Había sido fácil, eso creía. Caminaba por
las calles de Berlansca hasta dar con el número de la casa. Por fin lo había
encontrado después de una caminata de hora y media. El 654 de Bendel. Había
transitado por avenidas atestadas de mendigos, de limosneros y de mujeres con
la moral más desvaída que podría encontrarse. Había latas de refresco y cerveza
aplastadas en cada esquina o entre las coladeras. Era una peste las calles de
aquella ciudad.
Al llegar a los suburbios, 7 manzanas
antes de la calle Bendel y el numero destinado, pudo encontrarse con un
panorama bastante diferente ante sus ojos. Las calles estaban bordeadas por
arbustos y árboles de distintas clases: Abedules, olmos, robles en los centros
de parques y de camellones extensos, manzanos y tabachines. La noche les daba
un toque fantasmal a las ramas y los movimientos siniestramente maravillosos
del viento, dotaban de magia la caminata nocturna de cualquier transeúnte. Un
búho, centinela de la noche, ululaba tétricamente mientras una ráfaga
arrastraba las hojas caídas en un remolino grisáceo. Una sombra se agazapaba
entre un abedul y los arbustos que formaban un parapeto oscuro y frondoso. Las
luces de las casas comenzaban a apagarse con los clásicos oscurecimientos
repentinos de cada habitación. La sombra avanzaba por entre los arbustos y los árboles,
con una capucha negra y pantalones flexibles. Solo los ojos de un tremendo
color azul zafiro asomaban por entre las comisuras del pasamontañas. Había en
sus ojos una mirada fría y serena. Una mirada propia de quien sabe que los
horrores del mundo se construyen en la cabeza de quien más los teme. "No
hay infierno", se decía. No hay nada más que lo que podemos ver ante
nuestros ojos abotagados por el miedo, la indiferencia y el odio.
Asomo su cabeza y retiró la capucha al
encontrarse con el cielo negro. Sus ojos despuntaron su rostro como dos joyas
tan frías como preciosas. Dos joyas azules que refulgían con la plata de la
luna. La noche estaba plagada de pequeños signos de luz a miles y miles de
millones de años luz de donde él se encontraba parado, admirando la existencia
de todo. Sus cabellos eran de un color negro azabache y se cerraban con una
barba negra y china que le rodeaba la mandíbula y la mitad de las mejillas. Dos
cejas poblabas se fruncían y daban fe de que recordaba su trabajo. Las nubes
algodonadas que envolvían la magnificencia de la luna como una bufanda colosal,
quedaron justo en el olvido de la sombra. Siete manzanas más y eso ya no
importó. Encontró la casa. Las luces estaban apagadas. Jamás volvieron a
encenderse por las mismas manos.
La sombra se adentró en los jardines
decorados con malvas, rosas blancas y rosas, violetas y tulipanes. Algunas
plantas medicinales se abrían paso entre el jardín. Había un huele de noche junto a la ventana. Ese olor parecía
agradarle a la sombra, hasta sintió pena por segar una vida que oliera tan
bien. Una peña laminilla de acero fue introducida por el espacio de cierre de
la ventana de madera con cristales en mosaico hasta que el cerrojo de aluminio cedió
y pudo abrirse lentamente la ventana. Si la casa tenía alarma, seguramente
tendría que correr como loco poseso, pero no fue así. Para tener un fin
perverso, la suerte lo abrazaba con total serenidad. Era una noche preciosa,
estaba fresca pero sin hacer frío y podría asesinar como hacía tiempo no lo hacía.
El pago por los servicios a "la fábrica”, solo era un modo de obtener
dinero con lo que más satisfacción le producía: el dolor y la muerte. Entró en
la cocina de manera ágilmente felina. Una sombra negra de cuerpo entero se
fusionaba con otra de igual tamaño impresa en el suelo por la luz de la luna.
La sombra camino hacia la escalera. Una construcción de madera de cerezo
labrada con pegasos y grifos en las bases de cada escalón. Subió la escalera y
se introdujo silenciosamente en los cuartos. Primero los padres, los niños ya
no sabrían que hacer sin la orden de sus protectores. Los niños siempre son más
fáciles. Los niños siempre deleitaban sus gustos porque nada es comparable con
la satisfacción de ver el miedo y el dolor en el rostro de una pequeña niña que
no entiende que es lo que pasa y porque papá no viene a ayudarla, no entiende
nada hasta que sus ojos pierden el brillo y el último aliento no es más que el
suspiro de la extinción.
