Bernardo se había casado
completamente enamorado de Bianca. Desde que la conoció no hacía otra cosa que
pensar en ella. No importaban los días nublados, cuando la incandescencia del
sol arrebatara los motivos más nobles por ver al amor a los ojos y sentir su
abrazo rodeando su cintura. Le encantaba sentir el calor de su aliento infantil
chocando contra su pecho. Oírla reír le provocaba una inmensa alegría y sentía
que no existiría en el mundo una magia tan maravillosa como su mirada divertida
justo después de una ocurrencia suya.
La conoció en un centro comercial
de las calles capitalinas. El acababa de comer, había salido de un taller de
redacción donde era docente y decidió comer en la plaza poco concurrida esa
tarde de un miércoles 27 de mayo. Todo parecía congeniar místicamente para que
dos almas fueran maravillándose con la absoluta certeza de la inexistencia del
otro, hasta que un instante bastara para la determinación de un solo corazón y
prorrumpieran en un encuentro intenso y cataclísmico. Bernardo salió del
pequeño restaurant de comida rápida, mientras que ella atravesaba el andador
con prisa hacia una tienda de ropa. Él, definitivamente no pudo contener el
impulso de voltearla a ver. Cuando se dio cuenta de que era la chica más
hermosa que había visto en por lo menos dos años, decidió seguirla. Tal vez, y
solo tal vez, podría hablarle. Quería encontrar un momento en el que el
encuentro fuera casual, y no parecer un maldito acosador pervertido. La siguió
por exactamente los mismos lugares que había pisado. Parecía querer encontrar
en su vereda clonada los pasos que había dejado marcados con su olor y su
orgullo aquella chica. Entró rápidamente a la tienda de ropa y se puso a ver
algunas ofertas de manera distraída mientras parpadeaba su mirada entre promociones
y aquella chica. Ella estaba preciosa y caminaba con paso decidido hacia donde
quería y la llevaran sus ganas de andar y gobernar. Los ojos de los chicos con
sus chicas se desviaban hacia por donde ella pasaba. Ella no parecía darse
cuenta o no le importaba en lo más mínimo. De un momento a otro, se fijó en
cómo iba vestida. Era tan orgullosa y sentía un poder tan grande sobre él que
temió que jamás reuniría el valor suficiente como para acercarse y decirle un
estúpido hola. Le tenía miedo. Sí, eso estaba pasando. Por primera vez en la
vida de Bernardo Star, tenía miedo de una chica. Esa era la verdad.
Ella vestía un pantalón pesquero
de color café, muy ajustado, con una blusa de holanes color beige que parecía
acariciar su torso y sus brazos con cada embestida del viento. Llevaba sobre la
cabeza una diadema dorada muy sutil que retiraba su cabello del rostro
enmarcando su cabeza con un aro de cabellos lacios y castaños. Era hermosa. Sus
facciones parecían esculpidas en algún elemento propio del olimpo. Tenía unos
ojos color miel que debían verlo todo y fulminarlo al mismo tiempo. Una mirada
de diosa que se enreda con los poderes inocentes de una mujer que puede
alcanzar cualquier cosa con tan solo hacerte existir con una mirada suya. No
hacía ruido al caminar. Su andar era reservado pero decidido. Poseía una
cadencia tierna y seductora que solo puede atribuírseles a quienes saben a
dónde van y de dónde vienen. Llevaba unas sandalias también de un color dorado
con tiras sobre el empeine adornadas con piedrecillas amarillas. Justo cuando
la mirada de Bernardo estaba estancada en la belleza de sus pies blancos y
hechos especialmente para ser besados y adorados hasta extinguirse en
veneraciones, ella lo vio. Se había acercado demasiado en su trance por envolverla
toda con la mirada.
-¿Se te perdió algo?
-¿Qué? No, no... Yo... Este,
bueno...
-¿Te acaban de enseñar a hablar?
-No, lo siento, se hablar bien,
es que...
-Es que acaso mis pies parecen
ser más importantes que mi cara.
Él no podía apartar los ojos de
sus pies.
-Amm... Lo siento.
-Jajaja. Mira, no te apures. Ya
estoy acostumbrada.
La chica siguió caminando y lo
dejo ahí plantado como un reverendo idiota.
-¡Espera!
-Sí, dime.
-Quería saber... Quería saber si
puedo verte en otra ocasión
-¿Vernos? Pero si ni siquiera sé
quién eres. Eres un total desconocido.
-No, mira... Soy Bernardo Star.
Soy escritor. Trabajo en los cursos de redacción que quedan a tres calles de la
plaza. Te toca.
Esta vez, intentó parecer seguro
y confiado mientras cedía la palabra a la chica. Ella se le quedó viendo un
poco recelosa pero divertida. Sabía que se estaba haciendo pis en los
pantalones nada mas de verlo a los ojos. Eso le enternecía.
