martes, 30 de junio de 2015

Un amor para esperar la muerte


Bernardo se había casado completamente enamorado de Bianca. Desde que la conoció no hacía otra cosa que pensar en ella. No importaban los días nublados, cuando la incandescencia del sol arrebatara los motivos más nobles por ver al amor a los ojos y sentir su abrazo rodeando su cintura. Le encantaba sentir el calor de su aliento infantil chocando contra su pecho. Oírla reír le provocaba una inmensa alegría y sentía que no existiría en el mundo una magia tan maravillosa como su mirada divertida justo después de una ocurrencia suya.
La conoció en un centro comercial de las calles capitalinas. El acababa de comer, había salido de un taller de redacción donde era docente y decidió comer en la plaza poco concurrida esa tarde de un miércoles 27 de mayo. Todo parecía congeniar místicamente para que dos almas fueran maravillándose con la absoluta certeza de la inexistencia del otro, hasta que un instante bastara para la determinación de un solo corazón y prorrumpieran en un encuentro intenso y cataclísmico. Bernardo salió del pequeño restaurant de comida rápida, mientras que ella atravesaba el andador con prisa hacia una tienda de ropa. Él, definitivamente no pudo contener el impulso de voltearla a ver. Cuando se dio cuenta de que era la chica más hermosa que había visto en por lo menos dos años, decidió seguirla. Tal vez, y solo tal vez, podría hablarle. Quería encontrar un momento en el que el encuentro fuera casual, y no parecer un maldito acosador pervertido. La siguió por exactamente los mismos lugares que había pisado. Parecía querer encontrar en su vereda clonada los pasos que había dejado marcados con su olor y su orgullo aquella chica. Entró rápidamente a la tienda de ropa y se puso a ver algunas ofertas de manera distraída mientras parpadeaba su mirada entre promociones y aquella chica. Ella estaba preciosa y caminaba con paso decidido hacia donde quería y la llevaran sus ganas de andar y gobernar. Los ojos de los chicos con sus chicas se desviaban hacia por donde ella pasaba. Ella no parecía darse cuenta o no le importaba en lo más mínimo. De un momento a otro, se fijó en cómo iba vestida. Era tan orgullosa y sentía un poder tan grande sobre él que temió que jamás reuniría el valor suficiente como para acercarse y decirle un estúpido hola. Le tenía miedo. Sí, eso estaba pasando. Por primera vez en la vida de Bernardo Star, tenía miedo de una chica. Esa era la verdad.
Ella vestía un pantalón pesquero de color café, muy ajustado, con una blusa de holanes color beige que parecía acariciar su torso y sus brazos con cada embestida del viento. Llevaba sobre la cabeza una diadema dorada muy sutil que retiraba su cabello del rostro enmarcando su cabeza con un aro de cabellos lacios y castaños. Era hermosa. Sus facciones parecían esculpidas en algún elemento propio del olimpo. Tenía unos ojos color miel que debían verlo todo y fulminarlo al mismo tiempo. Una mirada de diosa que se enreda con los poderes inocentes de una mujer que puede alcanzar cualquier cosa con tan solo hacerte existir con una mirada suya. No hacía ruido al caminar. Su andar era reservado pero decidido. Poseía una cadencia tierna y seductora que solo puede atribuírseles a quienes saben a dónde van y de dónde vienen. Llevaba unas sandalias también de un color dorado con tiras sobre el empeine adornadas con piedrecillas amarillas. Justo cuando la mirada de Bernardo estaba estancada en la belleza de sus pies blancos y hechos especialmente para ser besados y adorados hasta extinguirse en veneraciones, ella lo vio. Se había acercado demasiado en su trance por envolverla toda con la mirada.

-¿Se te perdió algo?
-¿Qué? No, no... Yo... Este, bueno...
-¿Te acaban de enseñar a hablar?
-No, lo siento, se hablar bien, es que...
-Es que acaso mis pies parecen ser más importantes que mi cara.

Él no podía apartar los ojos de sus pies.

-Amm... Lo siento.
-Jajaja. Mira, no te apures. Ya estoy acostumbrada.

La chica siguió caminando y lo dejo ahí plantado como un reverendo idiota.

-¡Espera!
-Sí, dime.
-Quería saber... Quería saber si puedo verte en otra ocasión
-¿Vernos? Pero si ni siquiera sé quién eres. Eres un total desconocido.
-No, mira... Soy Bernardo Star. Soy escritor. Trabajo en los cursos de redacción que quedan a tres calles de la plaza. Te toca.

Esta vez, intentó parecer seguro y confiado mientras cedía la palabra a la chica. Ella se le quedó viendo un poco recelosa pero divertida. Sabía que se estaba haciendo pis en los pantalones nada mas de verlo a los ojos. Eso le enternecía.

-Mi nombre es Bianca Arozamena. Trabajo como secretaria en Avender, la tienda de cosméticos que está a justamente siete manzanas de aquí. Hoy es mi día libre.
-Y parece que hoy es mi día de suerte, también.
-¿Y cómo porque? Aún no has logrado nada.

Ella pudo ver como el chico se ponía de un color rojo y bajaba la mirada. Eso la enterneció aún más. Era un tipo que intentaba a todas luces sacar algo de ella. Pero no era lo que normalmente le tocaba con los chicos. Siempre la veían como algo que podían llevarse a la cama y después de dejarle dinero en la mesilla de noche se iban para nunca jamás volverlos a ver. No era eso lo que quería de un hombre, aunque estuviera incluido en el paquete. Quería eso que tenía justo enfrente de ella. Alguien que tuviera la suficiente vergüenza para dudar en hablarle, pero los pantalones suficientes como para atreverse a hacerlo a pesar de su miedo. Su madre siempre decía que el miedo siempre habla por un buen corazón, pero un hombre valiente no es el que no tiene miedo, sino el que a pesar del miedo actúa, si bien completamente aterrado, pero siempre hacia adelante. Él parecía un buen chico. Pero como siempre seguía los consejos de su madre, pensó que lo más sensato era ponerlo en aprietos. Eso, además de ser divertido, era la mejor forma de saber qué era lo que se tenían en mente. Aunque Bianca siempre había creído que los hombres solo tienen una cosa en mente. Aun así, lo que importa es lo que hacen para lograrlo.

-Sí, lo sé. Lo siento. No quiero que pienses mal. Es solo que te vi y eres muy bonita. Solo quería saber si podíamos conocernos. Tal vez tomarnos un café algún fin de semana, o algún día libre tuyo.
-Mmm... No lo sé.
-De verdad. Eres muy guapa. Me gustaría conocerte.
-¿Ah sí? Y con qué intención.
-Lo sabremos cuando nos conozcamos mejor, ¿no crees?

Tiene un punto. Buena respuesta.

-Bien. Solo porque me caíste bien y no te pasaste mirando el escote cada que podías.
-Ja... Genial.

Pensó en preguntarle que si lo genial era la aceptación o el escote. Pero creía que ponerlo a sudar todavía más sería muy cruel. La verdad es que si le cayó bien. Además, de verdad era guapo. Tenía una mirada infantil. Sus ojos eran de un color negro tinta. Sus facciones eran toscas y varoniles, contrastaban con su mirada. Tenía los hombros anchos, eso le encantaba. Era alto y sus manos eran grandes. Si bien no era rubio ni de ojo azul, tenía un cuerpo bronceado y sus cabellos negros le daban un toque interesante. Si, parecía que había tomado una buena decisión. Si le llamaba, saldría con él.
Le entregó su número telefónico y él lo anotó en su teléfono móvil. Se despidió de él en cuanto repitió el número y le dio un beso en la mejilla. De esos que solo saben dar las chicas. Un beso que te roba la calma y a la vez, te hace olvidar todos tus problemas. Es como sentir que en ese beso va todo lo que alguna vez formó parte de tus horrores y lo arrastra a la maravilla interna que esconde el cuerpo de cualquier mujer. Sonrió. Como cualquier chico que se da cuenta de ese beso lo hace. Una sonrisa tonta que las chicas saben que pones, aun cuando no volteen a verte. Saben lo que han hecho y saben lo que pasa después de ejecutar ese acto que, aunque maravilloso, también tiene algo de macabro. Un beso que calma, un beso que cura. Un beso que al mismo tiempo, también aterroriza, porque cualquier mente apasionada sabe que es un beso que penetra cualquier escudo.

Pasaron los días después de ese encuentro. Bernardo estaba muy ansioso. No sabía si marcarle a Bianca sería una muy buena idea, después de todo se había topado con chicas que solo cedían para quedarle mal y hacerlo quedar como un tipo ingenuo. Estaba sentado en su sillón de una plaza mientras disfrutaba de un vaso de whisky en las rocas. Asomaba en su regazo un libro del magnífico Peter Straub. Estaba leyendo una primera edición en pasta dura de Perdidos, mientras escuchaba un disco de éxitos de AC/DC. Hells Bells hacía aparición con su sonido estentóreo y poderoso mientras él no podía decidirse qué hacer. A veces, muchas de las decisiones tienen que tomarse sin pensarlo ni una sola vez. En ocasiones solo es el tiempo quien da la respuesta. La mayoría del tiempo, y en las situaciones que vale la pena vivir, es donde menos se aconseja pensar. A veces, solo tenemos que improvisar para poder mostrar al mundo quien es capaz de soñar, y quien es capaz de vivir.
Tomó el teléfono digital y marcó el número de la chica. Sonó cuatro veces y cuando estaba a punto de colgar, la voz melodiosa de la joven retumbó en su oído y se le olvidó quién era y con qué propósitos vivía y caminaba. Era lo más hermoso que podría escuchar en su miserable vida, pensó.

-Si esto es una broma, vi y molesta a tu abuela, estúpido.
-No, espera, Bianca. Soy yo, Bernardo.
-Ah. ¿Porque tardaste tanto en contestar? ¿Te robaron la lengua?
-Lo siento, es que no reconocí tu voz y creí que había marcado el numero mal.
-¿Tan mal me escucho por teléfono?
-No, se escucha aún más hermosa que como la recuerdo, jeje

Bianca no estaba allí pero sin lugar a dudas sabía que le había costado un tremendo esfuerzo no callarse ese comentario. Y de alguna manera, se sintió agradecida. Era un chico tímido con ella, pero definitivamente se sentía su determinación para con ella. De seguro estaría ruborizado por lo que acababa de decir. Eso le gustó y decidió darle un incentivo.

-¡Vaya! Gracias, Berna. ¿Te puedo decir así? Eres muy lindo por ese comentario.
-Es la verdad. Y si, puedes decirme así.
-Estaba pensando que tal vez podríamos vernos este fin de semana. ¿Estarás libre?
-Mmm... Déjame ver. Permíteme un segundo.
-Sí, espero.

En realidad no tenía nada que revisar pero, le gustaba la idea de ponerlo nervioso.

-No, parece que no.
-Entonces, ¿qué dices?
-Sí, me encantaría.
-¿Te parece el sábado a las 3:00 p.m.?
-Mejor a las 4 para no quedarte mal. Recuerda que nosotros no nos ponemos lo primero que vemos.
-Jajaja si esa fue una indirecta, me la cobraré.
-Jajaja solo si es que te lo permito.
-Ya veremos. Entonces te veo a las cuatro en el café Devont de Plaza Rellerta. Creo que nos queda cerca a los dos.
-Sí, ahí te veo. Adiós

Ella colgó y de pronto se rió sin saber exactamente por qué. Sentía una sensación de nerviosismo cómico y un vació en el estómago. No sabía por qué la embargaba tanta ansiedad. Tal vez solo era muestra de que esto sería algo bueno.
Mientras tanto, Bernardo estaba brincando en la sala de su departamento. A veces el alcohol te pone ligeramente frenético por cualquier acontecimiento. Pero este no era el caso, de verdad se encontraba extasiado de felicidad. No sabría jamás como explicar lo hermoso del sentimiento que una chica provoca con su aceptación, en este caso solo era una cita, pero para él carecía de importancia. La esencia del recuerdo de su aceptación, dejó el camino libre para la imaginación y la belleza de las palabras. Después de más de un año, por fin quería escribir.

