta, recordó que debía asearse, así que corrió hacia la puerta para hablarle a su tía preguntarle por el sanitario, pero cuando abrió la puerta, ya no estaba. Solo había una oscuridad impenetrable, el crepúsculo había muerto y las sombras hacían caer sobre los espacios su firme régimen inclemente. Tomo la vela que su tía había dejado en el estante antes de salir. Era la misma vela con la que habían cenado y platicado, parecía mentira, pero aun quedaba la mitad de la vela encendida. Tomó la base que sostenía el cilindro de cera blanca como el marfil y se dirigió al pasillo oscuro. Cuando cruzo por el umbral de la puerta y la luz parpadeante de la vela ilumino el corredor, sintió una brisa de aire helado que recorrió todo su cuerpo como una caricia perturbadora. Miró a ambos lados del pasillo y solo se podía ver una pantalla negra que lo ocultaba todo. En ese momento se percató de que ya no existía ningún ruido. Ya no se escuchaban los sonidos de las alarmas, ni la sirena de las ambulancias; nada, todo estaba tremendamente sereno. Suspiro. Se sentía algo alarmado por la oscuridad, se había pasado la mitad de su vida leyendo relatos de terror, pero esta vez era diferente. En esta ocasión sentía que la oscuridad no era algo normal, parecía que las sombras contenían una especie de voluntad propia. Tenia la sensación de que en cualquier momento seria engullido por unas fauces invisibles y desaparecería de la faz de la tierra. Era completamente estúpido, pero estaba paralizado, no podía dar un paso mas. Su mente se obligaba pero sus piernas estaban tan aterradas que habían decidido echar raíces ahí mismo. Estiro la mano porque tenia la ligera idea de que la oscuridad era un velo enorme que ocultaba grandes secretos a sus ojos. Quería imaginar que era un telón macabro que encubría una escenificación secreta del otro lado. Por fin, se obligo a caminar. Dio cuatro pasos y se dio cuenta de que cada uno era mas difícil que el anterior, que cada pisada era experimentar esa sensación de tenebroso peligro que lo desconocido insufla hasta en los corazones mas nobles. Sin embargo, seguía caminando. Las sombras bailaban un compás siniestro mientras la llama de la vela se contorsionaba por las ligeras brisas que podían colarse por entre los resquicios de las ventanas y las puertas. Eso le ponía los pelos de punta. No le gustaba que la flama danzara de esa manera. Parecía que en cualquier momento la danza luminosa convocaría una presencia extraña. Creía que mientras la luz recorría el camino que sus pasos instaban a andar, iría también recortando la distancia entre el y ese algo oculto en las tinieblas. de pronto, una puerta se dibujo del lado derecho del pasillo, cuando la abrió se dio cuenta de que era la habitación de su tía. Ella yacía dormida en su lecho, completamente ajena a lo que el estaba experimentando. Se descubrió pensando en como rayos una mujer sola puede vivir en una casa con este tipo de vibras y sensaciones. Después, se deshizo de la idea al considerar que lo mas correcto seria pensar que solo estaba sugestionado por sus lecturas, y que lo mejor seria andar con total soltura y serenidad; así se daría cuenta de que todo había sido una patraña. Una mala jugada de sus nervios... O tal vez no. Un sonido desquebrajó la aparente fachada de silencio. A veces la razón tiende a enfrentarse con circunstancias tan apabullantes y desgarradoras, que lo único que atina a llevar a cabo, es tornarse irracional y usar la fantasía. En el pasillo, una presencia cobro forma.