-Mi nombre es Bianca Arozamena.
Trabajo como secretaria en Avender, la tienda de cosméticos que está a
justamente siete manzanas de aquí. Hoy es mi día libre.
-Y parece que hoy es mi día de
suerte, también.
-¿Y cómo porque? Aún no has
logrado nada.
Ella pudo ver como el chico se
ponía de un color rojo y bajaba la mirada. Eso la enterneció aún más. Era un
tipo que intentaba a todas luces sacar algo de ella. Pero no era lo que
normalmente le tocaba con los chicos. Siempre la veían como algo que podían llevarse
a la cama y después de dejarle dinero en la mesilla de noche se iban para nunca
jamás volverlos a ver. No era eso lo que quería de un hombre, aunque estuviera
incluido en el paquete. Quería eso que tenía justo enfrente de ella. Alguien
que tuviera la suficiente vergüenza para dudar en hablarle, pero los pantalones
suficientes como para atreverse a hacerlo a pesar de su miedo. Su madre siempre
decía que el miedo siempre habla por un buen corazón, pero un hombre valiente
no es el que no tiene miedo, sino el que a pesar del miedo actúa, si bien
completamente aterrado, pero siempre hacia adelante. Él parecía un buen chico.
Pero como siempre seguía los consejos de su madre, pensó que lo más sensato era
ponerlo en aprietos. Eso, además de ser divertido, era la mejor forma de saber
qué era lo que se tenían en mente. Aunque Bianca siempre había creído que los
hombres solo tienen una cosa en mente. Aun así, lo que importa es lo que hacen
para lograrlo.
-Sí, lo sé. Lo siento. No quiero
que pienses mal. Es solo que te vi y eres muy bonita. Solo quería saber si
podíamos conocernos. Tal vez tomarnos un café algún fin de semana, o algún día
libre tuyo.
-Mmm... No lo sé.
-De verdad. Eres muy guapa. Me
gustaría conocerte.
-¿Ah sí? Y con qué intención.
-Lo sabremos cuando nos
conozcamos mejor, ¿no crees?
Tiene un punto. Buena respuesta.
-Bien. Solo porque me caíste bien
y no te pasaste mirando el escote cada que podías.
-Ja... Genial.
Pensó en preguntarle que si lo
genial era la aceptación o el escote. Pero creía que ponerlo a sudar todavía
más sería muy cruel. La verdad es que si le cayó bien. Además, de verdad era
guapo. Tenía una mirada infantil. Sus ojos eran de un color negro tinta. Sus
facciones eran toscas y varoniles, contrastaban con su mirada. Tenía los hombros
anchos, eso le encantaba. Era alto y sus manos eran grandes. Si bien no era
rubio ni de ojo azul, tenía un cuerpo bronceado y sus cabellos negros le daban
un toque interesante. Si, parecía que había tomado una buena decisión. Si le
llamaba, saldría con él.
Le entregó su número telefónico y
él lo anotó en su teléfono móvil. Se despidió de él en cuanto repitió el número
y le dio un beso en la mejilla. De esos que solo saben dar las chicas. Un beso
que te roba la calma y a la vez, te hace olvidar todos tus problemas. Es como
sentir que en ese beso va todo lo que alguna vez formó parte de tus horrores y
lo arrastra a la maravilla interna que esconde el cuerpo de cualquier mujer.
Sonrió. Como cualquier chico que se da cuenta de ese beso lo hace. Una sonrisa
tonta que las chicas saben que pones, aun cuando no volteen a verte. Saben lo
que han hecho y saben lo que pasa después de ejecutar ese acto que, aunque
maravilloso, también tiene algo de macabro. Un beso que calma, un beso que
cura. Un beso que al mismo tiempo, también aterroriza, porque cualquier mente
apasionada sabe que es un beso que penetra cualquier escudo.
Pasaron los días después de ese
encuentro. Bernardo estaba muy ansioso. No sabía si marcarle a Bianca sería una
muy buena idea, después de todo se había topado con chicas que solo cedían para
quedarle mal y hacerlo quedar como un tipo ingenuo. Estaba sentado en su sillón
de una plaza mientras disfrutaba de un vaso de whisky en las rocas. Asomaba en
su regazo un libro del magnífico Peter Straub. Estaba leyendo una primera
edición en pasta dura de Perdidos, mientras
escuchaba un disco de éxitos de AC/DC.
Hells Bells hacía aparición con su sonido estentóreo y poderoso mientras él
no podía decidirse qué hacer. A veces, muchas de las decisiones tienen que
tomarse sin pensarlo ni una sola vez. En ocasiones solo es el tiempo quien da
la respuesta. La mayoría del tiempo, y en las situaciones que vale la pena
vivir, es donde menos se aconseja pensar. A veces, solo tenemos que improvisar
para poder mostrar al mundo quien es capaz de soñar, y quien es capaz de vivir.