El sábado llegó. Bernardo despertó cerca de las diez de la mañana. Estaba completamente desnudo. A veces, las ganas son demasiadas y después del término uno queda tan agotado que no alcanza la poca energía para volver a vestirse. El orgasmo siempre ha sido el mejor somnífero para el humano. Se destapó el cuerpo y se dirigió al baño para abrir la regadera mientras esperaba que saliera el agua caliente. Todo efectuado con una sonrisa enorme en el rostro. Se lavó los dientes y se metió en la regadera. El agua estaba tibia, sería suficiente. Mientras se tallaba el cuerpo pensó en lo hermosa que se vería Bianca desnuda mientras se bañaba. La imaginaba con su piel cremosa y húmeda, mientras el agua la recorría en caricias de mercurio. Escuchar el ronroneo del chorro del agua mientras se estrellaba en su cuerpo. Vislumbrar como se acariciaba y limpiaba un cuerpo perfecto y tonificado por la maravilla de la naturaleza y la bendición de ser mujer. Suspiró por la escena que su mente enamorada había creado y volvió a sonreír con más empeño. El sonido de la regadera se cortó y salió de ella desnudo. Pisó con mucho cuidado para no resbalarse en pleno baño y alcanzó su toalla en la tapa del excusado. Se frotó el cuerpo con ella para secarse y se encaminó de nuevo a la habitación. Acomodó sus ropas sobre la cama para cuando terminara de acicalarse. Una camisa de lino color borgoña y un pantalón color negro junto con zapatos bostonianos oscuros.
Salió a las dos de la tarde de su casa nervioso pero sonriente. Llevaba una gargantilla de plata como único accesorio. Pensaba llevarse el Rolex que se había ganado como un premio por su cuento "El árbol del gusano" en el concurso estatal de literatura y arte. Su perfume aún podía sentirlo en la punta de la nariz, era un aroma fresco y varonil, de esos llamados nocturnos. Pensó en lo irónico de su uso en el día, pero le gustaban esas fragancias, lo hacían sentirse "varonil". Y parecía que a las chicas les gustaba. Uno maderoso le era desagradable, sentía que nada más le faltaba el caballo y la carreta, no, prefería esos aromas más "modernos". Estuvo un rato desperdiciando el tiempo en un museo que quedaba a unas cuantas cuadras de la parada del camión. Cuando se dio cuenta, faltaban cuarenta y cinco minutos para las cuatro. Sabía que igual ella llegaría tarde, las chicas siempre hacen eso, como si quisieran medir qué tanto está dispuesto a dar el macho para con la hembra. No importaba. Él quería verla. Quería volver a ver sus ojos y la luz de sus cabellos, la suavidad de su piel. Lo tenía completamente embelesado. Era su chica ideal. Tomo el autobús de la ruta 8 y se bajó tan solo dos calles antes de llegar a la cafetería. Pasó junto a un puesto de flores y se quedó pensando si sería buena idea. Tal vez creyera que iba demasiado rápido. Lo mejor sería que la dejara para después, no quería asustarla. Tal vez, si las cosas iban bien, le compraría una de sorpresa con la complicidad del vendedor. Faltaban tan solo 7 minutos para las cuatro y entró en la cafetería. Pidió una mesa para dos a la hostess, quien llevaba en su chaleco grabado el nombre "Devont" junto a una taza verde y humeante justo por encima del pecho izquierdo. Ella amablemente asintió y le dijo que lo acompañara. Le dio a elegir entre la terraza o la zona de adentro. Aunque la tarde era fresca, decidió que lo mejor sería en la parte de la terraza, ya que solo había dos mesas. Sería más íntimo. Se sentó admirando su reloj. Ya eran las 4:03 pm. No tardaría.
Eran las cuatro con diecisiete minutos cuando la bella joven, Bianca, iba entrando por la puerta y él se paró de inmediato de una manera torpe que daba a entender que estaba loco por la chica y que si ella hubiera dicho "rana" él hubiera saltado y dado una pirueta circense sin más motivo que su voz cantarina; su voz de mujer. Él sujetó su saco mientras retiraba tímidamente la silla contraria a su asiento para que ella se sentara. Ella se le quedó viendo con fingida sorpresa y se sentó. La cita comenzaba.
Pidieron capuchinos, los favoritos de ambos al parecer. Los dos tenían bastantes cosas en común. A los dos les gustaba la literatura de terror, ella decía que su favorita era el romance, pero que nunca le hacía el feo a una buena novela negra o de terror paranormal. Le gustaba. Decía que el miedo es lo que nos hace saber con mejor certeza que nada, que apreciamos más la vida de lo que creemos. Gustaban de caminar por lugares arbolados y si pudieran vivirían en el bosque. La mayoría del tiempo se les fue en hablar de trivialidades. Él se fue soltando poco a poco. Cuando empezó a contar algunas de sus anécdotas con amigos de la facultad y chistes subidos de tono, sabía que lo estaba haciendo bien. Ella reía encantadoramente y se arqueaba de risa, dejando ver un hermoso cuello de cisne. De alguna manera, a Bernardo no le gustaba que riera. Mientras más reía, más se enamoraba.
Ella le pidió que parara, que le estaba doliendo el estómago y la cara de tanto reír. Unas lágrimas se estaban formando en la parte baja del párpado de sus ojos. De verdad se estaba divirtiendo y era por él. Se sentía el hombre más afortunado del mundo. Su risa era por él. Después de tres capuchinos suyos y dos de ella, decidieron salir a caminar por entre la avenida arbolada de Quevedo. Ella traía unos tacones que aunque no eran muy altos, le volvían difícil maniobrar por entre los lugares donde las raíces habían abierto camino a la vida de los árboles. Se les ocurrió que lo mejor sería atravesar la avenida y sentarse en las bancas iluminadas del camellón de Quevedo. Ya eran las 6:38 de la tarde cuando atravesaban la avenida y el cielo comenzaba a rayarse de amarillo, anaranjado y amatista. Justo al entrar al área del camellón con baldosas ajedrezadas de blanco y negro, ella tropezó y él la sujetó de la cintura para que no cayera. Fue lo mejor que le pudo haber pasado en la vida. Nunca jamás olvidaría ese momento. Él la ayudó a ponerse de pie mientras ella le agradecía con la mirada gacha, estaba ruborizada y él lo adivino, aunque también se ruborizado por haber estado tan cerca de su rostro, estaba muy contento, había logrado que ella se ruborizara.
Se sentaron en una banca, él pudo notar que aún tenía unos chapetes marcados en sus mejillas y sabía que aún no olvidaba la cercanía pasada. Se veía magnifica chiveada. Ya era hermosa de por sí, pero ese tono rojizo en sus mejillas la hacía verse como un ángel que no sabe que ha caído con un hombre sencillo, con una pobre alma que no tiene más que ofrecerle que su adoración y su amor. Ella, como un ángel inocente, solo sonreía y le admiraba el rostro. Tal vez no quería más que eso para ella, tal vez es justamente lo que nunca se habían detenido a ofrecerle.
Él quería hablarle pero no sabía qué hacer, no podía dejar de ver sus ojos y repetirse una y otra vez que era magnífica.

-Hace frío.
-Amm... si, está anocheciendo, es por eso.

Él se acercó a ella y le tomó la mano.

-Aun así, tienes las manos tibias, el café surte su efecto.
-Puede ser...

Él pasó su mano por detrás de su espalda y ella se le quedó viendo de manera recelosa.
Él se ruborizó.
Ella se carcajeó y, acto seguido, se acurrucó en su pecho.
Él la abrazó con ambos brazos y le agradeció a la vida por darle tanto sufrimiento en soledades. Después de todo, la vida siempre te otorga un incentivo que te haga creer que vale la pena seguir agonizando. El amor es lo que mejor funciona para convencerte de seguir esperando la muerte.

Después de estar abrazados un tiempo, mientras la noche se construía en tinieblas y las luces urbanas cobraban vida y destellos, la chica se desperezó mientras unos chicos en patineta pasaban frente a ellos. Algo se dijeron entre ellos y se amenazaban con los puños. Él estaba acariciando su cuello y el lóbulo de su oreja. Su piel era tersa y frágil como la estela que deja un cometa al caer en nuestro adorado planeta. Ella se levantó con la mirada amodorrada y el cabello ligeramente desacomodado.

-¿Y bien?

Bernardo se quedó pasmado. No entendía qué era lo que quería decirle con esa pregunta. Ella, al ver su cara de espanto y estupefacción, se limitó a estallar en carcajadas.

-¿De qué te ríes?
- De tu cara, jaja.
-Este... es que no entendí tu pregunta.
-Sí, eso ya lo veo.
-Aja...
-Me gustas.

Él no acababa de procesar la idea cuando un beso le reventó la vida.
Fue un beso sin cuidado ni cortesía. Un beso que permite saborear la esencia de lo que acontece sin certeza de haber sido pensado y siquiera contemplado en la existencia de lo posible. Fue una experiencia que desbordó las sensaciones y los sentidos de su cuerpo al más puro estilo de lo imposible y maravilloso.
Pero todo termina, a veces,  como empieza: en un instante. Ella se despegó como si nada hubiera pasado. Él estaba tan deseoso de que siguiera, de que nunca acabara ese momento, de que se extendiera hasta los confines de la eternidad y la gloria, pero no, la vida no es tan benevolente. Ella sonrió tiernamente y se levantó. Se excusó diciendo que tenía unos compromisos que atender y que debía irse temprano. Él quiso decirle que no se fuera, que se quedara, que no lo dejara tan enamorado como en ese instante, que le diera otro beso; pero no lo hizo.
Él también se levantó y caminaron juntos por las calles iluminadas de la ciudad hasta y él le dijo que conocía un atajo. La llevó dando vueltas por diferentes calles hasta que sintió que ella no sabía dónde estaba, todo con la idea de quedarse más rato con ella. Platicaron de muchas más cosas, pero nunca se tocó el tema del beso, fue como un pacto tácito de silencio. A veces el silencio nos dice más verdades que un arsenal de palabras que lo único que hacen es revolver y martirizar un hecho. Ella paró en seco y le sostuvo una mirada poderosa.

-Esto es una trampa. No creas que no me doy cuenta, eh.

Él se ruborizó y asintió con la mirada gacha.

-Discúlpame, solo quería pasar más tiempo contigo. Sé que suena trillado pero me gusta platicar contigo. Me haces sentir bien.
-Eres un chico muy lindo. Pero de verdad tengo que irme.

Ella le rozó con la palma de la mano la mejilla. Fue una caricia sutil pero todo lo que Bernardo necesitaba. Es el tacto de una mujer el que te dice como en un arrullo galáctico que todo estará bien, que no habrá nada por lo que preocuparse. Ellas siempre lo saben. Ellas saben que el hombre es más frágil de lo que aparenta y que necesita de ese gesto de ternura para resurgir de entre los miedos y la desesperación.

-Está bien. Así será. Pero, ¿nos veremos otra vez?
-Mmm... sí, creo que sí. Me divertí mucho contigo, eres muy lindo.
-Genial. Espero que nos veamos pronto.
-Sí, yo también lo espero.

Él no esperaba hacer lo que hizo a continuación. Fue como sentir que una fuerza extraña e instintiva se apoderaba de él y quería salir a flote en todo su esplendor. La tomó por la cintura y le dio un beso. Enseguida se quitó y ella lo vio sorprendida. El estaba completamente asustado. Pensaba que ya lo había echado a perder todo, que ella se asustaría y jamás volvería a verla. Pero ella sonrió. Solamente sonrió.

-No vuelvas a hacer eso. Aquí la que da los besos soy yo.
-Amm... sí, lo siento, yo no quería, no sé qué paso. Yo...

Ella le puso un dedo en los labios y le besó la mejilla. Esta vez fue más prolongado y húmedo. Sintió el jugo de su ternura y de su arrojo imprimirse en su piel como la huella de un gigante en terreno fértil. Allí se sembraba una posibilidad y él recogería el encanto. Ella se fue caminando y corrió al ver dar la vuelta en la esquina opuesta a su transporte.

El regreso a la casa y se recostó en su cama. Estaba completamente obnubilado por el día. Se sentía que nada en el mundo podía destruir lo que sentía. Podrían pasar males torrenciales pero nada le arrebataría de su corazón la sensación maravillosa y sublime que ahora lo llenaba en todas las dimensiones humanas. El contenía dentro de su corazón un almíbar puro y fantástico que solo es producido por la certeza de que lo bueno existe, y es indomable, tanto como lo perverso.
Pasaron dos semanas sin que pudiera sacarse la imagen de ella al caminar de su cabeza, ni la bonita sensación de su cintura del brazo, o la ensoñadora presencia de su beso en cada momento en que podía cerrar los ojos y apoderarse de su propia piel. Había escrito 17 poemas en esas dos semanas solo pensando en el encanto y la fragancia de Bianca. Cada palabra y cada ritmo poderoso de la poesía era destinado a la forma de su caminar, a la brillantez de su sonrisa y la ternura de su mirada, a la insensatez de sus comentarios y la calidez de sus besos y la suavidad de su piel como río de plata y de sueños. Llevó a sus cursos todos los poemas, excepto uno. Ese lo reservaba para ella. Esperaba que le gustara.
Llamó esa noche y le dijo que si estaba disponible para el siguiente fin de semana.

