El cuervo aleteó con soberbia y gracilidad por sobre los árboles del cementerio, y se posó delicadamente en una rama seca, como los dedos de un cadáver momificado. El ave negra graznó, como si de un canto fúnebre se tratara, y fijó sus ojos en el cortejo mortuorio que se abría paso por las fangosas calles del camposanto. La lluvia del día anterior había caído de manera imprevista y furiosa, el agua cayó como miles de agujas de mercurio helado; las calles de tierra apisonada se volvieron lagunas de lodo y agua sucia. El cementerio no eludió la misma suerte.
El cielo, aunque libre de las perturbadoras nubes negras que anuncian la tormenta, sin importarle lo más mínimo si la calma ha de seguirla, estaba gris y sin vida. El día había tomado una huelga, sus motivaciones para esculpir sonrisas cuando el sol toca la tierra, se habían evaporado como la vida del desgraciado niño al que, en la caja de pino sin laca, llevaban dos hombres con expresión serena. Los hombres y mujeres que seguían a los dos hombres que cargaban el ataúd improvisado, llevaban muestras claras de una angustia sin nombre en el rostro. Tropezaban torpemente entre los agujeros y los charcos que la lluvia dejó al recorrer el pueblo, pero parecía que esas infortunadas expresiones de la torpeza que la tristeza y el miedo provocan, no tenían la menor importancia para los fantasmas que acompañaban el cuerpo del infante. Estos no miraban atrás, no fijaban sus ojos en el camino después del tropiezo y no emitían una sonrisa nerviosa al darse cuenta de sus equívocos en el andar. Eran una muestra clara de cómo la angustia arroba la consciencia al más claro margen del momento y su propósito.
El niño había muerto apenas 3 días. Fue una muerte lenta y llena de alucinaciones terroríficas por regalo de las fuertes fiebres que lo aquejaban. Su cuerpo se lleno de pústulas mientras sus ojos se blanqueaban como barnizados por unas intensas cataratas. Fueron 8 días, solo transcurrieron 8 días desde los primeros síntomas para que su respiración se enlenteciera y enflacara. Cada intento fallido por una inhalación fuerte y profunda, terminaba en sonoros estertores que precedían una tos escandalosa y flemática. El ultimo día, a las 9 de la noche, el cuerpo del niño cedió a los embates de la muerte. Con el cuerpo adelgazado hasta la exposición de sus articulaciones, dio un intento de sonrisa a su madre que lloraba quedamente abrazada de su esposo con la cara contraída por el odio y la tristeza. Ellos estaban arrodillados ante el catre de su hijo, y cuando su sonrisa se extinguió en una mueca ominosa y ausente, la madre estalló en un aullido desgarrador de dolor y pena mientras se aferraba, como el desgraciado que cae al fondo de un abismo a las orillas del risco, al pecho y los brazos de su esposo.
Llamaron al médico del pueblo, un viejo de cabello ralo y mirada inquisitiva que se pasaba las tardes dormido en su consultorio, nadie le exigía consultas pues tenían miedo de que en cualquier momento cayera muerto por sus descuidos. Este examinó el cuerpo sin dejar de poner una expresión de sincero asco y confirmó la muerte a las 10 de la noche. Fue consejo suyo el preparar el cuerpo de inmediato, puesto que la enfermedad había hecho estragos considerables en el cuerpo del niño, por lo que el horroroso y místico proceso de la descomposición sería muy desagradable. Pero la madre se negaba a dejar ir a su hijo como si se tratase de cualquier cosa que uno se encarga de utilizar y tirar al cumplir el cometido por el que fue hecho. Su hijo no había sido engendrado con el propósito de morir frente a los ojos de sus padres y ser testigo inerte de sus lágrimas. Su hijo tenía una misión más poderosa que terminar como un montículo pestilente de carne podrida y dejar que los escarabajos y los gusanos se apoderaran de sus ojos y sus tejidos. Se decidió elaborarle una caja propia para un cuerpo, y no un simple petate. Se veló una sola noche y se decidió pasar al tercer día al entierro.
La madre caminaba completamente exhorta en sus pensamientos y su agonía. Algo había llamado su atención el día en que el cuerpo estuvo por última vez con todos sus allegados y sus familiares más queridos. Cuando su madre se acercó por última vez al cuerpo, ahora con la piel amarilla y cuarteada, los ojos saltados y el cuello amoratado, el niño arrojó un suspiro y pareció que su cabeza se sacudió para denegar algo ininteligible para la madre. Ella creyó que sólo había sido un intento de su mente por mantener vivo a su pequeño, que esas ilusiones no provienen de la realidad sino de los deseos más profundos y egoístas que el alma puede producir. Decidió que sería mejor no hablar del tema, su marido ya sufría demasiado como para tener que tratar con una mujer que pretendía perder la razón que afrontar el designio que la vida le imponía de una manera tan ruin y descorazonada.
