miércoles, 27 de mayo de 2015

Si existe


Había sido fácil, eso creía. Caminaba por las calles de Berlansca hasta dar con el número de la casa. Por fin lo había encontrado después de una caminata de hora y media. El 654 de Bendel. Había transitado por avenidas atestadas de mendigos, de limosneros y de mujeres con la moral más desvaída que podría encontrarse. Había latas de refresco y cerveza aplastadas en cada esquina o entre las coladeras. Era una peste las calles de aquella ciudad. 
Al llegar a los suburbios, 7 manzanas antes de la calle Bendel y el numero destinado, pudo encontrarse con un panorama bastante diferente ante sus ojos. Las calles estaban bordeadas por arbustos y árboles de distintas clases: Abedules, olmos, robles en los centros de parques y de camellones extensos, manzanos y tabachines. La noche les daba un toque fantasmal a las ramas y los movimientos siniestramente maravillosos del viento, dotaban de magia la caminata nocturna de cualquier transeúnte. Un búho, centinela de la noche, ululaba tétricamente mientras una ráfaga arrastraba las hojas caídas en un remolino grisáceo. Una sombra se agazapaba entre un abedul y los arbustos que formaban un parapeto oscuro y frondoso. Las luces de las casas comenzaban a apagarse con los clásicos oscurecimientos repentinos de cada habitación. La sombra avanzaba por entre los arbustos y los árboles, con una capucha negra y pantalones flexibles. Solo los ojos de un tremendo color azul zafiro asomaban por entre las comisuras del pasamontañas. Había en sus ojos una mirada fría y serena. Una mirada propia de quien sabe que los horrores del mundo se construyen en la cabeza de quien más los teme. "No hay infierno", se decía. No hay nada más que lo que podemos ver ante nuestros ojos abotagados por el miedo, la indiferencia y el odio.
Asomo su cabeza y retiró la capucha al encontrarse con el cielo negro. Sus ojos despuntaron su rostro como dos joyas tan frías como preciosas. Dos joyas azules que refulgían con la plata de la luna. La noche estaba plagada de pequeños signos de luz a miles y miles de millones de años luz de donde él se encontraba parado, admirando la existencia de todo. Sus cabellos eran de un color negro azabache y se cerraban con una barba negra y china que le rodeaba la mandíbula y la mitad de las mejillas. Dos cejas poblabas se fruncían y daban fe de que recordaba su trabajo. Las nubes algodonadas que envolvían la magnificencia de la luna como una bufanda colosal, quedaron justo en el olvido de la sombra. Siete manzanas más y eso ya no importó. Encontró la casa. Las luces estaban apagadas. Jamás volvieron a encenderse por las mismas manos.
La sombra se adentró en los jardines decorados con malvas, rosas blancas y rosas, violetas y tulipanes. Algunas plantas medicinales se abrían paso entre el jardín. Había un huele de noche junto a la ventana. Ese olor parecía agradarle a la sombra, hasta sintió pena por segar una vida que oliera tan bien. Una peña laminilla de acero fue introducida por el espacio de cierre de la ventana de madera con cristales en mosaico hasta que el cerrojo de aluminio cedió y pudo abrirse lentamente la ventana. Si la casa tenía alarma, seguramente tendría que correr como loco poseso, pero no fue así. Para tener un fin perverso, la suerte lo abrazaba con total serenidad. Era una noche preciosa, estaba fresca pero sin hacer frío y podría asesinar como hacía tiempo no lo hacía. El pago por los servicios a "la fábrica”, solo era un modo de obtener dinero con lo que más satisfacción le producía: el dolor y la muerte. Entró en la cocina de manera ágilmente felina. Una sombra negra de cuerpo entero se fusionaba con otra de igual tamaño impresa en el suelo por la luz de la luna. La sombra camino hacia la escalera. Una construcción de madera de cerezo labrada con pegasos y grifos en las bases de cada escalón. Subió la escalera y se introdujo silenciosamente en los cuartos. Primero los padres, los niños ya no sabrían que hacer sin la orden de sus protectores. Los niños siempre son más fáciles. Los niños siempre deleitaban sus gustos porque nada es comparable con la satisfacción de ver el miedo y el dolor en el rostro de una pequeña niña que no entiende que es lo que pasa y porque papá no viene a ayudarla, no entiende nada hasta que sus ojos pierden el brillo y el último aliento no es más que el suspiro de la extinción.