-Vaya, ya creía que jamás me hablarías.
-Lo siento, estuve con mucho trabajo y no quería quedarte mal.
-Mmm... ¿Qué te diré?
-Dime que sí. Sí, eso, dime que sí.
-Jajaja, pues solo porque me hiciste reír.
-Genial. ¿Te veo igual?
-No, me llevaré otra ropa.
-Chistosita.
-No, mejor en la banca donde estuvimos la otra vez.
-¿Y eso? ¿Para qué?
-Nada más. ¿Tienes problema con eso?
-No. Está bien. Ahí te veo igual a las cuatro.
-Perfecto. Bye.

Colgó pero se sentía algo extrañado, no sabía qué significaba aquello.
Ella por otro lado quería saber si era capaz de recordar un detalle como ese. Un pequeño capricho femenino, pero muy gratificante ponerlo a prueba.

El sábado siguiente se quedaron de ver y esta vez él sí había comprado la rosa. Era una rosa roja muy hermosa, con un matiz escarlata que daba la impresión de declarar el amor en sí misma. Estaba rodeada de papel morado y con un listón verde. Tenía unos ramilletes de hierba para verse más detallada, pero la verdad es que lo hermoso radicaba en el detalle y la flor misma. Él mismo la eligió.
Ella iba ataviada con un vestido blanco liso que daba la impresión de ser una pequeña alma en pena que decidió verse adoptada por la piel de una diosa griega. Tenía un escote atrevido que dejaba ver uno de sus encantos más devastadores para el corazón de los hombres. Estaba aún más bella que la anterior vez. Tenía poco maquillaje y su cabello estaba suelto en pequeñas ondas que le caían por los hombros y la espalda descubierta. Estaba tan hermosa que no supo hacer nada sino verla por un rato que pasó de ser admiración a pura estupidez.
Ella sonrió. Se sintió tan hermosa con solo verle su cara. Y se acercó debido a que él estaba pasmado a medio camellón.

-Estás hermosa.
-Gracias.
-Ammm... si, la banca, la banca.
-Si jaja
-Es por allá, es aquella.
-¿Cómo lo sabes?
-Aquí se ha quedado tu aroma.
-Cuál es mi aroma.
-Jazmín y rosas.
-Vaya, adivinaste.
-Claro que sí. Un olor como el tuyo no puede olvidarse nunca. Entre otras cosas que pasaron ese día.
-Jaja eres muy galante ahora, eh.
-Solo digamos que no puedo aguantarme la verdad.
-Sí, así parece.
-Tengo algo para ti.
-¿En serio?
-Sí. Pero te lo daré hasta más tarde. Mientras puedes tener esto.

Bernardo descubrió la rosa que llevaba escondida en la espalda y se la dio.

-¡Bernardo! es muy bonita, gracias.

Bernardo solo supo sonreír y ruborizarse. Ella le dio un beso en la mejilla y otro en los labios.

-Este es por acordarte de la banca y por lo que me dijiste.
-¿Y el segundo?
-Por la rosa.
-Comprare rosas más seguido.
-Jajaja no te hagas tantas ilusiones. Beso cuando quiero, ya lo sabes.
-Sí, no lo olvido.

Se sentaron en la banca y platicaron por horas. Ella se reía y lo tomaba del brazo. Se acurrucaba en su hombro y luego le daba besos pequeños y ligeros en el cuello o las mejillas. Él la tomaba de las manos y se las besaba, y cada que se le ocurría le decía que era la mujer más hermosa que jamás haya encontrado. Que quería estar con ella. Que le diera una oportunidad. Ella solo respondía cambiando de tema.
Aun así, él la paró en medio de un discurso femenino sin fin sobre su día y le tendió una hoja de papel entintada con café. Ella la tomó y cuando leyó su contenido se abrazó al cuello de él y casi lo asfixia. Estaba llorando, pero sin lugar a dudas, la semilla fue implantada... ella también estaba enamorada. Le dijo que se la leyera:

Confieso a los valles, los mares y el viento flagrante,
que quererte fue una centella moribunda en pos de la alegría,
que la grandiosidad de nuestro encuentro fue tan solo por mirarte,
no anhelaba tanto en tan poco tiempo; ni momentos, ni silencios, ni sonrisas.

Estaba plagado de miedos, desesperanzas y traiciones continuas;
apenas salía del dolor, cuando la punzada de la ausencia me visitaba inclemente.
sabanas rodeaban la falta del cuerpo tuyo, ajeno, magnífico, fantástico y ausente;
pero ahí estabas, bañada en plata y a la espera de la mortalidad de mi visita.

Te confieso hoy y siempre, rodeándome del encanto mortuorio de la luna,
enclaustrado en la bata negra de la noche y embelesado en tu piel de cera y tus ojos de guerrera;
te confieso que no seré tuyo, no seré de nadie, no seré jamás de lo que se adueña en tus afectos;
porque fui, soy y seré siempre tú, vivo en ti y para ti, para ser y destruir, crear mi desgracia y tu fortuna.

Hago un pacto silente con la inocencia de nuestros espíritus llameantes,
con la vaguedad de los besos que se disparan en la cotidianidad de las miradas.
Te hago un pacto de amor desconsiderado y sin propósito alguno que no sea el de entregarme.

Porque me entrego sin la censura del miedo, sin el devenir constante de las angustias y el pero;
y me entrego sin la conmoción de los terrores que provoca lo repetido y cíclico de los encuentros envejecidos.
Me entrego como nadie y como nada, como algo que fui y que sin ti se apaga,
no porque no tenga mi propia luz, sino porque, ¿Que hay más grande que entregarse a los brazos del sol?


Se hizo tarde y esta vez se fueron directo a la parada del transporte. Ella volteó hacia él a mitad del camino y lo besó. Esta vez, el beso fue más prolongado e intenso. Ambos sintieron como una chispa crecía entre los dos. La chispa iluminaba sus esperanzas y sus ganas de seguir aquí. Esa pequeña chispa parecía encender los deseos de permitirse seguir con vida, seguir gozando del dolor de la vida y de la gloria del deseo y del amor. Era una chispa tan insistente que no podían dejar que pasara el tiempo. El tiempo no existía, se había transportado al silencio y a la nada. La realidad enflaquecía y vibraba entre los labios de aquellas dos almas que palpitaban desenfrenadas por discurrir juntas a un lugar donde la única certeza fuera el amor de sus miradas entreveradas con sus propios sueños de plenitud.

-Yo también quiero estar contigo.

Él se quedó paralizado por la sorpresa. Había pensado que era de las chicas que tienen miedo del amor a última hora, pero no era así. Era la mujer que quería para él y ella lo había aceptado en su vida tan intensamente como él en la suya. Él despertó y la levantó por la alegría. Ella no dejaba de gritar de contento, miedo y sorpresa. La bajó y la tomó por la cintura mientras le robaba un beso. El autobús pasaba junto a ellos mientras ella le decía que parara con diversión.

-Mi camión, bobo.
-Se pasó
-No, cual se pasó. Lo alcanzaré. Te veo luego.

Se despidieron mientras corría hacia el transporte.

Después de decenas de salidas juntos, de besos, de abrazos, de sueños compartidos, de algunas disputas y de algún que otro llanto chantajista, de algunos olvidos de fechas y por supuesto, del primer encuentro con la piel y el deseo, el cual discurrió siete noches después del primer beso, fue un encuentro con la ambrosía del cuerpo y las ganas de fusionar las almas por la agitación y el amor; ella estaba magnífica con su piel nacarada sobre la cama, él la admiraba mientras se desvestía y le susurraba, una vez en la cama, cuánto la amaba; fue una lucha a muerte con el deseo y la situación del arrojó a la sensualidad y el vacío de la angustia por el devoramiento mutuo; ella salpicaba la habitación de un vapor etéreo y él rodeaba su aliento con la luz de la mortalidad y la premura; recorría su piel en cada pliegue y en cada hueco, su cuello, sus hombros, la silueta mortecina de su espalda a través de los reflejos urbanos de las luces, sus nalgas redondas y suaves, sus piernas como dos guardianes de la verdad y la locura, y sus pies, sólidos combatientes de los caminos que ella debió transcurrir para pasar por enfrente del ser mortal que más la había venerado desde que sus ojos efectuaron el pecado de su vista y apreciación como elemento caído del cielo; esos eran ellos amándose y gritando en suspiros lo mucho que les importaba un carajo el mundo; después de todo esto y de tantas ganas de haberlo adelantado, se comprometieron.

Por eso es que ahora, al pie de la cama, 15 años después, Bernardo recordaba todo esto con una sonrisa de tristeza en el rostro. Bianca le tomaba la mano y le decía que a veces las cosas no terminan bien justamente porque en algún momento lo fueron. Su mano estaba huesuda y tenía manchas cafés a lo largo de los dedos y los antebrazos. Su cara estaba surcada por una mancha roja en forma de relámpago que le partía la cara manchada de pecas y paño. Su pecho estaba vendado por las fracturas de costilla que le habían provocado al resucitarla en anteriores ocasiones. Ya no quedaba más que un despojo de lo que fue. Pero el amor que sentía Bernardo por ella seguía siendo la estrella que más brillaba en cualquiera de los espacios conocidos.
El médico amigo de la familia, había dicho que se debía a una patología linfática. Sus defensas estaban deshechas y cualquier cosa podría matarla en cualquier momento. Bernardo estalló en una ira desesperada y corrió al médico a patadas de la casa. El pobre galeno solo movió la cabeza en señal de negación y se arrellanó en el asiento de su Volkswagen para regresar a casa. Ya era tarde. No solo para él.
Bernardo vio cómo su esposa sufría y como la vida iba soltando los dedos débiles y cansados del abismo. La vida de Bianca parecía estar colgando con un peso muerto. No podía más. La vida no solo de Bianca si no de Bernardo también, se iba extinguiendo como la hierba y los animales después de un cataclismo colosal.
La mano de Bianca temblaba en las manos que la rodeaban como un cofre que protege el tesoro y el secreto de la existencia para un solo hombre: Bernardo.
La mano dejó de temblar y el titilar de la vida que por tanto tiempo estuvo en el cuerpo cansado de la mujer más adorada en la faz de la tierra, se apagó. El cuerpo de Bianca estalló en una convulsión para desvanecerse en cenizas.

No hubo respuesta de Bernardo. Se limitó a seguir los trámites de la funeraria, sin saber que harían con un cuerpo que solo estaba en el recuerdo de su carne y en el sabor de sus labios, en los dedos que lo recorrieron y el aliento que tantas veces le robo; quería dejar descansar por siempre un alma buena y bondadosa. Solo se lamentó de que el supuesto dios no permitiera que el amor de dos corazones floreciera en muñecos de carne que pudieran amar tanto como ellos mismos. Ella no pudo ver jamás una sonrisa y un amor que no fuera el de su esposo.
Ordenó a toda la servidumbre que limpiaran la casa, ya no había agonía que perpetuarse en el hogar. La muerte entró y salió con un bulto trenzado entre sus alas negras. Él entró en esa casa, herencia de su familia, con un amor que doblegaba las luces del cielo, ahora salía al cementerio cargando un dolor que sobrepasaba los sueños del infierno y un féretro vacío, tan solo con una ilusión muerta y con unas titánicas ganas de convertirse en polvo para dejar de sufrir.
Y por fin se lo preguntó: ¿Qué tanto conviene dejar de esperar a la muerte?