La figura comenzó a construirse en medio de una nube de humo plateado. Una risa grave y cavernosa gobernó el corredor y parecía rebotar por entre los muros aturdiendo a Roberto y llenándolo de una inmensa sensación de terror. La figura era un hombre, o al menos, lo mas cercano a eso. Era un hombre viejo, con la cara colmada de arrugas y cicatrices. Su rostro y sus manos estaban de un color blanco, mucho mas espantoso que una simple palidez, parecía esculpido en mármol. Pero la criatura no tenia ojos, solo las cuencas vacías que simulaban expresiones como si alguna vez hubiera habido ojos ahí dentro. El hombre sonrió. De su boca brotaron unas palabras que resonaron en la cabeza del chico con total fuerza que pudieron despertarlo del estupor y convencerse de que no era una alucinación.
-Uno mas- las palabras sonaron huecas y arrastradas teatralmente en un intento macabro por corroer la poco voluntad que quedada en Roberto.
El chico salio disparado de regreso a la habitación. En el trayecto tiro la vela y esta se apago en la caída. Todo comenzó a volverse en sombras nuevamente. Un brazo lo sujeto con fuerza por el pecho y lo sacudió tumbándolo fuertemente al suelo. Era su tía. Ella tenia la mirada crispada en un lamento sincero, pero perturbadoramente demente.
-Uno mas- las palabras sonaron huecas y arrastradas teatralmente en un intento macabro por corroer la poco voluntad que quedada en Roberto.
El chico salio disparado de regreso a la habitación. En el trayecto tiro la vela y esta se apago en la caída. Todo comenzó a volverse en sombras nuevamente. Un brazo lo sujeto con fuerza por el pecho y lo sacudió tumbándolo fuertemente al suelo. Era su tía. Ella tenia la mirada crispada en un lamento sincero, pero perturbadoramente demente.
-Lo siento, hijo- dijo la tia-. El me prometió que todo acabaría si le daba uno mas.
El chico no pudo decir nada, se encontraba sofocado por el golpe en la espalda. Todo su aire había sido expulsado de golpe y no podía decir una sola palabra. Tampoco es que tuviera algo que decir. No entendía una sola palabra de lo que acababa de decir. ¿Acaso ella lo había alojado solo para deshacerse de esa cosa? ¿Había mas gente relacionada con eso? Que carajos significaba todo este embrollo. No tenia tiempo para pensar en esas cosas, esa cosa seguía caminando y el apenas podía respirar. Intentó pararse pero su tía le presionó contra el muro para que estuviera quieto. Ella sintió que recobraba las fuerzas y apretó sus dedos en el cuello para asfixiarlo. Sentía la sangre abandonar su cerebro, una presión ardiente le hacia sentir que sus ojos explotarían. Por dios, le faltaba el aire de nuevo, pero esta vez era mas angustiante, mas letal esa falta, sentía que iba a desvanecerse. Esa cosa seguía avanzando. Maldijo la lentitud con la que la criatura avanzaba por el corredor. Una decena de tentáculos de humo negro brotaban de su espalda y acariciaban el vacío a su paso. Las manos largas y blancas, con sus grietas pétreas arañaban el aire en busca del cuerpo del chico. El, aun consciente, pero cerca del estado de inconsciencia, se mantenía aferrado a las manos de su tía. Ella seguía lamentándose con la mirada. Cuando la criatura llego, parecía que desprendía su propia luz. Roberto podía verlo aun entre las sombras. Esa cosa se detuvo a un costado del cuerpo exangüe de Roberto y acerco su cara agrietada y muerta a la de Roberto. Este, fue inundado por el terror y la pestilencia de aquella presencia. Parecía que de su cuerpo se exudara el aroma de miles de cuerpos pudriéndose en el sinfín de la historia. Contuvo sus ganas de vomitar y se concentro en las pocas fuerzas que le quedaban. Pataleaba manoteaba sin lograr nada. Uno de los golpes atino a la cara de su tía y esta lo soltó. Aspiro profundamente y se arrastro rápidamente por el corredor. Su cara estaba roja por el esfuerzo y siguió andando hasta correr a la puerta de la habitación. Pero algo tomo su pie y lo jalo. El chico cayo al suelo golpeándose la cabeza. Un río de sangre corrió por su sien y le acaricio el parpado izquierdo. Uno de los tentáculos humosos lo había sujetado. La cara de la criatura sonreía maliciosamente. Otro de los tentáculos lo tomo por el torso y lo levanto sin ninguna dificultad. Los brazos negros lo llevaron hasta aquella criatura y lo pusieron frente a los huecos negros de sus ojos. Era mas alto que Roberto, sus pies apenas rozaban el suelo y apenas estaba unos centímetros abajo de sus ojos.