Tomó el teléfono digital y marcó
el número de la chica. Sonó cuatro veces y cuando estaba a punto de colgar, la
voz melodiosa de la joven retumbó en su oído y se le olvidó quién era y con qué
propósitos vivía y caminaba. Era lo más hermoso que podría escuchar en su
miserable vida, pensó.
-Si esto es una broma, vi y
molesta a tu abuela, estúpido.
-No, espera, Bianca. Soy yo,
Bernardo.
-Ah. ¿Porque tardaste tanto en
contestar? ¿Te robaron la lengua?
-Lo siento, es que no reconocí tu
voz y creí que había marcado el numero mal.
-¿Tan mal me escucho por
teléfono?
-No, se escucha aún más hermosa
que como la recuerdo, jeje
Bianca no estaba allí pero sin
lugar a dudas sabía que le había costado un tremendo esfuerzo no callarse ese
comentario. Y de alguna manera, se sintió agradecida. Era un chico tímido con
ella, pero definitivamente se sentía su determinación para con ella. De seguro
estaría ruborizado por lo que acababa de decir. Eso le gustó y decidió darle un
incentivo.
-¡Vaya! Gracias, Berna. ¿Te puedo
decir así? Eres muy lindo por ese comentario.
-Es la verdad. Y si, puedes
decirme así.
-Estaba pensando que tal vez podríamos
vernos este fin de semana. ¿Estarás libre?
-Mmm... Déjame ver. Permíteme un
segundo.
-Sí, espero.
En realidad no tenía nada que
revisar pero, le gustaba la idea de ponerlo nervioso.
-No, parece que no.
-Entonces, ¿qué dices?
-Sí, me encantaría.
-¿Te parece el sábado a las 3:00
p.m.?
-Mejor a las 4 para no quedarte
mal. Recuerda que nosotros no nos ponemos lo primero que vemos.
-Jajaja si esa fue una indirecta,
me la cobraré.
-Jajaja solo si es que te lo
permito.
-Ya veremos. Entonces te veo a las
cuatro en el café Devont de Plaza Rellerta. Creo que nos queda cerca a los dos.
-Sí, ahí te veo. Adiós
Ella colgó y de pronto se rió sin
saber exactamente por qué. Sentía una sensación de nerviosismo cómico y un
vació en el estómago. No sabía por qué la embargaba tanta ansiedad. Tal vez
solo era muestra de que esto sería algo bueno.
Mientras tanto, Bernardo estaba
brincando en la sala de su departamento. A veces el alcohol te pone ligeramente
frenético por cualquier acontecimiento. Pero este no era el caso, de verdad se
encontraba extasiado de felicidad. No sabría jamás como explicar lo hermoso del
sentimiento que una chica provoca con su aceptación, en este caso solo era una
cita, pero para él carecía de importancia. La esencia del recuerdo de su aceptación,
dejó el camino libre para la imaginación y la belleza de las palabras. Después
de más de un año, por fin quería escribir.
El sábado llegó. Bernardo
despertó cerca de las diez de la mañana. Estaba completamente desnudo. A veces,
las ganas son demasiadas y después del término uno queda tan agotado que no
alcanza la poca energía para volver a vestirse. El orgasmo siempre ha sido el
mejor somnífero para el humano. Se destapó el cuerpo y se dirigió al baño para
abrir la regadera mientras esperaba que saliera el agua caliente. Todo
efectuado con una sonrisa enorme en el rostro. Se lavó los dientes y se metió
en la regadera. El agua estaba tibia, sería suficiente. Mientras se tallaba el
cuerpo pensó en lo hermosa que se vería Bianca desnuda mientras se bañaba. La
imaginaba con su piel cremosa y húmeda, mientras el agua la recorría en
caricias de mercurio. Escuchar el ronroneo del chorro del agua mientras se
estrellaba en su cuerpo. Vislumbrar como se acariciaba y limpiaba un cuerpo
perfecto y tonificado por la maravilla de la naturaleza y la bendición de ser
mujer. Suspiró por la escena que su mente enamorada había creado y volvió a
sonreír con más empeño. El sonido de la regadera se cortó y salió de ella
desnudo. Pisó con mucho cuidado para no resbalarse en pleno baño y alcanzó su
toalla en la tapa del excusado. Se frotó el cuerpo con ella para secarse y se
encaminó de nuevo a la habitación. Acomodó sus ropas sobre la cama para cuando
terminara de acicalarse. Una camisa de lino color borgoña y un pantalón color
negro junto con zapatos bostonianos oscuros.