miércoles, 27 de mayo de 2015

Si existe


Había sido fácil, eso creía. Caminaba por las calles de Berlansca hasta dar con el número de la casa. Por fin lo había encontrado después de una caminata de hora y media. El 654 de Bendel. Había transitado por avenidas atestadas de mendigos, de limosneros y de mujeres con la moral más desvaída que podría encontrarse. Había latas de refresco y cerveza aplastadas en cada esquina o entre las coladeras. Era una peste las calles de aquella ciudad. 
Al llegar a los suburbios, 7 manzanas antes de la calle Bendel y el numero destinado, pudo encontrarse con un panorama bastante diferente ante sus ojos. Las calles estaban bordeadas por arbustos y árboles de distintas clases: Abedules, olmos, robles en los centros de parques y de camellones extensos, manzanos y tabachines. La noche les daba un toque fantasmal a las ramas y los movimientos siniestramente maravillosos del viento, dotaban de magia la caminata nocturna de cualquier transeúnte. Un búho, centinela de la noche, ululaba tétricamente mientras una ráfaga arrastraba las hojas caídas en un remolino grisáceo. Una sombra se agazapaba entre un abedul y los arbustos que formaban un parapeto oscuro y frondoso. Las luces de las casas comenzaban a apagarse con los clásicos oscurecimientos repentinos de cada habitación. La sombra avanzaba por entre los arbustos y los árboles, con una capucha negra y pantalones flexibles. Solo los ojos de un tremendo color azul zafiro asomaban por entre las comisuras del pasamontañas. Había en sus ojos una mirada fría y serena. Una mirada propia de quien sabe que los horrores del mundo se construyen en la cabeza de quien más los teme. "No hay infierno", se decía. No hay nada más que lo que podemos ver ante nuestros ojos abotagados por el miedo, la indiferencia y el odio.
Asomo su cabeza y retiró la capucha al encontrarse con el cielo negro. Sus ojos despuntaron su rostro como dos joyas tan frías como preciosas. Dos joyas azules que refulgían con la plata de la luna. La noche estaba plagada de pequeños signos de luz a miles y miles de millones de años luz de donde él se encontraba parado, admirando la existencia de todo. Sus cabellos eran de un color negro azabache y se cerraban con una barba negra y china que le rodeaba la mandíbula y la mitad de las mejillas. Dos cejas poblabas se fruncían y daban fe de que recordaba su trabajo. Las nubes algodonadas que envolvían la magnificencia de la luna como una bufanda colosal, quedaron justo en el olvido de la sombra. Siete manzanas más y eso ya no importó. Encontró la casa. Las luces estaban apagadas. Jamás volvieron a encenderse por las mismas manos.
La sombra se adentró en los jardines decorados con malvas, rosas blancas y rosas, violetas y tulipanes. Algunas plantas medicinales se abrían paso entre el jardín. Había un huele de noche junto a la ventana. Ese olor parecía agradarle a la sombra, hasta sintió pena por segar una vida que oliera tan bien. Una peña laminilla de acero fue introducida por el espacio de cierre de la ventana de madera con cristales en mosaico hasta que el cerrojo de aluminio cedió y pudo abrirse lentamente la ventana. Si la casa tenía alarma, seguramente tendría que correr como loco poseso, pero no fue así. Para tener un fin perverso, la suerte lo abrazaba con total serenidad. Era una noche preciosa, estaba fresca pero sin hacer frío y podría asesinar como hacía tiempo no lo hacía. El pago por los servicios a "la fábrica”, solo era un modo de obtener dinero con lo que más satisfacción le producía: el dolor y la muerte. Entró en la cocina de manera ágilmente felina. Una sombra negra de cuerpo entero se fusionaba con otra de igual tamaño impresa en el suelo por la luz de la luna. La sombra camino hacia la escalera. Una construcción de madera de cerezo labrada con pegasos y grifos en las bases de cada escalón. Subió la escalera y se introdujo silenciosamente en los cuartos. Primero los padres, los niños ya no sabrían que hacer sin la orden de sus protectores. Los niños siempre son más fáciles. Los niños siempre deleitaban sus gustos porque nada es comparable con la satisfacción de ver el miedo y el dolor en el rostro de una pequeña niña que no entiende que es lo que pasa y porque papá no viene a ayudarla, no entiende nada hasta que sus ojos pierden el brillo y el último aliento no es más que el suspiro de la extinción.
La sombra se acercó al bulto más grande, presumiblemente el padre. La mayor amenaza. Sacó un pequeño destello de mercurio de entre los bolsillos del pantalón y lo clavo sin vacilaciones en el cuello del hombre. La victima del cruento suceso abrió los ojos y aferro la mano de la sombra sin atreverse moverse por el espanto y el dolor. Se ahogaba. La sangre manaba como un torrente escarlata por su cuello y su pecho. La sombra siguió presionando hasta que sintió el filo de la cuchilla encallar en el hueso de la vértebra blanca y mortuoria. El hombre se convulsiono en cuatro espasmos de muerte, su garganta hacia un ruido asqueroso y desesperado. El hombre murió. La mujer se había despertado por los movimientos desesperados de la pareja. Cuando percibió al espectro negro parado junto a su marido, abrió los ojos de manera colosal y sus retinas se anegaron de la última imagen que vería. La cuchilla cayó abruptamente sobre su rostro. Atravesó la piel de la mejilla y perforo un ojo. La mujer grito. La sombra no podía permitirse errores, no ahora. El cuchilla soltó un destello dejado en el viento por la luz de la luna que atravesaba el ventanal de la habitación y un sonido gutural amortiguado lleno la habitación. La mujer se ahogaba. El mismo procedimiento, solo que esta vez lo disfruto con paciencia y solemnidad. Poso sus manos al rededor del cuello de la mujer. Mechones castaños cubrían la subida de su cuello, mechones ensangrentados, tocados por la vida que se diluía por entre su cuello y sus ojos.
La sombra abrió la herida. Hurgo entre el pedazo de piel, un corte limpio. Desgarrado, pero limpio y hermosa en su perversa manera. La sangre comenzaba a coagularse entre los tendones y la piel. Sintió un deseo irrefrenable de arrancar la piel. Lo hizo. Tomo entre los dedos un pedazo de pellejo colgante y jalo con fuerza. La piel se rompió a mitad de la cara, donde el ojo ya no estaba y un jirón de mejilla se secaba entre la luz de noche. Así la dejo. Medio rostro de la mujer castaña ahora revelaba una sonrisa blanca y manchada de rojo. Un colgajo de carne caía por el lado izquierdo del rostro, un rostro despedazado, ya no era el rostro de alguien muerto, solo un amasijo ensangrentado sin cara.
La sombra se despellejo. El enorme montículo negro con ojos de zafiro se descubrió el cuerpo. Tenía las facciones de cualquier buen samaritano: ojos azules profundos, cejas delineadas delicadamente, mentón duro y partido, pómulos saltados y colorados, dientes blancas en perfecto estado de orden, y una nariz aguileña. Dejo caer el pasamontañas al suelo, junto al cuerpo de la mujer muerta. Después, se dedicó a desnudarse por completo. Su miembro estaba erecto y palpitaba a la luz de la luna, como si los rayos fríos de la noche dieran caricias rituales a lo perverso de su virilidad rígida y deseante. Se agacho y se tumbó junto al cuerpo de la mujer. Tomó sus manos entre las suyas y las acaricio, tenían un poco de sangra entre los dedos, ya seca. Puso la mano derecha de ella rodeando su miembro y comenzó a agitarla. Era perverso, lo sabía, era algo asqueroso y perturbador, si, lo era, y eso lo encendía aún más, Estaba a punto de terminar, cuando decidió que culminaría con algo diferente. Tal vez mejor. Se levantó, con el pene palpitando como desesperado. Se detuvo a un costado de la cama, junto al cuerpo del hombre. Lo pensó unos segundos y decidió que probar algo nuevo no le haría daño a nadie, al menos a ellos ya no. Casi suelta una carcajada con ese pensamiento, pero se contuvo, no quería echar todo a perder. Tomó la cabeza del cadáver y casi hace que se desprenda con el tirón que le dio, pero no pasó nada. Movió el cuerpo mientras sentía que la pulsación de sus genitales era cada vez más lejana, el miedo hace de las suyas, pensó. Para terminar, acomodo el cuello del muerto en una posición arqueada hacia atrás, la herida del cuello quedo completamente expuesta, como los puentes plegadizos cuando son abiertos. Sonrió con lascivia e introdujo su miembro en la herida. Estaba enfriándose, pero aún permanecía la exquisitez babosa de la carne. Pudo moverse dentro, mientras sentía la carnosidad del musculo y los pliegues de los tendones, la dureza y porosidad de la vértebra lo lastimaba pero él seguía adelante, no se detendría. Por fin, después de unos momentos, la excitación llego a su tope. La sombra desnuda se arqueo en un éxtasis que lo dejo sin aliento y termino dentro de la herida. Se permitió unos segundos para recuperarse de la sensación de flote que quedaba después del acto y suspiro profundamente. Aun pudo ver como manchitas blancas se hundían en los pliegues de la carne ennegrecida por la sangre coagulada. Se quedó mirando hacia la ventana, camino hacia ella y la abrió. Sintió como el aire de la noche pasaba por entre sus piernas y daban una sensación de frescura en sus partes ensangrentadas. Acto seguido, salió de la habitación.
Caminó catorce pasos hasta el otro extremo del pasillo. Había una sola puerta. Estaba emparejada. La abrió con cuidado y dos camas individuales estaban situadas en el centro del cuarto. Un niño y una niña dormían apaciblemente sin sospechar que en la habitación de al lado ya no estaban sus padres, solo dos pequeños restos de carne muerta. Ya no los abrazarían por la mañana. Ellos tampoco se darían cuenta de eso. No despertarían para ver el sol y tampoco para ver la negrura de la sangre por toda la habitación de sus protectores. Ellos fueron fáciles. Dos puñaladas en el corazón a cada uno. Despertaron, abrieron los ojos, y simplemente el terror les inundo los ojos. Vieron a la muerte rubia pegada a su rostro y se desvanecieron como pequeñas estelas de humo en la brisa del campo. Cuando sus alientos no fueron más que recuerdos, tomo sus ojos. Insertó la navaja en sus cuencas y los hizo brotar. Se dirigió al baño y estrelló el espejo. Tomó dos pequeños fragmentos y después de darles forma con la navaja, los introdujo en los ojos de cada uno de los cadáveres. Cada que uno se atreviera a ver el rostro de los cuerpos no miraría más que su imagen en los ojos de un despojo coagulado.
Salió de la habitación y entró nuevamente en el baño de la planta alta. Estaba a solo siete pasos del cuarto de los niños. Se sentó en el inodoro y orinó con la puerta abierta. Sí, eso siempre es agradable. Se dio cuenta de que su miembro seguía ensangrentado por su bizarra ocurrencia anterior. Bizarra pero satisfactoria, sí señor. Se metió en la tina y dejó que el agua corriera. El agua comenzó a ascender y sintió como le rozaba la piel de las nalgas y de los testículos. Era una sensación agradable. El agua estaba tibia y empezó a calentarse de a poco. Cuando llego a dos terceras partes de la capacidad de la tina de estilo victoriano, cerró la llave. El agua tenía un tono marrón por la sangre seca de sus genitales, pero se sumergió ligeramente hasta sentir que el agua cubría cada poro de su cuerpo. Estar sumergido en agua tibia era como regresar al útero por unos instantes. Era maravilloso. El no creía en el paraíso, pero sin lugar a dudas, sabía que no había mejor alusión para cuando las experiencias de la vida y los pequeños deleites de la cotidianidad, como este, podían hacerte explorar el goce de la piel. Estuvo cerca de media hora sumergiéndose y saliendo del agua. Finalmente, decidió que sería hora de marcharse. Se levantó y se dirigió al cuarto de los padres asesinados.
No podía creerlo, cuanto desorden. Debería de poner más cuidado la siguiente vez. Eso era algo que siempre se repetía, por dios, siempre se dejaba llevar por la emoción del momento. En fin, tomó las ropas amontonadas en el suelo junto al cuerpo sin rostro de la mujer y se encaminó a la planta de abajo. Se detuvo justo en el umbral de la puerta. Los cabellos de la nuca se le erizaron por completo. Era absurdo. Sentía una presencia. Una brisa como sacada de algún suspiro de aburrimiento le acaricio la mejilla y susurro su nombre.

Arthur…

Sus ojos de zafiro rodearon la habitación. No había nada.
Debió ser el viento, no cabía otra explicación.
Pero no era así. Se quedó paralizado donde estaba cuando el cuerpo de la mujer sin rostro se levantó del suelo. Su torso se erigía como un viejo puente levadizo. Su cabeza giro hacia él y movió la quijada en un intento de sonrisa afable. De ese movimiento último surgió un sonido viscoso por la sangre seca que rodeaba la cara y el rostro despellejado de la mujer.

-Si existe- dijo el cadáver, y cayó fulminado.

Arthur, ahora dotado de su mortalidad y de su miedo, bajo corriendo las escaleras. El pulso se había alocado como un murciélago con su radar perdido. El corazón aleteaba en el pecho con alas membranosas y polvorientas, chillaba de horror. Llegó al vestíbulo y se dirigió a la ventana por la que había entrado y salió pitando.
No se dio cuenta de que una sombra pasaba de habitación en habitación. Una sonrisa blanca como la nieve se dibujó en el aire, seguida de uno ojos purpuras. El rostro sin carne seguía la obra de Arthur por cada habitación. Había sangre y dolor. Lo aprobaba.
Una risa exploto por los rincones de la casa.