La sombra se acercó al bulto más grande,
presumiblemente el padre. La mayor amenaza. Sacó un pequeño destello de
mercurio de entre los bolsillos del pantalón y lo clavo sin vacilaciones en el
cuello del hombre. La victima del cruento suceso abrió los ojos y aferro la
mano de la sombra sin atreverse moverse por el espanto y el dolor. Se ahogaba.
La sangre manaba como un torrente escarlata por su cuello y su pecho. La sombra
siguió presionando hasta que sintió el filo de la cuchilla encallar en el hueso
de la vértebra blanca y mortuoria. El hombre se convulsiono en cuatro espasmos
de muerte, su garganta hacia un ruido asqueroso y desesperado. El hombre murió.
La mujer se había despertado por los movimientos desesperados de la pareja.
Cuando percibió al espectro negro parado junto a su marido, abrió los ojos de
manera colosal y sus retinas se anegaron de la última imagen que vería. La
cuchilla cayó abruptamente sobre su rostro. Atravesó la piel de la mejilla y
perforo un ojo. La mujer grito. La sombra no podía permitirse errores, no
ahora. El cuchilla soltó un destello dejado en el viento por la luz de la luna
que atravesaba el ventanal de la habitación y un sonido gutural amortiguado
lleno la habitación. La mujer se ahogaba. El mismo procedimiento, solo que esta
vez lo disfruto con paciencia y solemnidad. Poso sus manos al rededor del
cuello de la mujer. Mechones castaños cubrían la subida de su cuello, mechones
ensangrentados, tocados por la vida que se diluía por entre su cuello y sus
ojos.
La sombra abrió la herida. Hurgo entre el
pedazo de piel, un corte limpio. Desgarrado, pero limpio y hermosa en su
perversa manera. La sangre comenzaba a coagularse entre los tendones y la piel.
Sintió un deseo irrefrenable de arrancar la piel. Lo hizo. Tomo entre los dedos
un pedazo de pellejo colgante y jalo con fuerza. La piel se rompió a mitad de
la cara, donde el ojo ya no estaba y un jirón de mejilla se secaba entre la luz
de noche. Así la dejo. Medio rostro de la mujer castaña ahora revelaba una
sonrisa blanca y manchada de rojo. Un colgajo de carne caía por el lado
izquierdo del rostro, un rostro despedazado, ya no era el rostro de alguien
muerto, solo un amasijo ensangrentado sin cara.
Caminó catorce pasos hasta el otro extremo
del pasillo. Había una sola puerta. Estaba emparejada. La abrió con cuidado y
dos camas individuales estaban situadas en el centro del cuarto. Un niño y una
niña dormían apaciblemente sin sospechar que en la habitación de al lado ya no
estaban sus padres, solo dos pequeños restos de carne muerta. Ya no los
abrazarían por la mañana. Ellos tampoco se darían cuenta de eso. No
despertarían para ver el sol y tampoco para ver la negrura de la sangre por
toda la habitación de sus protectores. Ellos fueron fáciles. Dos puñaladas en
el corazón a cada uno. Despertaron, abrieron los ojos, y simplemente el terror
les inundo los ojos. Vieron a la muerte rubia pegada a su rostro y se
desvanecieron como pequeñas estelas de humo en la brisa del campo. Cuando sus
alientos no fueron más que recuerdos, tomo sus ojos. Insertó la navaja en sus
cuencas y los hizo brotar. Se dirigió al baño y estrelló el espejo. Tomó dos
pequeños fragmentos y después de darles forma con la navaja, los introdujo en
los ojos de cada uno de los cadáveres. Cada que uno se atreviera a ver el
rostro de los cuerpos no miraría más que su imagen en los ojos de un despojo
coagulado.