La sombra se acercó al bulto más grande, presumiblemente el padre. La mayor amenaza. Sacó un pequeño destello de mercurio de entre los bolsillos del pantalón y lo clavo sin vacilaciones en el cuello del hombre. La victima del cruento suceso abrió los ojos y aferro la mano de la sombra sin atreverse moverse por el espanto y el dolor. Se ahogaba. La sangre manaba como un torrente escarlata por su cuello y su pecho. La sombra siguió presionando hasta que sintió el filo de la cuchilla encallar en el hueso de la vértebra blanca y mortuoria. El hombre se convulsiono en cuatro espasmos de muerte, su garganta hacia un ruido asqueroso y desesperado. El hombre murió. La mujer se había despertado por los movimientos desesperados de la pareja. Cuando percibió al espectro negro parado junto a su marido, abrió los ojos de manera colosal y sus retinas se anegaron de la última imagen que vería. La cuchilla cayó abruptamente sobre su rostro. Atravesó la piel de la mejilla y perforo un ojo. La mujer grito. La sombra no podía permitirse errores, no ahora. El cuchilla soltó un destello dejado en el viento por la luz de la luna que atravesaba el ventanal de la habitación y un sonido gutural amortiguado lleno la habitación. La mujer se ahogaba. El mismo procedimiento, solo que esta vez lo disfruto con paciencia y solemnidad. Poso sus manos al rededor del cuello de la mujer. Mechones castaños cubrían la subida de su cuello, mechones ensangrentados, tocados por la vida que se diluía por entre su cuello y sus ojos.
La sombra abrió la herida. Hurgo entre el pedazo de piel, un corte limpio. Desgarrado, pero limpio y hermosa en su perversa manera. La sangre comenzaba a coagularse entre los tendones y la piel. Sintió un deseo irrefrenable de arrancar la piel. Lo hizo. Tomo entre los dedos un pedazo de pellejo colgante y jalo con fuerza. La piel se rompió a mitad de la cara, donde el ojo ya no estaba y un jirón de mejilla se secaba entre la luz de noche. Así la dejo. Medio rostro de la mujer castaña ahora revelaba una sonrisa blanca y manchada de rojo. Un colgajo de carne caía por el lado izquierdo del rostro, un rostro despedazado, ya no era el rostro de alguien muerto, solo un amasijo ensangrentado sin cara.
La sombra se despellejo. El enorme montículo negro con ojos de zafiro se descubrió el cuerpo. Tenía las facciones de cualquier buen samaritano: ojos azules profundos, cejas delineadas delicadamente, mentón duro y partido, pómulos saltados y colorados, dientes blancas en perfecto estado de orden, y una nariz aguileña. Dejo caer el pasamontañas al suelo, junto al cuerpo de la mujer muerta. Después, se dedicó a desnudarse por completo. Su miembro estaba erecto y palpitaba a la luz de la luna, como si los rayos fríos de la noche dieran caricias rituales a lo perverso de su virilidad rígida y deseante. Se agacho y se tumbó junto al cuerpo de la mujer. Tomó sus manos entre las suyas y las acaricio, tenían un poco de sangra entre los dedos, ya seca. Puso la mano derecha de ella rodeando su miembro y comenzó a agitarla. Era perverso, lo sabía, era algo asqueroso y perturbador, si, lo era, y eso lo encendía aún más, Estaba a punto de terminar, cuando decidió que culminaría con algo diferente. Tal vez mejor. Se levantó, con el pene palpitando como desesperado. Se detuvo a un costado de la cama, junto al cuerpo del hombre. Lo pensó unos segundos y decidió que probar algo nuevo no le haría daño a nadie, al menos a ellos ya no. Casi suelta una carcajada con ese pensamiento, pero se contuvo, no quería echar todo a perder. Tomó la cabeza del cadáver y casi hace que se desprenda con el tirón que le dio, pero no pasó nada. Movió el cuerpo mientras sentía que la pulsación de sus genitales era cada vez más lejana, el miedo hace de las suyas, pensó. Para terminar, acomodo el cuello del muerto en una