Habían pasado cuatro días. Arthur no podía dormir. Sentía un horror innenarrable con tan solo parpadear. Podría enfrentarse al peor de los asesinos, a perros rabiosos o tiburones hambrientos. Pero esto era diferente. Como podía enfrentar algo que no podía matar, como saber qué hacer ante algo que habla y ríe si ya está muerto. Se mantenía a flote con el último pago de su anterior trabajo: un hombre que no pago las apuestas que debía. Tenía la barba crecida, ojeras correspondientes a su terror y falta de sueño, la tez amarillenta y ceniza, le temblaban las manos y cualquier ruido por pequeño que fuera lo exaltaba de manera exagerada. Además, tenía alucinaciones constantes. Sufría de ver por el rabillo del ojo algo que se movía, una sombra.
Estaba sentado en la posición del loto encima de la cama. No podía acostarse porque tenía miedo de quedarse dormido. La única vez que lo intento no pudo quedarse dormido. Tenía la idea, el terror infinito y desgraciado de que una mano descarnada y envuelta en sangre saldría de bajo de su cama, se arrastraría por entre las sabanas hasta encontrar su cara y le arrancaría los ojos mientras dormía. Tenía pánico de entrar al baño, dejo de comer por eso. Experimentaba la sensación de que algo saldría del inodoro y le mutilaría el miembro de un mordisco. A todo le tenía miedo. Nunca había sido un tipo gallina, pero esto era sin lugar a dudas algo que escapaba a su juicio.
Esa noche no pudo aguantarlo más y cayó desplomado en la cama. Se quedó dormido al instante. Escucho un murmullo, un pequeño susurro entre los sueños y a vigilia. Abrió los ojos y solo encontró en la penumbra dos enormes ojos de color purpura. Los ojos bailaban y paralizaban en periodos incomprensibles, bailando una especie de danza macabra con alguna música que solo ellos podían escuchar. Un recuerdo absurdo paso por su mente en ese preciso momento. No sabía porque pero recordó la primer película de terror que vio. Dumbo. El momento en que las animas del terror aparecen y las cabezas de elefantes se juntan para bailar y cantar. Casi pega un grito de horror cuando una sonrisa blanca apareció bajo los ojos y se acercó a él.

-Si existe, Arthur.- Dijo la voz chillante como un alarido de mujer.
-¿Qué demonios eres? ¿Qué quieres de mí?
-Pues soy eso justamente. En parte. Y quiero informarte, Arthur.
-Es una maldita pesadilla. Es una mald…
-¡Cállate, imbécil!- atajó la voz, esta vez mas grave, como salida de alguna caverna subterránea.

Los ojos purpuras seguían danzando y se paralizaban en esporádicos momentos. La sonrisa se había esfumado. Arthur se imaginó que le hablaba alguna imitación perversa del gato de Cheshire. Estaba muerto de miedo pero no podía dejar de mirar aquellas dos joyas de amatista que danzaban en el aire y lo miraban con una fijeza endemoniada.

-Basta que sueñes para convencerte, Arthur- dijo la voz en un eco lejano.

Se sintió cansado, muy cansado. Sentía que los parpados pesaban como dos balas de cañón. Sus parpados cayeron y su cabeza descanso abruptamente en la almohada.

-Arthur, si existe, míralo.

Arthur no podía abrir los ojos, sentía un calor tremendo en toda su piel, como estar recostado desnudo en el asfalto de una carretera del desierto. Sentía que pronto saldrían ampollas por todo su cuerpo. Una imagen borrosa comenzó a presentarse a su mirada.
Solo arena. No había más que arena por todos lados, andanadas de arena y ventiscas calientes le rodeaban el cuerpo. Los ojos se posaron a escasos metros de el y la sonrisa apareció.

-Ven, camina conmigo.

Él lo siguió. Pero el cielo era negro, no había estrellas solo negrura y miedo. Se escuchaban gritos de dolor que podían provenir de cualquier lado. Solo gritos y un calor abrasante.

-Este es tu infierno, Arthur-. Dijo la voz nuevamente chillona.

Él no podía hablar. No tenía idea de porqué, pero las palabras no salían de su boca, era como ser una especie de bruma como aquel ser espantoso. Una cortina de arena se disipó para dar paso a una imagen sacada de la imaginación más perversa e ignominiosa.
Lo primero que sus ojos captaron fue un río negro burbujeante. Parecía hervir como un torrente de brea. Manos y piernas salían luchando de la corriente. Gritos de dolor estallaban por todos lados. Una diosa coronada estaba atada a un poste de hoguera en la rivera del río. Cuatro cadáveres de enanos deformes puestos en las cuatro direcciones del viento, adornaban el cuadro. Un hombre que al parecer se había arrastrado hasta llegar a la rivera, estaba muerto, con las dos piernas faltantes en gajos. Su cara estaba quemada y en carne viva. No habrá muerto hacia mucho. La diosa era un mujer bella que estaba decorada con oro en la piel, los ojos estaban ausentes, solo tenía dos balines de plomo en las cuencas enrojecidas y sangrantes. Solo sabía decir una cosa: “perdón”. Una palabra que repetía una y otra vez, como una plegaria.
Detrás de esa escena, había un niño crucificado en una cruz negra. Tenía espejos en lugar de ojos y de su cuello brotaba una serpiente a través de una herida. Debajo del niño, una pequeña niña negra estaba crucificada pero bocabajo, como San Pedro. De su pubis salían decenas de arañas negras mientras un cuervo blanco le picoteaba las plantas de los pies. La niña gritaba, pero se ahogaba en su propia sangre. Coágulos negros caían a los pies de la cruz invertida y se evaporaban por el calor.
Había caminantes muertos cenicientos que no decían nada. Pasaban como si el mundo hubiera acabado y no hubiera más mundo que el dolor y el olvido. La tortura acababa de empezar para ellos y el fin era solo el infinito. Mujeres con los pechos petrificados, hombres con la cabeza sujeta a sus brazos, niños con los genitales perforados por el tiempo y la sequedad.
Volteó para encontrarse con los ojos, pero ya no estaban ahí. Quiso gritar y decirles que se detuvieran. Caminaban hacia lo que en algún momento fue una pradera, un pequeña elevación de tierra, ahora seca. Ese espacio terminaba en un vacío enorme. Debajo de la cañada, solo había un lago. Un pequeño charco visto desde esa altura. Era el lago de las lágrimas, no sabía de donde lo sabía, pero lo sabía. Una enorme concentración de las lágrimas de los sufrientes. Lagrimas que jamás verían la luz o la esperanza de su propósito. Solo eran las lágrimas del desaliento y el castigo, del sinfín de su dolor y su ciclo eterno. Los cuerpos se deshacían en pedazos antes de tocar el agua salada. Un aullido estallaba cuando el cuerpo tocaba el líquido plateado.
Buitres descarnados cantaban en graznidos de júbilo al arrancar la poca carne de los cuerpos que se atoraban en la rivera del rio de brea.
Una desesperación enorme y poderosa se apodero de su consciencia. Su cuerpo lo sentía adolorido y ardoroso. Sentía que estar más tiempo allí acabaría con él. Sentía que se estaba consumiendo por la prontitud de un castigo eterno que sería suyo sin su arrepentimiento. La culpa volaba hacia el como una grulla negra con las alas podridas e infestadas de ratas. Gritaba gloriosa y soberbia, segura de llegar al corazón más duro. Se acercaba, cada vez estaba más cerca. Podía sentir el pútrido olor de sus alas y su aliento.

-No te quedes aquí…- dijo una voz a su lado.

Un cadáver caminante salido de la brea. Estaba humeante y de su garganta agujerada brotaron arañas que cayeron al piso por montones. Se subían a él, no podía ver su propio cuerpo pero sabía que las tenía encima. El aleteo de la grulla, estaba cerca, podía sentir el aire que proyectaban sus alas. El señor del tormento venia posado en su lomo, él lo sabía.
La sombra se hizo gigantesca a sus espaldas, pudo sentir la oleada nauseabunda de la presencia del ave colosal. Unos ojos como de aluminio fundido salían detrás de la cabeza de la bestia. Lo veían, lo penetraban con su seguridad y su arrogancia, lo había estado esperando.
La figura bajo del ave en un salto seguro…

Arthur despertó en su cama. Era de noche. No había luna y la luz de la calle se colaba por unas celosías. Se sintió aliviado, todo había sido un sueño. Que estúpido había sido.
Se levantó y camino hacia la luna del espejo de su habitación. Admiro su reflejo y grito de pánico.
Su rostro estaba ahí, enfrente suyo, con llagas de quemadura y los labios secos como los de un náufrago. Había estado ahí.
Saco un viejo revolver del cajón del tocador y se disparó en la sien derecha. La materia gris salió volando en dirección contraria y el muro contiguo se tiño con de sangre. Una mancha ensangrentada en forma de sonrisa.
El cuerpo cayó y la imagen del espejo sonrió. Sus ojos eran del color de la amatista.


Muchos lo dudan. Lo cierto es que siempre cargamos con él. No hay uno compartido, lo único que se comparte es la certeza de que siempre tenemos uno propio. El infierno lo cargamos en culpas y remordimientos… Si existe.

jueves, 30 de abril de 2015

Los ojos de Emma


Sucumbía a sus miradas tan pronto y tan fácilmente como la mosca se adentra a los confines de la telaraña y el miedo a la muerte. Era tan bella y exquisita como ver crecer el sol en el cielo, como saber que la lluvia refresca la tierra con su llanto de mercurio. No había nada mas hermoso y mas necesario en mi vida que Emma y su mirada de eternos resplandores. Sentir sus ojos atravesar mi vida y mis motivos eran lo mejor que podía aspirar en la vida. Sus ojos eran la maravilla de mis días, siempre lo fueron; desde aquel día negro en que la conocí.

Mi gran amigo Bernardo traía su armoniosa guitarra pintada en negro nacarado. Estábamos sentados platicando en una de las bancas de la universidad. El estudiaba Ciencias Sociales mientras que yo siempre fui un interesado por la exactitud de la naturaleza. Tenia un hambre inmensa por obtener datos fijos del mundo que nos cantaba los amaneceres y nos escupía las noches. Estudiaba medicina en el mismo campus. Aunque nos separaban grandes edificios regidos por diferentes facultades, siempre encontrábamos la manera de vernos. Era una amistad bella e incandescente como jamas llegue a tener otra en la vida. Mi confianza en el mundo y en dios se desvaneció cuando Bernardo murió a tan solo los 33 años a causa de una horrorosa y siniestra enfermedad que lo hacia engendrar sangre en sus pulmones y languidecer los alientos hasta petrificarse por el miedo y la desesperanza del dolor en el pecho. Murió al asfixiarse con su propia sangre en un amasijo asqueroso de flema y coágulos. Me odiare toda la vida por haber tenido la osadía de verlo a la cara mientras descansaba en la caja de ébano que guardaría sus restos para cuando el tiempo juzgara conveniente. Su rictus era de espanto y desesperada suplica de auxilio que nunca llego. La bella enfermera que estaba dada a sus cuidados jamas volvió a pararse cerca del pueblo de Jackson Village. No podre jamas olvidar ese rostro lleno de miedo y palidez. Sus ojos mostraban un aire de inculpación a cualquiera se atreviese a ser testigo de su desgraciada muerte. Como lo extraño.  

Bernardo fue quien entre sus múltiples talentos y dones, me presento a la maravillosa y bellísima Emma Wordlook. Estábamos ambos amigos platicando sobre pequeños elementos de la conciencia humana, el se enfrascaba en los masticados ejemplos de la introyección de las otras conciencias para con el sujeto mientras que yo argumentaba la predisposición biológica que tiene cada sujeto para ser como es, sin negar la plausible idea de una injerencia de los demás para consigo mismo. Los ánimos comenzaron a elevarse, y como mi viejo amigo siempre fue un gritón empedernido cuando alguien lo debatía, decidimos ponernos a cantar amistosamente nuestras desgracias en las venturas del amor y sus perversiones tan características. Cantamos tantas canciones que no puedo recordar ni siquiera un aproximado. Todas hablaban sobre el desempeño de dos jóvenes en los senderos de las pasiones y la brillantez del amor entre las luces de la esperanza que acababan por apagarse las llamas de la ilusión por una mala mujer. Siempre ha sido condición del hombre culpar a la mujer por todo lo bueno y lo malo que le acontece en la vida. Siempre han estado equivocados. Estaba interpretando una desatinada segunda con mi mejor amigo y la compañía esplendorosa de su guitarra negra, cuando levante la vista hacia el cielo y encontré una estrella. Estaba ella, con toda su calidez y su jovialidad, estaba ella, ella y solo ella para el mundo y para nadie. Mi mirada quedó completamente paralizada por el halo de embeleso que despedía su silueta contra el cielo, que deje de cantar y el silencio me envolvió suavemente hasta no quedar nada en el mundo mas que la belleza de esa mujer. Ella parecía estar buscando algo desde arriba. Estaba en el balcón de los pasillos que daban a los laboratorios de la facultad. Estaba ella con su vestido de lino verde aceituna y sus ojos  de jade, su piel blanca como nieve de inviernos antiguos, sus piernas largas y tersas como la piel de un pétalo de rosa. Como la amé desde la primera vez que la vi. La quería para mi. Quería que su mirada fuera mía y de ningún mortal mas. Y, como si mi deseo fuera escuchado por los señores del Olimpo, ella dio un flechazo con su mirada hacia donde mi mejor amigo y yo nos encontrábamos intentando cantar. Ella me miro y me sonrió. ¡Por dios! Ella me miro y sentí que todo el dolor del mundo se apagaba en un instante; lograba sentir como un calor intimo me llenaba el corazón y el desconsuelo del infierno era extinguido por los vapores de una tierna esperanza: el amor de sus ojos. 