Salió a las dos de la tarde de su
casa nervioso pero sonriente. Llevaba una gargantilla de plata como único
accesorio. Pensaba llevarse el Rolex que se había ganado como un premio por su
cuento "El árbol del gusano" en el concurso estatal de literatura y
arte. Su perfume aún podía sentirlo en la punta de la nariz, era un aroma
fresco y varonil, de esos llamados nocturnos. Pensó en lo irónico de su uso en
el día, pero le gustaban esas fragancias, lo hacían sentirse
"varonil". Y parecía que a las chicas les gustaba. Uno maderoso le
era desagradable, sentía que nada más le faltaba el caballo y la carreta, no,
prefería esos aromas más "modernos". Estuvo un rato desperdiciando el
tiempo en un museo que quedaba a unas cuantas cuadras de la parada del camión.
Cuando se dio cuenta, faltaban cuarenta y cinco minutos para las cuatro. Sabía
que igual ella llegaría tarde, las chicas siempre hacen eso, como si quisieran
medir qué tanto está dispuesto a dar el macho para con la hembra. No importaba.
Él quería verla. Quería volver a ver sus ojos y la luz de sus cabellos, la
suavidad de su piel. Lo tenía completamente embelesado. Era su chica ideal.
Tomo el autobús de la ruta 8 y se bajó tan solo dos calles antes de llegar a la
cafetería. Pasó junto a un puesto de flores y se quedó pensando si sería buena
idea. Tal vez creyera que iba demasiado rápido. Lo mejor sería que la dejara
para después, no quería asustarla. Tal vez, si las cosas iban bien, le
compraría una de sorpresa con la complicidad del vendedor. Faltaban tan solo 7
minutos para las cuatro y entró en la cafetería. Pidió una mesa para dos a la
hostess, quien llevaba en su chaleco grabado el nombre "Devont" junto
a una taza verde y humeante justo por encima del pecho izquierdo. Ella
amablemente asintió y le dijo que lo acompañara. Le dio a elegir entre la
terraza o la zona de adentro. Aunque la tarde era fresca, decidió que lo mejor
sería en la parte de la terraza, ya que solo había dos mesas. Sería más íntimo.
Se sentó admirando su reloj. Ya eran las 4:03 pm. No tardaría.
Eran las cuatro con diecisiete
minutos cuando la bella joven, Bianca, iba entrando por la puerta y él se paró
de inmediato de una manera torpe que daba a entender que estaba loco por la
chica y que si ella hubiera dicho "rana" él hubiera saltado y dado
una pirueta circense sin más motivo que su voz cantarina; su voz de mujer. Él
sujetó su saco mientras retiraba tímidamente la silla contraria a su asiento
para que ella se sentara. Ella se le quedó viendo con fingida sorpresa y se
sentó. La cita comenzaba.
Pidieron capuchinos, los
favoritos de ambos al parecer. Los dos tenían bastantes cosas en común. A los
dos les gustaba la literatura de terror, ella decía que su favorita era el
romance, pero que nunca le hacía el feo a una buena novela negra o de terror
paranormal. Le gustaba. Decía que el miedo es lo que nos hace saber con mejor
certeza que nada, que apreciamos más la vida de lo que creemos. Gustaban de
caminar por lugares arbolados y si pudieran vivirían en el bosque. La mayoría
del tiempo se les fue en hablar de trivialidades. Él se fue soltando poco a
poco. Cuando empezó a contar algunas de sus anécdotas con amigos de la facultad
y chistes subidos de tono, sabía que lo estaba haciendo bien. Ella reía
encantadoramente y se arqueaba de risa, dejando ver un hermoso cuello de cisne.
De alguna manera, a Bernardo no le gustaba que riera. Mientras más reía, más se
enamoraba.
Ella le pidió que parara, que le
estaba doliendo el estómago y la cara de tanto reír. Unas lágrimas se estaban
formando en la parte baja del párpado de sus ojos. De verdad se estaba
divirtiendo y era por él. Se sentía el hombre más afortunado del mundo. Su risa
era por él. Después de tres capuchinos suyos y dos de ella, decidieron salir a
caminar por entre la avenida arbolada de Quevedo. Ella traía unos tacones que
aunque no eran muy altos, le volvían difícil maniobrar por entre los lugares
donde las raíces habían abierto camino a la vida de los árboles. Se les ocurrió
que lo mejor sería atravesar la avenida y sentarse en las bancas iluminadas del
camellón de Quevedo. Ya eran las 6:38 de la tarde cuando atravesaban la avenida
y el cielo comenzaba a rayarse de amarillo, anaranjado y amatista. Justo al
entrar al área del camellón con baldosas ajedrezadas de blanco y negro, ella
tropezó y él la sujetó de la cintura para que no cayera. Fue lo mejor que le
pudo haber pasado en la vida. Nunca jamás olvidaría ese momento. Él la ayudó a
ponerse de pie mientras ella le agradecía con la mirada gacha, estaba
ruborizada y él lo adivino, aunque también se ruborizado por haber estado tan
cerca de su rostro, estaba muy contento, había logrado que ella se ruborizara.