Salió de la habitación y entró nuevamente
en el baño de la planta alta. Estaba a solo siete pasos del cuarto de los
niños. Se sentó en el inodoro y orinó con la puerta abierta. Sí, eso siempre es
agradable. Se dio cuenta de que su miembro seguía ensangrentado por su bizarra
ocurrencia anterior. Bizarra pero satisfactoria, sí señor. Se metió en la tina
y dejó que el agua corriera. El agua comenzó a ascender y sintió como le rozaba
la piel de las nalgas y de los testículos. Era una sensación agradable. El agua
estaba tibia y empezó a calentarse de a poco. Cuando llego a dos terceras
partes de la capacidad de la tina de estilo victoriano, cerró la llave. El agua
tenía un tono marrón por la sangre seca de sus genitales, pero se sumergió
ligeramente hasta sentir que el agua cubría cada poro de su cuerpo. Estar
sumergido en agua tibia era como regresar al útero por unos instantes. Era
maravilloso. El no creía en el paraíso, pero sin lugar a dudas, sabía que no había
mejor alusión para cuando las experiencias de la vida y los pequeños deleites
de la cotidianidad, como este, podían hacerte explorar el goce de la piel.
Estuvo cerca de media hora sumergiéndose y saliendo del agua. Finalmente,
decidió que sería hora de marcharse. Se levantó y se dirigió al cuarto de los
padres asesinados.
No podía creerlo, cuanto desorden. Debería
de poner más cuidado la siguiente vez. Eso era algo que siempre se repetía, por
dios, siempre se dejaba llevar por la emoción del momento. En fin, tomó las
ropas amontonadas en el suelo junto al cuerpo sin rostro de la mujer y se
encaminó a la planta de abajo. Se detuvo justo en el umbral de la puerta. Los
cabellos de la nuca se le erizaron por completo. Era absurdo. Sentía una
presencia. Una brisa como sacada de algún suspiro de aburrimiento le acaricio
la mejilla y susurro su nombre.
Arthur…
Sus ojos de zafiro rodearon la habitación.
No había nada.
Debió ser el viento, no cabía otra explicación.
Pero no era así. Se quedó paralizado donde
estaba cuando el cuerpo de la mujer sin rostro se levantó del suelo. Su torso
se erigía como un viejo puente levadizo. Su cabeza giro hacia él y movió la
quijada en un intento de sonrisa afable. De ese movimiento último surgió un
sonido viscoso por la sangre seca que rodeaba la cara y el rostro despellejado
de la mujer.
-Si existe- dijo el cadáver, y cayó
fulminado.
Arthur, ahora dotado de su mortalidad y de
su miedo, bajo corriendo las escaleras. El pulso se había alocado como un murciélago
con su radar perdido. El corazón aleteaba en el pecho con alas membranosas y
polvorientas, chillaba de horror. Llegó al vestíbulo y se dirigió a la ventana
por la que había entrado y salió pitando.
No se dio cuenta de que una sombra pasaba
de habitación en habitación. Una sonrisa blanca como la nieve se dibujó en el
aire, seguida de uno ojos purpuras. El rostro sin carne seguía la obra de
Arthur por cada habitación. Había sangre y dolor. Lo aprobaba.
Una risa exploto por los rincones de la
casa.
Habían pasado cuatro días. Arthur no podía
dormir. Sentía un horror innenarrable con tan solo parpadear. Podría
enfrentarse al peor de los asesinos, a perros rabiosos o tiburones hambrientos.
Pero esto era diferente. Como podía enfrentar algo que no podía matar, como
saber qué hacer ante algo que habla y ríe si ya está muerto. Se mantenía a
flote con el último pago de su anterior trabajo: un hombre que no pago las
apuestas que debía. Tenía la barba crecida, ojeras correspondientes a su terror
y falta de sueño, la tez amarillenta y ceniza, le temblaban las manos y
cualquier ruido por pequeño que fuera lo exaltaba de manera exagerada. Además, tenía
alucinaciones constantes. Sufría de ver por el rabillo del ojo algo que se movía,
una sombra.
Estaba sentado en la posición del loto
encima de la cama. No podía acostarse porque tenía miedo de quedarse dormido.