Su nombre era Emma, mi viejo amigo me la presento. Ella era estudiante de letras y constantemente se topaban en alguna que otra clase de sociales. Mi amigo y ella parecían llevarse muy bien. Bernardo siempre ha tenido una habilidad innata para seducir a las mujeres y por un momento me embargo un pánico colosal al fantasear con que seria él quien podría seducirla a ella también. Sentí una punzada de odio en mi interior hacia mi amigo que se disipo en cuanto la bella joven se dirigió hacia mi y me propuso hablar de mi, quería conocerme. Bernardo me hizo una señal con el pulgar y se excuso mientras salia disparado hacia los edificios. Emma pareció entender la acción porque de manera abrupta se ruborizo mientras mi mejor amigo salia levantando polvo por entre los muros de los edificios húmedos por las lluvias de verano. Comenzamos a hablar de todo un poco. Si bien, al principio me sentía un poco torpe, ella era muy hermosa y yo solo atinaba a decir incoherencias por las que ella parecía bastante divertida. Su risa era angelical. Su risa despellejaba cualquier intento de oscuridad en donde estuviera atronando. Ella me hacia sentir como nunca antes me había sentido. Dentro de mi, gracias a su increíble dulzura, se desarrollaba un sentimiento de tremenda completud. Estaba viviendo una experiencia de completo goce y termino de mi malograda existencia. Tenia algo por lo que continuar. Tenia algo que me obstaculizaba cuestionarme porque seguía aquí. Ella era respuesta y mandato. Ella había sido todo y lo seria por siempre. Ella era lo único que el universo, apiadado de mis incontables sufrimientos en soledad, me había regalado: un embeleso en lugar de lagrimas de ceniza.

A las cuantas semanas, después de cientos de platicas y decenas de paseos por el bosque de Wilder donde gustábamos de contemplar las navajas de luz que se reflejaban en la superficie del lago Roselt, comenzamos un noviazgo. Al año decidimos formalizar nuestra relación y nos propusimos adentrarnos en las cadenas invisibles del sagrado matrimonio. Yo como todo hombre respetado en la ciencia era un clarísimo ateo, ella ferviente admiradora de dios y sus misteriosos y perturbadores propósitos, quería casarse como la ley de la iglesia lo exigía. Yo, amándola tanto como lo hacia, cedí de buena manera a entregarle algo sin importancia para mi y de gran valor para ella. Nos casamos el día 7 de mayo de 1896. Nos mudamos a una de las casas que mi padre, Lord Bender, me había dejado como único heredero de su inmensa fortuna. No habían pasado ni diez años de nuestro feliz matrimonio cuando la desgracia se posó en nuestras vidas con sus alas negras flameando y llenándonos de lagrimas y sufrimiento el alma. Mi esperanza de vida, mi adorada Emma, cayó enferma de un mal que no tenia nombre ni forma. Era un espectro multiforme y diabólico que la estaba devorando, le estaba extinguiendo la vida desde dentro de su alma pura y magnifica. Ni el medico de mi padre pudo darle nombre o siquiera un remedio posible a lo que la aquejaba. 

Mi pobre esposa, mi bella Emma estaba muriendo de la manera mas perturbadoramente lenta. Estaba pálida y sus labios se encontraban amoratados. Sufría de desmayos espontáneos. Sus piernas ya no aguantaban su propio peso. Pero sus ojos, sus ojos siempre tuvieron ese esplendor mágico que los caracterizó toda la vida que pase junto a ella. Su mirada era lo que mas me maravillaba del mundo en el que ella pisaba y soñaba junto a mi. Su forma de ver la realidad y de verme a mi me hacían tener motivos suficientes para querer sonreír y ver la vida como oportunidad mas que como preludio de la muerte. A pesar de que su condición anunciaba nuestra inexorable separación por los mundos inciertos de la tiniebla mortuoria, sus ojos seguían dándome luz y esperanza. Seguía soñando por sus ojos. 

Ella murió un Miércoles 14 de Octubre de 1905. Yo estaba dándole su medicación; un revitalizante que el medico dejo para alargar ligeramente su vida, o su sufrimiento según se quiera ver. Ella me tomó de la mano y me negó con la cabeza. Ya no quería mas medicamento. Ya sabia que no lo necesitaría por mas tiempo. Mis lagrimas comenzaron a brotar al entender sus motivos. Quería estar en sus cinco sentidos para cuando se fuera. Quería despedirse de mi como ella deseaba hacerlo. Pero yo no lo quería. Yo quería que ella mejorara, que ella se quedara conmigo. Había olvidado que existe una enorme diferencia entre querer estar con alguien, y querer que no se vaya. Lo había olvidado y ahora solo deseaba volver a estrecharle la mano y besársela, quería tomarla por su cintura de mujer y adherirla a mi cuerpo mientras bailábamos, quería nuevamente que sus ojos me dijeran te amo en la cima de nuestra almohada. Mi deseo era verla nuevamente desnuda frente a mi, sonriéndome y provocando mi locura latente por ella. Quería, mas que nada en el mundo, que no me dejara solo. No quería quedarme conmigo mismo, eso era lo mas espantoso que un hombre puede experimentar en la vida. El alma de un desgraciado nunca podrá estar sola, se recriminara en el espejo de su soledad por las eternidades que hagan falta, hasta que el castigo de su desgracia cobre vida entre la oscuridad y el odio. 

A veces, los deseos no bastan a la voluntad de dios. A veces, ser bueno solo es dejar que dios te escupa a la cara mientras se carcajea alegremente entre su coro de ángeles. Ella me acarició el rostro y me dijo que era el hombre mas maravilloso que jamas haya conocido, que estaba orgullosa de mi y de lo que había logrado conmigo. Me dijo que se sentía tremendamente triste por dejarme sabiendo todo el dolor que causaría, pero alegre porque sabia que podría afrontarlo. Cuan equivocada estaba. El dolor no puede simplemente olvidarse. El dolor se lleva como un lastre maldito allá donde la vida se despliega frente a nosotros. A veces, solo es cuestión de saber que llevamos un polizonte, que ese intruso del corazón puede ayudar a no volver a repetir las alegrías baratas que lo fecundaron. Su mano cayo exangüe sobre mi mano. Estaba helada. Mis lagrimas la mojaron por el pliegue de la muñeca limpia y delgada. Pero sus ojos me dejaron despedazado como nada en el mundo podría hacerlo jamas. No existía ni existiría en el mundo horror mas grande que ver como tu estrella pierde brillo y se vuelve cenizas. Sus ojos estaban apagados, se les había arrebatado la magia que me mantenía con vida y cordura. Su mirada tenia la vacuidad del universo y sus silencios. Eran ojos de jade, pero un jade taladrado por la burla cruel de la muerte. Su cuerpo nunca fue el de mi amada. Lo dejaría pudrirse en la oscuridad de la tierra hasta que el tiempo juzgue justo, dejaría que los gusanos dieran su festín con la carne que alguna vez fue mía y goberné con paso de amante. Dejaría que la piel se secara y abriera como pacto roto de lo que alguna vez fue mi éxtasis y el origen de la brutalidad de mi locura. 

El entierro fue privado y completamente sencillo. Unas pequeñas palabras del sacerdote y los amigos compartidos que llegue a contactar. Ni siquiera sus padres se dieron por enterados del funeral, hasta mucho tiempo después, cuando acudieron al mio.

Me disponía a dormir cuando una imagen aterradora perforó mi mente y mis sentidos. Unos ojos negros como la piedra de Onix se disponían enfrente de mi rostro. Esos ojos estaban tan cerca que me dejaban sin aliento. Parecían cuidarme en la noche que me disponía a olvidar todo mi dolor. Ellos no me dejarían olvidarlo. 

Me desperté con un sudor frío en mi espalda y el pecho. Todo había sido un sueño. Volví a quedarme dormido y nada apareció. A la mañana siguiente, la idea de los ojos seguía adentrándose en cada espacio de mi consciencia. Cada vez era mas apremiante la necesidad de verlos y la sensación de compañía perversa que me facilitaban. Aun dentro de aquel sentimiento de horror que tanto experimentaba en las noches al dormir y despertar sabiendo que los ojos estaban cerca de mi, ocultos en la oscuridad donde solo ellos podrían verme, tenia una ligera impresión de familiaridad. Pasaron las semanas y mi sueño se había extinto, ya no podía dormir ni comer, solo pensaba en los ojos negros, uno ojos que con el paso del tiempo se volvieron mas nítidos y encantadores en su perversa forma y presentación. Eran ojos de jade que me doblegaban el espíritu en horror y deseo. 

Una mañana de bruma y frío, me desperté con un sentimiento de confusión y alarma. No podía llegar al punto del misterio y saber que era lo que me acontecía en los hilos mas frágiles de mi atormentada alma. Llegó la noche y desperté en el vestíbulo de la casa, no había nadie en la mansión salvo yo. Tenia las ropas llenas de lodo y de sangre seca. Llevaba en la mano un maletín negro en el que llevaba mis instrumentos para la exploración de los especímenes disecados de la facultad. No encontraba razón para semejante escenario y decidí retirarme a mis aposentos a descansar. 

A la mañana siguiente entro un joven vecino que trabajaba en la granja de al lado y me despertó con sus gritos bajo mi ventana. Me revolví en la cama y por fin decidí dirigirme a la ventana. Cuando la abrí, el joven me indicó que tenia que bajar, que tenia algo importante que mostrarme. Su mirada se veía desesperada y su voz denotaba un miedo enorme.

Cuando me vestí y dirigí mis pasos hacia las puertas de roble que adornaban la entrada de la casa, el joven me tomó intempestivamente del brazo y me jaloneó hasta que llegamos a la tumba de mi amada Emma. La tierra estaba removida y el cajón estaba fuera y con la tapa desprendida de cuajo. El cuerpo de mi amada, por extraño que parezca apenas estaba corrompido por la naturaleza. Parecía ser que hasta el mundo de lo natural respetaba mi dolor. Pero no alguien que había osado perpetrar un acto de lo mas deleznable en este mundo: interrumpir el descanso eterno de cualquier ser sobre la tierra. El cuerpo de mi amada estaba prácticamente intacto, aun tenia las joyas que se le habían colocado y el vestido de lino con el que la conocí. Pero sus ojos fueron arrancados de sus órbitas. Sus hermosos ojos de jade fueron desprendidos con una crueldad y una perversión que ni el demonio mismo podría juzgar de juego de niños. Las cuencas estaban negras de la poca sangre coagulada que había sido derramada por los cortes. Los parpados caían débiles y sin función como pedazos de pellejo seco.

Un horror sin nombre se apodero de mi y salí corriendo y arrancándome los cabellos entre gritos y manotazos al aire. Cuando llegue a la casa me encamine de inmediato hacia la habitación principal. Abrí las puertas de madera tallada y me encontré con el armario donde guardaba algunos de los químicos que usaba para mis exámenes biológicos. Cuando abrí la gaveta, un grito se ahogo en mi garganta y las manos corrieron hasta mi rostro intentando ocultar lo perverso y corrupto que veían mis ojos. Frente a mi, se encontraba un frasco donde los ojos de mi amada Emma flotaban en formol. Los ojos habían tomado un brillo espectral dentro de los cristales del frasco, parecían inculparme por un acto espantoso y demoníaco. Pretendía conservar los ojos de mi amada, unos ojos que me habían otorgado la felicidad que nunca tuve en la vida. Quería que mi alegría descansara flotando dentro de un recipiente con formol. Cada mañana abriría la gaveta y encontraría la mirada perdida y muerta de mi bella esposa. Mis plegarias fueron sus ojos, ahora sus ojos se volvieron la evidencia de mi locura y corrupción.

Un trueno destapo el silencio del día, las nubes giraban enloquecidas por encima de la mansión. Un viento helado corrió por los pasillos de mi hogar y me acaricio perversamente el rostro. Mi amada Emma atravesaba el umbral de la puerta con las cuencas de sus ojos vacías mientras cada paso, era marcado por la muerte. Era como ver andar a una araña humana. Su paso era torpe y enrarecido, pero determinado. Cuando llego a posarse enfrente de mi, puso su mano sobre mi rostro y me susurró al oído con la voz de la muerte. 

-La luz de mis ojos, sera ahora la luz de tu dolor.

Su voz sonó fuera de este mundo, como atragantada por una laringe seca y desgastada. 

Una bandada de cuervos atravesó el enorme ventanal de la habitación con el ruido de graznidos y de vidrios estrellarse en el suelo hasta romperse en cientos de navajas de cristal. Los cuervos me rodearon por encima, volando en círculos por arriba de mi cabeza. De un momento a otro estallaron en gritos ensordecedores y bajaron alocadamente hacia mi rostro. Me picoteaban los labios y me arrancaban los ojos de cuajo y sin un atisbo de compasión. Solo se escuchaban mis gritos de dolor y de miedo, los graznidos brutales de los cuervos que peleaban por el mejor pedazo de mi. Sentía el desprendimiento de mi carne, la sensación de sueño que produce el desangramiento y la ceguera que no podía achacar al abandono de mis ojos o al aterrador muro de cuervos que me atacaban una y otra vez cantando perversamente de jubilo y de satisfacción. 