Se sentaron en una banca, él pudo
notar que aún tenía unos chapetes marcados en sus mejillas y sabía que aún no
olvidaba la cercanía pasada. Se veía magnifica chiveada. Ya era hermosa de por
sí, pero ese tono rojizo en sus mejillas la hacía verse como un ángel que no
sabe que ha caído con un hombre sencillo, con una pobre alma que no tiene más que
ofrecerle que su adoración y su amor. Ella, como un ángel inocente, solo
sonreía y le admiraba el rostro. Tal vez no quería más que eso para ella, tal
vez es justamente lo que nunca se habían detenido a ofrecerle.
Él quería hablarle pero no sabía
qué hacer, no podía dejar de ver sus ojos y repetirse una y otra vez que era
magnífica.
-Hace frío.
-Amm... si, está anocheciendo, es
por eso.
Él se acercó a ella y le tomó la
mano.
-Aun así, tienes las manos
tibias, el café surte su efecto.
-Puede ser...
Él pasó su mano por detrás de su
espalda y ella se le quedó viendo de manera recelosa.
Él se ruborizó.
Ella se carcajeó y, acto seguido,
se acurrucó en su pecho.
Él la abrazó con ambos brazos y
le agradeció a la vida por darle tanto sufrimiento en soledades. Después de
todo, la vida siempre te otorga un incentivo que te haga creer que vale la pena
seguir agonizando. El amor es lo que mejor funciona para convencerte de seguir
esperando la muerte.
Después de estar abrazados un
tiempo, mientras la noche se construía en tinieblas y las luces urbanas
cobraban vida y destellos, la chica se desperezó mientras unos chicos en
patineta pasaban frente a ellos. Algo se dijeron entre ellos y se amenazaban
con los puños. Él estaba acariciando su cuello y el lóbulo de su oreja. Su piel
era tersa y frágil como la estela que deja un cometa al caer en nuestro adorado
planeta. Ella se levantó con la mirada amodorrada y el cabello ligeramente
desacomodado.
-¿Y bien?
Bernardo se quedó pasmado. No
entendía qué era lo que quería decirle con esa pregunta. Ella, al ver su cara
de espanto y estupefacción, se limitó a estallar en carcajadas.
-¿De qué te ríes?
- De tu cara, jaja.
-Este... es que no entendí tu
pregunta.
-Sí, eso ya lo veo.
-Aja...
-Me gustas.
Él no acababa de procesar la idea
cuando un beso le reventó la vida.
Fue un beso sin cuidado ni
cortesía. Un beso que permite saborear la esencia de lo que acontece sin
certeza de haber sido pensado y siquiera contemplado en la existencia de lo
posible. Fue una experiencia que desbordó las sensaciones y los sentidos de su
cuerpo al más puro estilo de lo imposible y maravilloso.
Pero todo termina, a veces, como empieza: en un instante. Ella se despegó
como si nada hubiera pasado. Él estaba tan deseoso de que siguiera, de que
nunca acabara ese momento, de que se extendiera hasta los confines de la
eternidad y la gloria, pero no, la vida no es tan benevolente. Ella sonrió
tiernamente y se levantó. Se excusó diciendo que tenía unos compromisos que
atender y que debía irse temprano. Él quiso decirle que no se fuera, que se
quedara, que no lo dejara tan enamorado como en ese instante, que le diera otro
beso; pero no lo hizo.
Él también se levantó y caminaron
juntos por las calles iluminadas de la ciudad hasta y él le dijo que conocía un
atajo. La llevó dando vueltas por diferentes calles hasta que sintió que ella
no sabía dónde estaba, todo con la idea de quedarse más rato con ella.
Platicaron de muchas más cosas, pero nunca se tocó el tema del beso, fue como
un pacto tácito de silencio. A veces el silencio nos dice más verdades que un
arsenal de palabras que lo único que hacen es revolver y martirizar un hecho.
Ella paró en seco y le sostuvo una mirada poderosa.
-Esto es una trampa. No creas que
no me doy cuenta, eh.
Él se ruborizó y asintió con la
mirada gacha.
-Discúlpame, solo quería pasar
más tiempo contigo. Sé que suena trillado pero me gusta platicar contigo. Me
haces sentir bien.
-Eres un chico muy lindo. Pero de
verdad tengo que irme.
Ella le rozó con la palma de la mano
la mejilla. Fue una caricia sutil pero todo lo que Bernardo necesitaba. Es el
tacto de una mujer el que te dice como en un arrullo galáctico que todo estará
bien, que no habrá nada por lo que preocuparse. Ellas siempre lo saben. Ellas
saben que el hombre es más frágil de lo que aparenta y que necesita de ese
gesto de ternura para resurgir de entre los miedos y la desesperación.
-Está bien. Así será. Pero, ¿nos
veremos otra vez?
-Mmm... sí, creo que sí. Me
divertí mucho contigo, eres muy lindo.