Faltaban unos cuantos metros para llegar a donde se encontraría el sepulcro de la pobre criatura finada, cuando el canto del cuervo se escuchó retumbando y multiplicándose en la amplitud del recinto. El sonido recorría los mausoleos y resonaba entre las lápidas derruidas por el tiempo y el descuido. Nada obstaculizo el angustiante mensaje que el cuervo tenía para con los acompañantes de la muerte: Ya viene.
Cuando el canto del ave negra se extinguió de los oídos de los presentes, apareció en su mente un terror inimaginable, una angustia creciente en cada paso, no sabían el porque de tanto temor. De cierto modo, parecía ser que esperaban de alguna manera que el día no había terminado con sus sorpresas, esta vez algo tomaría posesión del momento y cambiaría sus vidas.
Sin preludio alguno, un viento aciago recorrió el lugar acariciando los rostros de los hombres y mujeres. Su tacto era helado y delicado, como si el aire mismo tuviera miedo de su remitente. De pronto, un remolino se condenso en el agujero predestinado para la tumba, y una figura apareció.
Las personas se quedaron congeladas donde se encontraban, con el rostro desfigurado por el espanto; una mueca colectiva de estúpido terror se manifestó ante la presencia desconcertante. En un instante, la figura oscura que levitaba por encima del agujero extendió lo que parecían ser sus brazos. Su cuerpo estaba cubierto por una túnica gris y raído por el tiempo de la eternidad. Podía palparse en el ambiente la sensación de que toda esperanza y felicidad habían perecido en ese mismo instante. Ya nada quedaba después de esa presencia, ni los sueños, ni las emociones; sólo cabía el horror y el desasosiego de la incertidumbre.
El cuervo pasó volando por entre las demás ramas secas de los árboles, rodeo aleteando el sepulcro y ondeó en el aire como un buitre tanteando su presa. Se dirigió hasta donde estaban los presentes y en el aire estalló en llamas negras hasta perforar las tablas del ataúd. Las tablas que cubrían el rostro del niño se removían con perturbadora secuencia hasta romperse hacia fuera, como si una bala hubiera sido disparada desde dentro. Un brazo descompuesto salió desde dentro rompiendo las tablas que impedían su paso. El cuerpo del niño se irguió con una cadencia ominosa y delicadamente lenta, como los movimientos calculados de una araña.
El niño levantó la cabeza para hablar a las personas reunidas a su alrededor que mantenían una expresión de asombro y horror al mirar su cuerpo desgajado y corrupto. Su tráquea asomaba por entre los huecos que la descomposición había provocado en su cuello, y sus ojos eran de un color amarillo acuoso. Más de alguno de los presentes no pudo contener una arcada de asco ante la impresión de aquel fenómeno. De un instante a otro, el cuerpo del niño se convulsionó y sus labios se abrieron dejando ver unos dientes verdosos y una lengua negra.
- Ya no más- rugió la voz gorgoreante del niño.
La madre se desmayó en un intento por alejar de su realidad aquella muestra siniestra de lo que su hijo se había convertido. Ahora algo lo poseía y se apoderaba de su voz y su cuerpo. La sangre podrida escurría por entre los pliegues de su cuello y sus ojos en gotas coaguladas. Su mirada estaba extraviada en la infinitud del horizonte. La figura encapuchada bajo los brazos y dio un corte en el aire con su mano derecha. El cuerpo del menor volvió a convulsionarse, dejando escapar de su rostro y su brazo derecho pedazos de piel y músculo. Fue entonces cuando retomó la palabra.
-Ustedes, los pobres hombres. Siempre tan temerosos de lo que soy y lo que causo. Yo soy la eterna- Dijo el niño, esta vez mirando sin mirar los rostros asustados de los espectadores, recorriendo con la mirada a cada persona mientras crujían sus tendones rígidos por el esfuerzo-. Le temen a la muerte no por lo que es, sino por el desconocimiento inmenso de lo que implica. Soy un regalo; soy aquello que permite que sus deseos de extinguir las angustias y el dolor, se hagan reales. La vida los vomita y poco a poco se va deshaciendo de ustedes, pero yo soy muy diferente. Mi beso los conserva; la frialdad de mi justicia los hace inmortales. Dejen de albergar tanto sufrimiento por algo tan natural como irrevocable y necesario. Aislen sus tormentos por el abrazo de la muerte, que más que penoso, es un acto de inmensurable bondad. Ya no más.
Terminado el discurso de la muerte, completado el mensaje para los egoístas del corazón y temerosos de espíritu, la figura se evaporó en una cortina de humo negra y espesa. El cuerpo del niño se desplomó convirtiéndose en cenizas dentro del ataúd, y un cuervo tomó vuelo hacia el cielo gris, ahora poblado de nubes blancas. Pero el mensaje seguía resonando en las mentes confundidas de los mortales:
Ya no más...
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