La única vez que lo intento no pudo quedarse dormido. Tenía la idea, el terror
infinito y desgraciado de que una mano descarnada y envuelta en sangre saldría de
bajo de su cama, se arrastraría por entre las sabanas hasta encontrar su cara y
le arrancaría los ojos mientras dormía. Tenía pánico de entrar al baño, dejo de
comer por eso. Experimentaba la sensación de que algo saldría del inodoro y le mutilaría
el miembro de un mordisco. A todo le tenía miedo. Nunca había sido un tipo
gallina, pero esto era sin lugar a dudas algo que escapaba a su juicio.
Esa noche no pudo aguantarlo más y cayó
desplomado en la cama. Se quedó dormido al instante. Escucho un murmullo, un
pequeño susurro entre los sueños y a vigilia. Abrió los ojos y solo encontró en
la penumbra dos enormes ojos de color purpura. Los ojos bailaban y paralizaban
en periodos incomprensibles, bailando una especie de danza macabra con alguna música
que solo ellos podían escuchar. Un recuerdo absurdo paso por su mente en ese
preciso momento. No sabía porque pero recordó la primer película de terror que
vio. Dumbo. El momento en que las animas del terror aparecen y las cabezas de
elefantes se juntan para bailar y cantar. Casi pega un grito de horror cuando
una sonrisa blanca apareció bajo los ojos y se acercó a él.
-Si existe, Arthur.- Dijo la voz chillante
como un alarido de mujer.
-¿Qué demonios eres? ¿Qué quieres de mí?
-Pues soy eso justamente. En parte. Y
quiero informarte, Arthur.
-Es una maldita pesadilla. Es una mald…
-¡Cállate, imbécil!- atajó la voz, esta
vez mas grave, como salida de alguna caverna subterránea.
Los ojos purpuras seguían danzando y se
paralizaban en esporádicos momentos. La sonrisa se había esfumado. Arthur se imaginó
que le hablaba alguna imitación perversa del gato de Cheshire. Estaba muerto de
miedo pero no podía dejar de mirar aquellas dos joyas de amatista que danzaban
en el aire y lo miraban con una fijeza endemoniada.
-Basta que sueñes para convencerte,
Arthur- dijo la voz en un eco lejano.
Se sintió cansado, muy cansado. Sentía que
los parpados pesaban como dos balas de cañón. Sus parpados cayeron y su cabeza
descanso abruptamente en la almohada.
-Arthur, si existe, míralo.
Arthur no podía abrir los ojos, sentía un
calor tremendo en toda su piel, como estar recostado desnudo en el asfalto de
una carretera del desierto. Sentía que pronto saldrían ampollas por todo su
cuerpo. Una imagen borrosa comenzó a presentarse a su mirada.
Solo arena. No había más que arena por
todos lados, andanadas de arena y ventiscas calientes le rodeaban el cuerpo.
Los ojos se posaron a escasos metros de el y la sonrisa apareció.
-Ven, camina conmigo.
Él lo siguió. Pero el cielo era negro, no había
estrellas solo negrura y miedo. Se escuchaban gritos de dolor que podían provenir
de cualquier lado. Solo gritos y un calor abrasante.
-Este es tu infierno, Arthur-. Dijo la voz
nuevamente chillona.
Él no podía hablar. No tenía idea de porqué,
pero las palabras no salían de su boca, era como ser una especie de bruma como
aquel ser espantoso. Una cortina de arena se disipó para dar paso a una imagen
sacada de la imaginación más perversa e ignominiosa.
Lo primero que sus ojos captaron fue un río negro burbujeante. Parecía hervir como un torrente de brea. Manos y piernas
salían luchando de la corriente. Gritos de dolor estallaban por todos lados.
Una diosa coronada estaba atada a un poste de hoguera en la rivera del río.
Cuatro cadáveres de enanos deformes puestos en las cuatro direcciones del viento, adornaban el cuadro. Un hombre que al parecer se había arrastrado hasta
llegar a la rivera, estaba muerto, con las dos piernas faltantes en gajos. Su
cara estaba quemada y en carne viva. No habrá muerto hacia mucho. La diosa era
un mujer bella que estaba decorada con oro en la piel, los ojos estaban
ausentes, solo tenía dos balines de plomo en las cuencas enrojecidas y
sangrantes. Solo sabía decir una cosa: “perdón”. Una palabra que repetía una y
otra vez, como una plegaria.