-Genial. Espero que nos veamos
pronto.
-Sí, yo también lo espero.
Él no esperaba hacer lo que hizo
a continuación. Fue como sentir que una fuerza extraña e instintiva se
apoderaba de él y quería salir a flote en todo su esplendor. La tomó por la
cintura y le dio un beso. Enseguida se quitó y ella lo vio sorprendida. El
estaba completamente asustado. Pensaba que ya lo había echado a perder todo,
que ella se asustaría y jamás volvería a verla. Pero ella sonrió. Solamente
sonrió.
-No vuelvas a hacer eso. Aquí la que
da los besos soy yo.
-Amm... sí, lo siento, yo no
quería, no sé qué paso. Yo...
Ella le puso un dedo en los
labios y le besó la mejilla. Esta vez fue más prolongado y húmedo. Sintió el
jugo de su ternura y de su arrojo imprimirse en su piel como la huella de un
gigante en terreno fértil. Allí se sembraba una posibilidad y él recogería el
encanto. Ella se fue caminando y corrió al ver dar la vuelta en la esquina
opuesta a su transporte.
El regreso a la casa y se recostó
en su cama. Estaba completamente obnubilado por el día. Se sentía que nada en
el mundo podía destruir lo que sentía. Podrían pasar males torrenciales pero
nada le arrebataría de su corazón la sensación maravillosa y sublime que ahora
lo llenaba en todas las dimensiones humanas. El contenía dentro de su corazón
un almíbar puro y fantástico que solo es producido por la certeza de que lo
bueno existe, y es indomable, tanto como lo perverso.
Pasaron dos semanas sin que
pudiera sacarse la imagen de ella al caminar de su cabeza, ni la bonita sensación
de su cintura del brazo, o la ensoñadora presencia de su beso en cada momento
en que podía cerrar los ojos y apoderarse de su propia piel. Había escrito 17
poemas en esas dos semanas solo pensando en el encanto y la fragancia de
Bianca. Cada palabra y cada ritmo poderoso de la poesía era destinado a la
forma de su caminar, a la brillantez de su sonrisa y la ternura de su mirada, a
la insensatez de sus comentarios y la calidez de sus besos y la suavidad de su
piel como río de plata y de sueños. Llevó a sus cursos todos los poemas,
excepto uno. Ese lo reservaba para ella. Esperaba que le gustara.
Llamó esa noche y le dijo que si
estaba disponible para el siguiente fin de semana.
-Vaya, ya creía que jamás me
hablarías.
-Lo siento, estuve con mucho
trabajo y no quería quedarte mal.
-Mmm... ¿Qué te diré?
-Dime que sí. Sí, eso, dime que
sí.
-Jajaja, pues solo porque me
hiciste reír.
-Genial. ¿Te veo igual?
-No, me llevaré otra ropa.
-Chistosita.
-No, mejor en la banca donde
estuvimos la otra vez.
-¿Y eso? ¿Para qué?
-Nada más. ¿Tienes problema con
eso?
-No. Está bien. Ahí te veo igual
a las cuatro.
-Perfecto. Bye.
Colgó pero se sentía algo
extrañado, no sabía qué significaba aquello.
Ella por otro lado quería saber
si era capaz de recordar un detalle como ese. Un pequeño capricho femenino,
pero muy gratificante ponerlo a prueba.
El sábado siguiente se quedaron
de ver y esta vez él sí había comprado la rosa. Era una rosa roja muy hermosa,
con un matiz escarlata que daba la impresión de declarar el amor en sí misma.
Estaba rodeada de papel morado y con un listón verde. Tenía unos ramilletes de
hierba para verse más detallada, pero la verdad es que lo hermoso radicaba en
el detalle y la flor misma. Él mismo la eligió.
Ella iba ataviada con un vestido
blanco liso que daba la impresión de ser una pequeña alma en pena que decidió
verse adoptada por la piel de una diosa griega. Tenía un escote atrevido que
dejaba ver uno de sus encantos más devastadores para el corazón de los hombres.
Estaba aún más bella que la anterior vez. Tenía poco maquillaje y su cabello
estaba suelto en pequeñas ondas que le caían por los hombros y la espalda
descubierta. Estaba tan hermosa que no supo hacer nada sino verla por un rato
que pasó de ser admiración a pura estupidez.
Ella sonrió. Se sintió tan
hermosa con solo verle su cara. Y se acercó debido a que él estaba pasmado a
medio camellón.
-Estás hermosa.
-Gracias.
-Ammm... si, la banca, la banca.
-Si jaja
-Es por allá, es aquella.
-¿Cómo lo sabes?
-Aquí se ha quedado tu aroma.
-Cuál es mi aroma.
-Jazmín y rosas.
-Vaya, adivinaste.