posición arqueada hacia atrás, la herida del cuello quedo completamente expuesta, como los puentes plegadizos cuando son abiertos. Sonrió con lascivia e introdujo su miembro en la herida. Estaba enfriándose, pero aún permanecía la exquisitez babosa de la carne. Pudo moverse dentro, mientras sentía la carnosidad del musculo y los pliegues de los tendones, la dureza y porosidad de la vértebra lo lastimaba pero él seguía adelante, no se detendría. Por fin, después de unos momentos, la excitación llego a su tope. La sombra desnuda se arqueo en un éxtasis que lo dejo sin aliento y termino dentro de la herida. Se permitió unos segundos para recuperarse de la sensación de flote que quedaba después del acto y suspiro profundamente. Aun pudo ver como manchitas blancas se hundían en los pliegues de la carne ennegrecida por la sangre coagulada. Se quedó mirando hacia la ventana, camino hacia ella y la abrió. Sintió como el aire de la noche pasaba por entre sus piernas y daban una sensación de frescura en sus partes ensangrentadas. Acto seguido, salió de la habitación.
Caminó catorce pasos hasta el otro extremo del pasillo. Había una sola puerta. Estaba emparejada. La abrió con cuidado y dos camas individuales estaban situadas en el centro del cuarto. Un niño y una niña dormían apaciblemente sin sospechar que en la habitación de al lado ya no estaban sus padres, solo dos pequeños restos de carne muerta. Ya no los abrazarían por la mañana. Ellos tampoco se darían cuenta de eso. No despertarían para ver el sol y tampoco para ver la negrura de la sangre por toda la habitación de sus protectores. Ellos fueron fáciles. Dos puñaladas en el corazón a cada uno. Despertaron, abrieron los ojos, y simplemente el terror les inundo los ojos. Vieron a la muerte rubia pegada a su rostro y se desvanecieron como pequeñas estelas de humo en la brisa del campo. Cuando sus alientos no fueron más que recuerdos, tomo sus ojos. Insertó la navaja en sus cuencas y los hizo brotar. Se dirigió al baño y estrelló el espejo. Tomó dos pequeños fragmentos y después de darles forma con la navaja, los introdujo en los ojos de cada uno de los cadáveres. Cada que uno se atreviera a ver el rostro de los cuerpos no miraría más que su imagen en los ojos de un despojo coagulado.
Salió de la habitación y entró nuevamente en el baño de la planta alta. Estaba a solo siete pasos del cuarto de los niños. Se sentó en el inodoro y orinó con la puerta abierta. Sí, eso siempre es agradable. Se dio cuenta de que su miembro seguía ensangrentado por su bizarra ocurrencia anterior. Bizarra pero satisfactoria, sí señor. Se metió en la tina y dejó que el agua corriera. El agua comenzó a ascender y sintió como le rozaba la piel de las nalgas y de los testículos. Era una sensación agradable. El agua estaba tibia y empezó a calentarse de a poco. Cuando llego a dos terceras partes de la capacidad de la tina de estilo victoriano, cerró la llave. El agua tenía un tono marrón por la sangre seca de sus genitales, pero se sumergió ligeramente hasta sentir que el agua cubría cada poro de su cuerpo. Estar sumergido en agua tibia era como regresar al útero por unos instantes. Era maravilloso. El no creía en el paraíso, pero sin lugar a dudas, sabía que no había mejor alusión para cuando las experiencias de la vida y los pequeños deleites de la cotidianidad, como este, podían hacerte explorar el goce de la piel. Estuvo cerca de media hora sumergiéndose y saliendo del agua. Finalmente, decidió que sería hora de marcharse. Se levantó y se dirigió al cuarto de los padres asesinados.
No podía creerlo, cuanto desorden. Debería de poner más cuidado la siguiente vez. Eso era algo que siempre se repetía, por dios, siempre se dejaba llevar por la emoción del momento. En fin, tomó las ropas amontonadas en el suelo junto al cuerpo sin rostro de la mujer y se encaminó a la planta de abajo. Se detuvo justo en el umbral de la puerta. Los cabellos de la nuca se le erizaron por completo. Era absurdo. Sentía una presencia. Una brisa como sacada de algún suspiro de aburrimiento le acaricio la mejilla y susurro su nombre.