-Uno mas- repitió el hombre mientras abria la boca.
Una lengua negra asomaba por entre sus fauces y un sonido silbante se escucho atronadoramente por los rincones de la casa; parecía provenir de todos lados. De pronto, Roberto sintió que algo dentro de su cuerpo era agitado dentro y un dolor insufrible le atenazaba las entrañas. Sentía como si un taladro estuviera revolviendo sus vísceras. Intento gritar pero no lo logro, ya no tenia aliento. Se había escapado. Una esencia amarillenta comenzó a brotar por sus poros, su boca y sus fosas nasales. Su cuerpo se tenso y convulsiono en el aire, mientras los tentáculos lo sostenían. Sintió como su cuerpo adelgazaba y la muerte alojaba en su regazo. Experimento la sensación de una perdida de luz. Poco a poco las imágenes que sus ojos le mandaban fueron apagándose, desdibujándose de manera enloquecedoramente lenta y cadenciosa, hasta que por fin, todo se apago.
El chico no pudo decir nada, se encontraba sofocado por el golpe en la espalda. Todo su aire había sido expulsado de golpe y no podía decir una sola palabra. Tampoco es que tuviera algo que decir. No entendía una sola palabra de lo que acababa de decir. ¿Acaso ella lo había alojado solo para deshacerse de esa cosa? ¿Había mas gente relacionada con eso? Que carajos significaba todo este embrollo. No tenia tiempo para pensar en esas cosas, esa cosa seguía caminando y el apenas podía respirar. Intentó pararse pero su tía le presionó contra el muro para que estuviera quieto. Ella sintió que recobraba las fuerzas y apretó sus dedos en el cuello para asfixiarlo. Sentía la sangre abandonar su cerebro, una presión ardiente le hacia sentir que sus ojos explotarían. Por dios, le faltaba el aire de nuevo, pero esta vez era mas angustiante, mas letal esa falta, sentía que iba a desvanecerse. Esa cosa seguía avanzando. Maldijo la lentitud con la que la criatura avanzaba por el corredor. Una decena de tentáculos de humo negro brotaban de su espalda y acariciaban el vacío a su paso. Las manos largas y blancas, con sus grietas pétreas arañaban el aire en busca del cuerpo del chico. El, aun consciente, pero cerca del estado de inconsciencia, se mantenía aferrado a las manos de su tía. Ella seguía lamentándose con la mirada. Cuando la criatura llego, parecía que desprendía su propia luz. Roberto podía verlo aun entre las sombras. Esa cosa se detuvo a un costado del cuerpo exangüe de Roberto y acerco su cara agrietada y muerta a la de Roberto. Este, fue inundado por el terror y la pestilencia de aquella presencia. Parecía que de su cuerpo se exudara el aroma de miles de cuerpos pudriéndose en el sinfín de la historia. Contuvo sus ganas de vomitar y se concentro en las pocas fuerzas que le quedaban. Pataleaba manoteaba sin lograr nada. Uno de los golpes atino a la cara de su tía y esta lo soltó. Aspiro profundamente y se arrastro rápidamente por el corredor. Su cara estaba roja por el esfuerzo y siguió andando hasta correr a la puerta de la habitación. Pero algo tomo su pie y lo jalo. El chico cayo al suelo golpeándose la cabeza. Un río de sangre corrió por su sien y le acaricio el parpado izquierdo. Uno de los tentáculos humosos lo había sujetado. La cara de la criatura sonreía maliciosamente. Otro de los tentáculos lo tomo por el torso y lo levanto sin ninguna dificultad. Los brazos negros lo llevaron hasta aquella criatura y lo pusieron frente a los huecos negros de sus ojos. Era mas alto que Roberto, sus pies apenas rozaban el suelo y apenas estaba unos centímetros abajo de sus ojos.