-Claro que sí. Un olor como el
tuyo no puede olvidarse nunca. Entre otras cosas que pasaron ese día.
-Jaja eres muy galante ahora, eh.
-Solo digamos que no puedo aguantarme
la verdad.
-Sí, así parece.
-Tengo algo para ti.
-¿En serio?
-Sí. Pero te lo daré hasta más
tarde. Mientras puedes tener esto.
Bernardo descubrió la rosa que
llevaba escondida en la espalda y se la dio.
-¡Bernardo! es muy bonita,
gracias.
Bernardo solo supo sonreír y
ruborizarse. Ella le dio un beso en la mejilla y otro en los labios.
-Este es por acordarte de la
banca y por lo que me dijiste.
-¿Y el segundo?
-Por la rosa.
-Comprare rosas más seguido.
-Jajaja no te hagas tantas
ilusiones. Beso cuando quiero, ya lo sabes.
-Sí, no lo olvido.
Se sentaron en la banca y
platicaron por horas. Ella se reía y lo tomaba del brazo. Se acurrucaba en su
hombro y luego le daba besos pequeños y ligeros en el cuello o las mejillas. Él
la tomaba de las manos y se las besaba, y cada que se le ocurría le decía que
era la mujer más hermosa que jamás haya encontrado. Que quería estar con ella.
Que le diera una oportunidad. Ella solo respondía cambiando de tema.
Aun así, él la paró en medio de
un discurso femenino sin fin sobre su día y le tendió una hoja de papel
entintada con café. Ella la tomó y cuando leyó su contenido se abrazó al cuello
de él y casi lo asfixia. Estaba llorando, pero sin lugar a dudas, la semilla
fue implantada... ella también estaba enamorada. Le dijo que se la leyera:
Confieso
a los valles, los mares y el viento flagrante,
que
quererte fue una centella moribunda en pos de la alegría,
que
la grandiosidad de nuestro encuentro fue tan solo por mirarte,
no
anhelaba tanto en tan poco tiempo; ni momentos, ni silencios, ni sonrisas.
Estaba
plagado de miedos, desesperanzas y traiciones continuas;
apenas
salía del dolor, cuando la punzada de la ausencia me visitaba inclemente.
sabanas
rodeaban la falta del cuerpo tuyo, ajeno, magnífico, fantástico y ausente;
pero
ahí estabas, bañada en plata y a la espera de la mortalidad de mi visita.
Te confieso hoy y siempre,
rodeándome del encanto mortuorio de la luna,
enclaustrado
en la bata negra de la noche y embelesado en tu piel de cera y tus ojos de
guerrera;
te
confieso que no seré tuyo, no seré de nadie, no seré jamás de lo que se adueña
en tus afectos;
porque fui, soy y seré siempre tú,
vivo en ti y para ti, para ser y destruir, crear mi desgracia y tu fortuna.
Hago
un pacto silente con la inocencia de nuestros espíritus llameantes,
con
la vaguedad de los besos que se disparan en la cotidianidad de las miradas.
Te
hago un pacto de amor desconsiderado y sin propósito alguno que no sea el de
entregarme.
Porque
me entrego sin la censura del miedo, sin el devenir constante de las angustias
y el pero;
y
me entrego sin la conmoción de los terrores que provoca lo repetido y cíclico
de los encuentros envejecidos.
Me
entrego como nadie y como nada, como algo que fui y que sin ti se apaga,
no
porque no tenga mi propia luz, sino porque, ¿Que hay más grande que entregarse
a los brazos del sol?
Se hizo tarde y esta vez se
fueron directo a la parada del transporte. Ella volteó hacia él a mitad del
camino y lo besó. Esta vez, el beso fue más prolongado e intenso. Ambos
sintieron como una chispa crecía entre los dos. La chispa iluminaba sus
esperanzas y sus ganas de seguir aquí. Esa pequeña chispa parecía encender los
deseos de permitirse seguir con vida, seguir gozando del dolor de la vida y de
la gloria del deseo y del amor. Era una chispa tan insistente que no podían
dejar que pasara el tiempo. El tiempo no existía, se había transportado al
silencio y a la nada. La realidad enflaquecía y vibraba entre los labios de
aquellas dos almas que palpitaban desenfrenadas por discurrir juntas a un lugar
donde la única certeza fuera el amor de sus miradas entreveradas con sus
propios sueños de plenitud.
-Yo también quiero estar contigo.
Él se quedó paralizado por la
sorpresa. Había pensado que era de las chicas que tienen miedo del amor a
última hora, pero no era así. Era la mujer que quería para él y ella lo había
aceptado en su vida tan intensamente como él en la suya. Él despertó y la levantó
por la alegría. Ella no dejaba de gritar de contento, miedo y sorpresa. La bajó
y la tomó por la cintura mientras le robaba un beso. El autobús pasaba junto a
ellos mientras ella le decía que parara con diversión.