Me encontraron despellejado en mi propia habitación, tenia un charco de sangre que me abarcaba como un halo macabro de mi desgracia y mi castigo. Apenas podía respirar, y sinceramente, no sabia si quería seguir haciéndolo. Un pluma negra quedo de aviso sobre mi pecho, la misma que guardo en una caja de madera de ébano bajo la cama. Aquí me tratan bien. Se que me acompañan, sus motivos no son lo que deberían esperarse de tus guardianes, pero es lo mejor que tengo. Cientos de cuervos cuidan los ventanales, esperando el momento de mi rendición y mi nuevo castigo. Lo sé. No puedo verlos, pero se que están aquí, esperándome, son mi muerte y mi anuncio. Son el reflejo perverso de lo que fueron, para mi, los ojos de Emma. Esos ojos que todavía danzan lanzando culpas desde adentro de la gaveta. Puedo sentirlos mirándome...

domingo, 12 de abril de 2015

El cocinero


La casa estaba bastante alejada del poblado. Era la antigua granja de su padre, el viejo Samuel Trop. Siempre había creído que Jacky era un pobre fracasado que no haría de su vida mas que fracasos. No tenia ningún otro hijo. La estúpida de su mujer, como gustaba de referirse a ella, no había sido buena para darle mas varones, solo un estúpido niño introvertido y haragán. Cuando murió, hacia ya cerca de 13 años, nunca se imagino para lo que algún día serviría esa granja que siempre dijo suya, aunque la mayor parte del dinero que se utilizó para la compra de las tierras fuera de la herencia de su "estúpida mujer". Murió vomitando su propio hígado. Era un maldito alcohólico. Ningún hijo aparte de Jacky, en ese entonces un joven de 17 años con mucho sobre peso y acné repartido en cada rincón de su rostro, había llegado a su lecho de muerte, al patético funeral de una sola persona y un solo dejo de plegaria por lo que le quedaba de alma. Sus hijas le temían, y lo odiaban por hacerles temerle miedo. Todas se habían casado y huido lo mas lejos posible de él. Jacky las odiaba por haberlo dejado solo con el viejo alcohólico maldito. se limitó a enterrarlo en la orilla de la granja para nunca volver a recordarlo. 

Ahora las cosas eran diferentes para Jacky. Actualmente había perdido peso por la condición de las labores que tenia que llevar a cabo para mantener la granja a flote. Su cara se veía menos abotagada y aunque su piel blanca seguía supurando una gran cantidad de grasa que no desaparecía aun tomando dos baños al día, podría decirse que tenia un aspecto menos asqueroso que el acostumbrado en los años en que su padre aun vivía. 
Con frecuencia iba al poblado de Fremont, donde residía la mayor cantidad de tiendas disponibles para sus exigencias culinarias y, por supuesto, toda clase de herramientas y recursos para las necesidades de la granja. Podía comprar bozales, maquinas de ordeña, chupones de silicon, ojales para la montura, estructuras para la yunta y, la famosa pastura para la engorda y crecimiento de los puercos entre muchísimas cosas mas. Siempre iba con su acostumbrado overol de mezclilla y sus botas estable golpeando el empedrado del pueblo, con tan solo una playera blanca debajo y los testículos colgando debajo; así le gustaba, sentía el aire pasar por sus partes y era bastante agradable. 
La gente lo conocía bastante bien porque lo percibían como un sujeto desagradable en apariencia y solitario, pero bastante gentil. Solía ser muy callado y reservado con cuestiones personales. Las personas del pueblo muchas veces sugerían que vendiera la granja y se acercara a una choza mas cercana al pueblo, pero el se negaba con palabras sucintas que dejaban en claro que se sentía bien en donde estaba. El señor Petrell era el que sugería con bastante frecuencia después de que su enorme cuerpo de 1.85 y 110 kilos de peso, atravesaba el umbral de la puerta de su tienda, que su padre había dañado muy severamente a ese muchacho, quizá por eso es tan aislado.
El señor Petrell tenia una tienda de libros usados. El joven Jacky, desde pequeño se escapaba de casa para adquirir algún ejemplar con lo que su padre le daba al mes por su ayuda en la granja. En ocasiones no le daba ni un solo centavo, por lo que solía ir a hojearlos y saborear por medio de las yemas de sus dedos lo que era la magnifica esencia de una historia. En esas situaciones, solía prestarle el libro para que lo leyera en el tiempo libre y después se lo entregara o se lo pagara si es que seguía interesado en conservarlo. Por alguna extraña razón, le guarda cierto afecto al muchacho. La única ocasión en la que se presento en la granja para hablar con Samuel Trop sobre los abusos que manifestaba en contra de su hijo y de toda su familia, por lo que Jacky le había contado, Samuel desenfundo una Colt 45 y disparo con total soltura haciéndolo correr casi un kilómetro sin detenerse.

Jacky siempre llevada todo lo que compraba cargándolo el mismo, nunca uso la camioneta de la granja. Esa pick up le hacia recordar momentos horribles con su padre. En una ocasión, intentaba amarrar a uno de los puercos para su posterior descuartizada, pero el nudo quedo mal y el puerco se soltó para andar naufragando por todo el patio de la casa. Su padre llego de las compras y al quererse introducir en el patio en reversa para descargar las cosas, el puerco se asusto y corrió, metiéndose debajo del chasis. La fuerza de la tracción y el peso de la camioneta lo arrastraron y el mofle del vehículo le rasgo el cuello, pero el cerdo no pudo huir porque las dos patas delanteras se habían fracturado al encontrarse de lleno con las llantas traseras. El chico quedo paralizado por el miedo cuando su padre le dirigió una mirada de ira y el supo que todo había acabado para el. Su padre lo mataría, lo golpearía repetidas veces en la cabeza hasta que no quedara mas que un simple amasijo de carne con sangre y hueso pulverizado. Pero por extraordinario que parecía, eso no paso. Su padre se dirigió hacia el y lo tomo del cuello de la playera polo rojo que traía puesta. Lo tironeo hasta el cuerpo agonizante del cerdo y le dijo que mirara. El obedeció terriblemente asustado. El cuerpo del cerdo de convulsionaba, gemía y chillaba desgarradoramente mientras intentaba ponerse de pie y huir. En cuanto se intentaba levantar, las piernas se arqueaban espantosamente hacia el lado contrario que deberían doblarse y el puerco chillaba aun con mas dolor y desesperación. La herida del cuello se abría aun mas con cada intento por salir de debajo de la camioneta, y se desangraba lentamente. Los chillidos comenzaron a menguar y se transformaron en pequeños resuellos de cansancio y resignación. El puerco se quedo dormido y murió. A veces la muerte llega cuando mas se le necesita, pensó Jacky algunos años después de lo sucedido. 
Su padre creyó que con la situación del puerco le habría engendrado una lección aterradora para no incurrir nuevamente en estupideces como esa. Quizá se habría equivocado. Después del acontecimiento, su padre le dijo que ingresara en la casa, que después le ayudaría a desollar el pobre puerco. Mucha carne se quedaría inservible por el trauma del puerco, pero mucha podría servir para freírla. Jacky estaba prácticamente pasmado por lo que acababa de suceder. Aunque obedeció la orden del padre, parecía no encontrarse en esa dimensión especifica. El dolor y sufrimiento del puerco se repetían ciclicamente en cada fragmento de su mente. Una imagen tras otra. Un eco deliciosamente perturbador tras otro. Palpitaciones de emoción y horror simultaneas la pasaban por la mente y el cuerpo. Por primera vez en su vida, sentía satisfacción por algo que su padre le habría mostrado. Parecía darse cuenta lo fácil que es llevar a la vida de otro un dolor tan grande como el que la vida nos pone por defecto a cada quien; a veces, a algunos con un poco mas de énfasis y satisfacción. 
Ya no estaba asustado. Tenia un miedo terrible de que su padre lo matara. Apenas habían salido de la muerte de su madre hacia dos años. Su madre por fin había decidido enfrentarse a su padre, y este replico con un disparo seco en la cabeza. Su madre cayo al suelo con un ruido seco, mientras la sangre manaba angustiosamente lento desde el agujero negro de su cabeza. Nadie supo de la misteriosa desaparición de la señora Trop, Marie Trop. Y, aunque el comisario estaba casi seguro de lo que había pasado, después de un tiempo, era mas el miedo que le tenia a aquel granjero, que lo que en verdad valía el acto de justicia. Ella también fue enterrada en la orilla de la granja. Del otro extremo donde en algún momento seria enterrado en granjero maldito que había sido su esposo. 

Jacky caminaba tranquilamente por el sendero que llevaba a la granja Trop. Iba tres veces por semana al poblado, todo por no querer usar la camioneta. Había comprado lo que necesitaba para ese día... en especifico.
La puerta de la casa se abrió con un chirrido de bisagras, y la luz de la tarde entro como un chorro de gloria hacia el umbral del infierno. Jacky silbaba mientras un tocadiscos se escuchaba altamente. Podía escucharse Don´t Stop de los Rolling Stones. Dejo las bolsas del mandado en la mesa desvencijada del comedor y volvió la mirada a toda la habitación. La mayoría de los muebles ya estaban roídos y desgarrados por el tiempo y el uso imprudente. Jacky solía dejarse caer en cualquier silla o sofá, y se masturbaba dos o tres veces pensando en la vez que descubrió a su hermana teniendo relaciones con Bobby, su novio en turno, sobre el heno del granero. Aun podía olfatear el olor de sus sexos enmarañados entre piernas y deseos de verano. Podía imaginar como es que su cuerpo se posicionaba sobre el de Bobby hasta hacerlo desaparecer. Podía de nuevo, como todos los días, se posesionaba del cuerpo de su hermana. No había conocido mujer, pero no le hacia falta, su imaginación era mas grande que la realidad que observaba en cada amanecer. Su cuerpo se arqueaba con cada goce de su imaginario poder de seducción y éxtasis. Llegaba al momento del clímax cuando su hermana le susurraba "te amo". 
Aun podían distinguirse entre algunos de los muebles las marcas de sus encuentros tan carnales como imaginarios. No recibía visitas, la limpieza no tenia la menor importancia. Ademas, había leído en algún lugar que el sexo era lo mas normal del mundo. Si la sexualidad es el respaldo carnal del amor en los amantes, no habría razón suficiente para esconder cuanto es que el deseo crece en un cuerpo y estalla en amor de carne y satisfacción.
Se encamino hacia la puerta del sótano donde tenia preparado todo. Llevaba el pequeño encendedor de cocina que había comprado, la refacción de la válvula para el quemador que usaba para freír la carne que descuartizaba cada mes. Y, por supuesto, el repuesto de rollo para la cámara. Había probado con varias cosas, pero había soñado hacia apenas tres días, que esta prueba seria la definitiva, la que definiría su gusto mas anclado en los rincones de su alma. 
Abrió la puerta del sótano y salio un grito ensordecedor. 

-¡Déjame ir, maldito loco!

Jacky siguió silbando y bajo las escaleras con una calma abrumadora. Sus botas establo resonaban groseramente en los tablones de madera que hacían de escalones. Encendió la bombilla que colgaba del techo apolillado. Tantos años viviendo ahí y sabia donde se encontraban las cosas casi de manera milimétrica. La bombilla destello y se balanceó perversamente proyectando sombras hostiles y escurridizas por toda la habitación. 
La figura de una mujer apareció cuando las sombras fueron devoradas por la luz de la bombilla colgante. Estaba colgada de los pies, boca abajo. Estaba completamente desnuda y gritaba a voz en cuello que la dejara ir o se las vería con su marido. Parecía que lo amenazaba conque era un influyente abogado en la ciudad. Para su desgracia, no estaban en la ciudad, ni siquiera a un kilómetro de cerca de alguna alma humana que se apiadara de su desesperación y miedo.
Dejo las cosas sobre una mesa de metal que estaba a escasos dos metros de la mujer colgante. Paso junto a la chica y le dio un pellizco en el pezón y una nalgada sonora a dos tiempos. Se divertía de lo lindo con la situación. El seguía silbando. No hablaba. Lo preparaba todo. 
Después de cambiarle la válvula al quemador y de soldar la fuga a la olla industrial que había conseguido en la tienda de segunda mano de la vieja Margaret Strup, se dirigió a la chica y le dio nuevamente una nalgada sonora que le dejo enrojecido el glúteo derecho. La chica grito nuevamente.

-¡Aaaaay, maldito!