Detrás de esa escena, había un niño crucificado
en una cruz negra. Tenía espejos en lugar de ojos y de su cuello brotaba una
serpiente a través de una herida. Debajo del niño, una pequeña niña negra
estaba crucificada pero bocabajo, como San Pedro. De su pubis salían decenas de
arañas negras mientras un cuervo blanco le picoteaba las plantas de los pies. La
niña gritaba, pero se ahogaba en su propia sangre. Coágulos negros caían a los
pies de la cruz invertida y se evaporaban por el calor.
Había caminantes muertos cenicientos que
no decían nada. Pasaban como si el mundo hubiera acabado y no hubiera más mundo
que el dolor y el olvido. La tortura acababa de empezar para ellos y el fin era
solo el infinito. Mujeres con los pechos petrificados, hombres con la cabeza
sujeta a sus brazos, niños con los genitales perforados por el tiempo y la
sequedad.
Volteó para encontrarse con los ojos, pero
ya no estaban ahí. Quiso gritar y decirles que se detuvieran. Caminaban hacia
lo que en algún momento fue una pradera, un pequeña elevación de tierra, ahora
seca. Ese espacio terminaba en un vacío enorme. Debajo de la cañada, solo había
un lago. Un pequeño charco visto desde esa altura. Era el lago de las lágrimas,
no sabía de donde lo sabía, pero lo sabía. Una enorme concentración de las lágrimas
de los sufrientes. Lagrimas que jamás verían la luz o la esperanza de su propósito.
Solo eran las lágrimas del desaliento y el castigo, del sinfín de su dolor y su
ciclo eterno. Los cuerpos se deshacían en pedazos antes de tocar el agua
salada. Un aullido estallaba cuando el cuerpo tocaba el líquido plateado.
Buitres descarnados cantaban en graznidos
de júbilo al arrancar la poca carne de los cuerpos que se atoraban en la rivera
del rio de brea.
Una desesperación enorme y poderosa se
apodero de su consciencia. Su cuerpo lo sentía adolorido y ardoroso. Sentía que
estar más tiempo allí acabaría con él. Sentía que se estaba consumiendo por la
prontitud de un castigo eterno que sería suyo sin su arrepentimiento. La culpa
volaba hacia el como una grulla negra con las alas podridas e infestadas de ratas.
Gritaba gloriosa y soberbia, segura de llegar al corazón más duro. Se acercaba,
cada vez estaba más cerca. Podía sentir el pútrido olor de sus alas y su
aliento.
-No te quedes aquí…- dijo una voz a su
lado.
Un cadáver caminante salido de la brea.
Estaba humeante y de su garganta agujerada brotaron arañas que cayeron al piso
por montones. Se subían a él, no podía ver su propio cuerpo pero sabía que las tenía
encima. El aleteo de la grulla, estaba cerca, podía sentir el aire que
proyectaban sus alas. El señor del tormento venia posado en su lomo, él lo sabía.
La sombra se hizo gigantesca a sus
espaldas, pudo sentir la oleada nauseabunda de la presencia del ave colosal.
Unos ojos como de aluminio fundido salían detrás de la cabeza de la bestia. Lo veían,
lo penetraban con su seguridad y su arrogancia, lo había estado esperando.
La figura bajo del ave en un salto seguro…
Arthur despertó en su cama. Era de noche.
No había luna y la luz de la calle se colaba por unas celosías. Se sintió aliviado,
todo había sido un sueño. Que estúpido había sido.
Se levantó y camino hacia la luna del
espejo de su habitación. Admiro su reflejo y grito de pánico.
Su rostro estaba ahí, enfrente suyo, con
llagas de quemadura y los labios secos como los de un náufrago. Había estado ahí.
Saco un viejo revolver del cajón del
tocador y se disparó en la sien derecha. La materia gris salió volando en dirección
contraria y el muro contiguo se tiño con de sangre. Una mancha ensangrentada en
forma de sonrisa.
El cuerpo cayó y la imagen del espejo sonrió.
Sus ojos eran del color de la amatista.
Muchos lo dudan. Lo cierto es que siempre
cargamos con él. No hay uno compartido, lo único que se comparte es la certeza
de que siempre tenemos uno propio. El infierno lo cargamos en culpas y
remordimientos… Si existe.