-Mi camión, bobo.
-Se pasó
-No, cual se pasó. Lo alcanzaré.
Te veo luego.
Se despidieron mientras corría
hacia el transporte.
Después de decenas de salidas
juntos, de besos, de abrazos, de sueños compartidos, de algunas disputas y de
algún que otro llanto chantajista, de algunos olvidos de fechas y por supuesto,
del primer encuentro con la piel y el deseo, el cual discurrió siete noches
después del primer beso, fue un encuentro con la ambrosía del cuerpo y las
ganas de fusionar las almas por la agitación y el amor; ella estaba magnífica
con su piel nacarada sobre la cama, él la admiraba mientras se desvestía y le
susurraba, una vez en la cama, cuánto la amaba; fue una lucha a muerte con el
deseo y la situación del arrojó a la sensualidad y el vacío de la angustia por
el devoramiento mutuo; ella salpicaba la habitación de un vapor etéreo y él
rodeaba su aliento con la luz de la mortalidad y la premura; recorría su piel
en cada pliegue y en cada hueco, su cuello, sus hombros, la silueta mortecina
de su espalda a través de los reflejos urbanos de las luces, sus nalgas
redondas y suaves, sus piernas como dos guardianes de la verdad y la locura, y
sus pies, sólidos combatientes de los caminos que ella debió transcurrir para
pasar por enfrente del ser mortal que más la había venerado desde que sus ojos
efectuaron el pecado de su vista y apreciación como elemento caído del cielo;
esos eran ellos amándose y gritando en suspiros lo mucho que les importaba un
carajo el mundo; después de todo esto y de tantas ganas de haberlo adelantado,
se comprometieron.
Por eso es que ahora, al pie de
la cama, 15 años después, Bernardo recordaba todo esto con una sonrisa de
tristeza en el rostro. Bianca le tomaba la mano y le decía que a veces las
cosas no terminan bien justamente porque en algún momento lo fueron. Su mano
estaba huesuda y tenía manchas cafés a lo largo de los dedos y los antebrazos.
Su cara estaba surcada por una mancha roja en forma de relámpago que le partía
la cara manchada de pecas y paño. Su pecho estaba vendado por las fracturas de
costilla que le habían provocado al resucitarla en anteriores ocasiones. Ya no
quedaba más que un despojo de lo que fue. Pero el amor que sentía Bernardo por
ella seguía siendo la estrella que más brillaba en cualquiera de los espacios
conocidos.
El médico amigo de la familia,
había dicho que se debía a una patología linfática. Sus defensas estaban
deshechas y cualquier cosa podría matarla en cualquier momento. Bernardo
estalló en una ira desesperada y corrió al médico a patadas de la casa. El
pobre galeno solo movió la cabeza en señal de negación y se arrellanó en el
asiento de su Volkswagen para regresar a casa. Ya era tarde. No solo para él.
Bernardo vio cómo su esposa
sufría y como la vida iba soltando los dedos débiles y cansados del abismo. La
vida de Bianca parecía estar colgando con un peso muerto. No podía más. La vida
no solo de Bianca si no de Bernardo también, se iba extinguiendo como la hierba
y los animales después de un cataclismo colosal.
La mano de Bianca temblaba en las
manos que la rodeaban como un cofre que protege el tesoro y el secreto de la
existencia para un solo hombre: Bernardo.
La mano dejó de temblar y el
titilar de la vida que por tanto tiempo estuvo en el cuerpo cansado de la mujer
más adorada en la faz de la tierra, se apagó. El cuerpo de Bianca estalló en una convulsión para desvanecerse en cenizas.
No hubo respuesta de Bernardo. Se
limitó a seguir los trámites de la funeraria, sin saber que harían con un cuerpo que solo estaba en el recuerdo de su carne y en el sabor de sus labios, en los dedos que lo recorrieron y el aliento que tantas veces le robo; quería dejar descansar por siempre un
alma buena y bondadosa. Solo se lamentó de que el supuesto dios no permitiera
que el amor de dos corazones floreciera en muñecos de carne que pudieran amar
tanto como ellos mismos. Ella no pudo ver jamás una sonrisa y un amor que no
fuera el de su esposo.
Ordenó a toda la servidumbre que
limpiaran la casa, ya no había agonía que perpetuarse en el hogar. La muerte
entró y salió con un bulto trenzado entre sus alas negras. Él entró en esa
casa, herencia de su familia, con un amor que doblegaba las luces del cielo,
ahora salía al cementerio cargando un dolor que sobrepasaba los sueños del
infierno y un féretro vacío, tan solo con una ilusión muerta y con unas titánicas ganas de convertirse en polvo para dejar de sufrir.
Y por fin se lo preguntó: ¿Qué tanto conviene dejar de esperar a la muerte?
Y por fin se lo preguntó: ¿Qué tanto conviene dejar de esperar a la muerte?