-Uno mas- repitió el hombre mientras abria la boca.
Una lengua negra asomaba por entre sus fauces y un sonido silbante se escucho atronadoramente por los rincones de la casa; parecía provenir de todos lados. De pronto, Roberto sintió que algo dentro de su cuerpo era agitado dentro y un dolor insufrible le atenazaba las entrañas. Sentía como si un taladro estuviera revolviendo sus vísceras. Intento gritar pero no lo logro, ya no tenia aliento. Se había escapado. Una esencia amarillenta comenzó a brotar por sus poros, su boca y sus fosas nasales. Su cuerpo se tenso y convulsiono en el aire, mientras los tentáculos lo sostenían. Sintió como su cuerpo adelgazaba y la muerte alojaba en su regazo. Experimento la sensación de una perdida de luz. Poco a poco las imágenes que sus ojos le mandaban fueron apagándose, desdibujándose de manera enloquecedoramente lenta y cadenciosa, hasta que por fin, todo se apago.
El cuerpo cayo, seco y enflaquecido al lado de la tia que sollozaba y se hacia ovillo al lado del cuerpo de su sobrino. El hombre pareció darse cuenta de su presencia y volteo hacia ella.
-Uno mas- repitió.
-No, ya fue suficiente- gritó Lucy.
-Uno mas.
-Dijiste que que seria el ultimo- respondió aterrada-. Me prometiste una segunda vida.
El hombre sonrió.
-Si, siempre ha sido otra forma de vida.
Lucy comprendió y se aferro histérica al cuerpo seco de Roberto mientras este se hacia polvo en el suelo. Ella intento correr, pero la figura la tomo con los brazos negros y la atrajo hacia si. El proceso se repitió y el cuerpo seco y sin vida cayo a los pies de la criatura.
Las sombras comenzaron a desvanecerse. la luz de la mañana reclamaba su reino y el hombre se diluía en un liquido negro envuelto por sus tentáculos. Una voz dejo eco en las habitaciones.
-Uno mas- susurro en millones de ecos-. Bardol siempre tiene uno mas.
Todo volvió a serenarse. Los cuerpos estaban hechos polvo; lo que fueron y pudieron ser estaba marchito en la infinitud de lo imposible y lo inconcluso. Siempre hay un castigo peor que la muerte. Motivos y recuerdos fueron devorados por la figura. El hombre que obliga que todo se repita.
-Uno mas- repitió.
-No, ya fue suficiente- gritó Lucy.
-Uno mas.
-Dijiste que que seria el ultimo- respondió aterrada-. Me prometiste una segunda vida.
El hombre sonrió.
-Si, siempre ha sido otra forma de vida.
Lucy comprendió y se aferro histérica al cuerpo seco de Roberto mientras este se hacia polvo en el suelo. Ella intento correr, pero la figura la tomo con los brazos negros y la atrajo hacia si. El proceso se repitió y el cuerpo seco y sin vida cayo a los pies de la criatura.
Las sombras comenzaron a desvanecerse. la luz de la mañana reclamaba su reino y el hombre se diluía en un liquido negro envuelto por sus tentáculos. Una voz dejo eco en las habitaciones.
-Uno mas- susurro en millones de ecos-. Bardol siempre tiene uno mas.
Todo volvió a serenarse. Los cuerpos estaban hechos polvo; lo que fueron y pudieron ser estaba marchito en la infinitud de lo imposible y lo inconcluso. Siempre hay un castigo peor que la muerte. Motivos y recuerdos fueron devorados por la figura. El hombre que obliga que todo se repita.
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