El le propino una cachetada que derramo pequeñas gotas de sangre del labio hacia el suelo que se encontraba a escasos 70 centímetros de su cara. Comenzó a llorar en silencio, con sollozos comprimidos. Empezaba a sentir un miedo paranormal. Como si supiera de repente que esto no seria un simple secuestro y violación. Aquí venia algo feo. Una ola de pánico se apodero de ella, pero una pequeña ráfaga de control le permitió el sosiego para pensar que lo mejor seria estar callada. A veces, el sentido de conservación, puede asombrarnos.
El se puso frente a su rostro y se agacho para verla a los ojos mientras ella derramaba lagrimas en silencio. Intento sostenerle la mirada pero no pudo. El estaba serio, como si la indiferencia del mundo se estableciera en su mirada y la historia del horror solo tuviera como casa su perturbada mente. Dios santo, como la asustaba. Que dejara de verla por lo que mas quisiera. Entonces, el se levanto y de manera abrupta comenzó a golpearle el vientre y presionar los pechos hasta dejarlos enrojecidos y palpitantes. Ella estaba sofocada, y no podía gritar mas. Creyó que se desmayaría de dolor y de miedo, pero el horror siempre encuentra cabida para un poco mas. Algo la penetro. Abrió los ojos y se encontró con el hombreton parado detrás suyo, con uno de sus dedos introducidos en su recto. Bombeaba rápida y dolorosamente, ella pudo gritar por fin y entonces... él sonrió. Se sentó en la silla de chatarra improvisada que había allí, y se desnudo por completo. era asquerosa la vista. Su cuerpo estaba totalmente lampiño, exceptuando las piernas y el vientre. Era un maldito cerdo enorme que meneaba su miembro ritmicamente mientras ella lloraba de dolor y de humillación. Cuando estaba a punto de terminar se levanto y eyaculo limpiamente en su cara, mientras ella daba unas arcadas terribles hasta vomitar lo poco que el le había permitido tener en el estomago. ya hacia tres días, si no es que mas. Había perdido el sentido del tiempo mientras se encontraba siempre en tinieblas bajo ese mugriento sótano, escuchando las ratas rumiar todo lo que podían. 

-Ah, ahora si nos vamos a divertir, hermosa- dijo el gordo en un suspiro de satisfacción.
-Púdrete, maldito loco asqueroso- gimió ella cerrando los ojos.
-Si eres así de grosera, tendré que castigarte- dijo el hombre sonriendo.

Él comenzó a poner todo en su lugar. Trajo una base de hierro, puso el quemador encima con laminilla que sostenía el quemador. Conectó un cilindro pequeño de gas y después puso una rejilla donde soportaría el peso de la olla. La gran olla industrial fue puesto encima y comenzó a llenarla con una manguera. Ella estaba asustada pero no entendía que pasaba. No sabia que esperaba obtener con todo eso. 

-¿Que estas haciendo?- dijo la chica serenamente-. Déjame ir, no le diré a nadie.
-Eso no me asusta... Ammm ¿como te llamas?- dijo el hombre con una radiante sonrisa-. Tonto de mi, que descortés fui al no presentarme. Mi nombre es Jacky.
-¿Que piensas hacerme?
-Lo educado es que tu te presentes ahora.
-Me llamo Susie, Susie Raynold- dijo mientras luchaba porque su voz no sonara asustada. 
-Muy bien, Susie- dijo el hombre detrás de una forzada sonrisa-. Soy alguien a quien le chiflan los experimentos. Y eso haré. No te preocupes. Yo haré todo el trabajo.
-¿Que experimento?- dijo ella ahora claramente asustada-. Yo no he decidido participar en uno.
-Me temo que no es cuestión de permiso. Esto solo se puede hacer una sola vez con cada espécimen. Después de eso quedan... quedan inservibles para el propósito. 
-¿De que hablas? pregunto alarmada-. ¿Cual es tu experimento?
-Bien pues...- dijo con una mueca de entusiasmo que le lleno el rostro-. Digamos que espero ver cuanto tarda la muerte en parecer cuando un fragmento de la vida... hierve.

La mujer no podía creer lo que acababa de decirle. En ese momento comenzó a gritar pidiendo auxilio mientras pataleaba a intentaba zafarse de sus amarres con total inutilidad. Un golpe seco acabo con los gritos y todo se volvió tinieblas. 
Cuando despertó todo estaba oscuro. Solo se sentía un calor insoportable y el sudor que manaba como un río por todo su cuerpo. Un llama refulgente era todo lo que tenia por iluminación. El ano le dolía y sentía un ardor punzante en la vulva. El maldito la había violado. Si, estaba casi segura de que así había sido. Maldito, loco y cerdo. No creía que hubiera pasado ni media hora cuando la luz volvió a iluminar el recinto con su perturbador balanceo. El hombre, no le importaba como se llamaba, que se fuera al infierno, estúpido, no le miraba de nuevo con esa mirada vacua y deshumanizada. Le asustaba mas que cuando le sonreía y la tocaba. Dirigió su mirada hacia la olla enorme en el centro de la habitación y sonrió. El agua burbujeaba espantosamente. 

-Ya es hora, preciosa.
-No, por favor. Por lo que mas quieras no lo hagas- se debatía horrorosamente en los amarres de soga. Jacky ya podía sentirse orgulloso de sus nudos.
-Sin sacrificio no hay gloria, pequeña- dijo el mientras le dirigía una instantánea sonrisa que intentaba calmar, sin lograrlo. 

Tomo un pocillo de peltre que estaba colocado en la mesa de metal y camino con el entre las manos, junto con un trapo rojo. Apago el fuego del quemador y cuando el agua dejo de burbujear, metió el pocillo y tomo agua. 
Se acerco a la chica con el pocillo con agua sujetándolo con el trapo rojo muy lentamente para no derramarlo en si mismo. Ahora di "aaah". Ella se agitaba desesperadamente para alejarse del agua caliente y, en un empellón que dio, dio en las manos de el y tumbo el pocillo. El soltó un alarido de dolor y se miro la mano enrojecida mientras subía corriendo las escaleras.
Pasaron posiblemente dos horas, cuando las botas del hombre gordo volvieron a oírse sonar en los escalones del sótano. El hombre silbaba, como si todo hubiera un simple chiste. Había logrado hacerle daño, pero por alguna razón, la calma del hombre la asustaba aun mas que la ira que podría esperar de el por lo que le había hecho. Cuando encendió la bombilla, pudo ver como su mano estaba vendada y ensangrentada. El repitió el proceso anterior con el pocillo. Pero esta vez, mientras ella se encontraba paralizada por el miedo, le lanzo el pocillo a los pechos. 
Ella aullaba de dolor y se contraía en convulsiones de sufrimiento. El ardor se metía dentro de su piel como una plaga de insectos al rojo vivo. Podía sentir como el agua había penetrado hasta la base de su piel. Sus pechos colgaban pero comenzaban a enrojecerse y las ampollas aparecían. El tomo fotos instantáneas. 
Ella estaba entumecida y sus facciones se tornaron en una mueca de horror y desesperación. El dolor de la quemadura era indescriptible. Sentía la carne viva y palpitante bajo su cuello, que también había salido quemado por el agua que escurría. El hombre permanecía sentado mientras ella sufría y esperaba a que el dolor dejara de ser tan intenso en algún momento. Pasaron 15 minutos hasta que el dolor dejo de ser tan insoportable. Quizá mas. No lo sabia con exactitud. Sonreía exageradamente. Se le quedo viendo mientras ella lloraba y sentía como su piel palpitaba de dolor. El se levanto y camino de nuevo hacia la olla con agua, había encendido de nuevo el quemador y el agua empezaba a burbujear lentamente otra vez. Hundió nuevamente el pocillo de peltre y lo acerco a ella. Humeando. Ella grito e intento zarandearse, pero el pecho se le rasgo y comenzó a manar sangre mientras regresaba el ardor insufrible de a quemadura. El hombre dejo el pocillo en la mesa de metal y camino al rededor suyo. Llevaba al cuello colgada la cámara instantánea. Tomó una foto y se la mostró a ella. Sus pechos sangraban y estaban envueltos por una capa marrón que parecía inflarse y estar a punto de desprenderse. Era una imagen terrorífica. Sus pechos. Porque le había hecho eso a su cuerpo. Lo que paso por su mente tras la fotografía fue que su esposo jamas volvería a tocarla. Nunca mas se acostaría con ella. Estaba desfigurada. 
El gordo regreso por el pocillo y cuando estaba parada detrás de ella, mientras ella cerraba los ojos ante sus cavilaciones de horror y desamparo. El hombre dijo:

-Eso fue por no cooperar- le dijo en un susurro-. Esto es por ser una maldita zorra.

Vertió el resto del pocillo entre las piernas de la mujer. El dolor fue tan grande que su grito desgarro su garganta y la voz se le transformo en una gruñido desesperado y espantoso. La piel de las piernas se hacia chiclosa y se desprendía como papel mojado. Podía sentir como el agua entraba en su intimidad y derretía todo por dentro. sus nalgas tenían ampollas que se inflaban enormemente mientras sus piernas dejaban entrever una gran mancha rosácea y sangrienta.

-Oh, Tom, ayúdame- musito mientras se desmayaba por el dolor. 

Un calor insoportable estallaba de nuevo, pero al abrir los ojos solo habia una bruma blanca que la envolvía y no la dejaba respirar.

-Es la hora, pequeña, es la hora.

La voz resonó en la habitación con un eco malvado y siniestro. Estaba aturdida y, de manera irónicamente macabra, deshidratada. Estaba sujeta a una polea y el hombre gordo la estaba levantando mientras amarraba la soga a un tablón que sostenía el techo para detenerla en el aire. Cuando empezó a caer en cuenta de lo que pasaba, el maldito loco estaba preparándose con un cuchillo de caza en la mano y la miraba expectante y emocionado. De un tirón dejo caer el cuchillo sobre la soga pero esta no se corto de golpe, tuvo que seguir cortando.

-No, por favor- Suplico la chica, estaba exhausta-. Basta. Déjame ir.

la chica callo de golpe en la enorme olla con agua hirviendo, gorgoteando. Su mente se desquebrajo por el dolor y solo atinaba a salir de allí. Donde quiera que intentara pisar estaba caliente, el calor la ahogaba mucho mas que el agua. Cada bocanada de aire era solo agua hirviendo que se desplegaba por sus poros y deshacía su garganta y sus pulmones. Su piel comenzaba a inflamarse y desprenderse como si fuera un simple cascara tan delgada como el papel. Era tan pequeña que apenas cabía en la olla. Estaba atrapada. Había sido casi hecha a su medida. Dios santo, podía experimentar la desesperante y agónica sensación del agua herviente penetrando cada uno de los poros de su piel. Perdió la visión y sus ojos empezaron a derretirse dentro del agua, su cabello se desprendía de su cabeza junto con enormes jirones de su cuero cabelludo. Brotaba la sangre que se mezclaba con el agua y la piel deshecha. La piel mas gruesa del cuerpo empezaba abrirse por la distensión. Su cuerpo se estaba derritiendo a una velocidad escalofriante. Gritaba de dolor y de miedo. Su cuerpo empezaba a dejar de responderle y ella sabia que todo estaba por terminar. Los músculos del cuerpo empezaron a asomar después de la piel convertida en un gelatina endeble y asquerosa. La grasa del cuerpo comenzó a mezclarse con todo lo demás en una fétida y sanguinolenta mezcla de poción humana enorme. Su cara se había desprendido y ahora flotaba la mitad del rostro en las burbujas del agua mientras se disipaba poco a poco por el calor. Nunca supo cuando acabo el martirio. El cronometro del hombre marco 12 minutos con 38 segundos. 

-Perfecto, esto dura lo exacto- dijo Jacky, mientras sonreía con jubilo sincero-. ¡Como el cerdo! ¡Como el cerdo! Jajajaja.

Para las diez de la noche estaba tirando al corral de los cerdos los restos de la chica, una sopa humana directo al estomago de los cerdos. Los huesos habían sido deshechos en la trituradora de madera. 
Se dirigió al granero y retiro el candado rápidamente. una mueca de ansiedad se dibujaba e su rostro. Abrió las puertas de par en par y sonrió.

-Bueno, es hora de romper records, muchachas.

Cuatro chicas estaban amarradas a los troncos que sostenían la base del segundo nivel. El turismo no era seguro en aquel lugar. Cuatro chicas no volverían a casa. Cuatro chicas solo conocerían la libertad a través de las cañerías, cuando quedaran reducidas a crema humana.

El dolor no acaba, el dolor jamas se extingue. Algunos dicen que el sufrimiento tan solo se sobre lleva. Tal vez sea como llevar una flecha atravesada en la cabeza, podrás hacer como que nada pasa, arrancarte la flecha, pero la marca te contradice, el agujero siempre te lo recuerda. El dolor sin propósito nos lleva al odio, y el odio siempre se encamina con orgullo a generar mas dolor.