Arthur…

Sus ojos de zafiro rodearon la habitación. No había nada.
Debió ser el viento, no cabía otra explicación.
Pero no era así. Se quedó paralizado donde estaba cuando el cuerpo de la mujer sin rostro se levantó del suelo. Su torso se erigía como un viejo puente levadizo. Su cabeza giro hacia él y movió la quijada en un intento de sonrisa afable. De ese movimiento último surgió un sonido viscoso por la sangre seca que rodeaba la cara y el rostro despellejado de la mujer.

-Si existe- dijo el cadáver, y cayó fulminado.

Arthur, ahora dotado de su mortalidad y de su miedo, bajo corriendo las escaleras. El pulso se había alocado como un murciélago con su radar perdido. El corazón aleteaba en el pecho con alas membranosas y polvorientas, chillaba de horror. Llegó al vestíbulo y se dirigió a la ventana por la que había entrado y salió pitando.
No se dio cuenta de que una sombra pasaba de habitación en habitación. Una sonrisa blanca como la nieve se dibujó en el aire, seguida de uno ojos purpuras. El rostro sin carne seguía la obra de Arthur por cada habitación. Había sangre y dolor. Lo aprobaba.
Una risa exploto por los rincones de la casa.

Habían pasado cuatro días. Arthur no podía dormir. Sentía un horror innenarrable con tan solo parpadear. Podría enfrentarse al peor de los asesinos, a perros rabiosos o tiburones hambrientos. Pero esto era diferente. Como podía enfrentar algo que no podía matar, como saber qué hacer ante algo que habla y ríe si ya está muerto. Se mantenía a flote con el último pago de su anterior trabajo: un hombre que no pago las apuestas que debía. Tenía la barba crecida, ojeras correspondientes a su terror y falta de sueño, la tez amarillenta y ceniza, le temblaban las manos y cualquier ruido por pequeño que fuera lo exaltaba de manera exagerada. Además, tenía alucinaciones constantes. Sufría de ver por el rabillo del ojo algo que se movía, una sombra.
Estaba sentado en la posición del loto encima de la cama. No podía acostarse porque tenía miedo de quedarse dormido. La única vez que lo intento no pudo quedarse dormido. Tenía la idea, el terror infinito y desgraciado de que una mano descarnada y envuelta en sangre saldría de bajo de su cama, se arrastraría por entre las sabanas hasta encontrar su cara y le arrancaría los ojos mientras dormía. Tenía pánico de entrar al baño, dejo de comer por eso. Experimentaba la sensación de que algo saldría del inodoro y le mutilaría el miembro de un mordisco. A todo le tenía miedo. Nunca había sido un tipo gallina, pero esto era sin lugar a dudas algo que escapaba a su juicio.
Esa noche no pudo aguantarlo más y cayó desplomado en la cama. Se quedó dormido al instante. Escucho un murmullo, un pequeño susurro entre los sueños y a vigilia. Abrió los ojos y solo encontró en la penumbra dos enormes ojos de color purpura. Los ojos bailaban y paralizaban en periodos incomprensibles, bailando una especie de danza macabra con alguna música que solo ellos podían escuchar. Un recuerdo absurdo paso por su mente en ese preciso momento. No sabía porque pero recordó la primer película de terror que vio. Dumbo. El momento en que las animas del terror aparecen y las cabezas de elefantes se juntan para bailar y cantar. Casi pega un grito de horror cuando una sonrisa blanca apareció bajo los ojos y se acercó a él.

-Si existe, Arthur.- Dijo la voz chillante como un alarido de mujer.
-¿Qué demonios eres? ¿Qué quieres de mí?
-Pues soy eso justamente. En parte. Y quiero informarte, Arthur.
-Es una maldita pesadilla. Es una mald…
-¡Cállate, imbécil!- atajó la voz, esta vez mas grave, como salida de alguna caverna subterránea.

Los ojos purpuras seguían danzando y se paralizaban en esporádicos momentos. La sonrisa se había esfumado. Arthur se imaginó que le hablaba alguna imitación perversa del gato de Cheshire. Estaba muerto de miedo pero no podía dejar de mirar aquellas dos joyas de amatista que danzaban en el aire y lo miraban con una fijeza endemoniada.

-Basta que sueñes para convencerte, Arthur- dijo la voz en un eco lejano.

Se sintió cansado, muy cansado. Sentía que los parpados pesaban como dos balas de cañón. Sus parpados cayeron y su cabeza descanso abruptamente en la almohada.

-Arthur, si existe, míralo.

Arthur no podía abrir los ojos, sentía un calor tremendo en toda su piel, como estar recostado desnudo en el asfalto de una carretera del desierto. Sentía que pronto saldrían ampollas por todo su cuerpo. Una imagen borrosa comenzó a presentarse a su mirada.
Solo arena. No había más que arena por todos lados, andanadas de arena y ventiscas calientes le rodeaban el cuerpo. Los ojos se posaron a escasos metros de el y la sonrisa apareció.

-Ven, camina conmigo.

Él lo siguió. Pero el cielo era negro, no había estrellas solo negrura y miedo. Se escuchaban gritos de dolor que podían provenir de cualquier lado. Solo gritos y un calor abrasante.

-Este es tu infierno, Arthur-. Dijo la voz nuevamente chillona.

Él no podía hablar. No tenía idea de porqué, pero las palabras no salían de su boca, era como ser una especie de bruma como aquel ser espantoso. Una cortina de arena se disipó para dar paso a una imagen sacada de la imaginación más perversa e ignominiosa.
Lo primero que sus ojos captaron fue un río negro burbujeante. Parecía hervir como un torrente de brea. Manos y piernas salían luchando de la corriente. Gritos de dolor estallaban por todos lados. Una diosa coronada estaba atada a un poste de hoguera en la rivera del río. Cuatro cadáveres de enanos deformes puestos en las cuatro direcciones del viento, adornaban el cuadro. Un hombre que al parecer se había arrastrado hasta llegar a la rivera, estaba muerto, con las dos piernas faltantes en gajos. Su cara estaba quemada y en carne viva. No habrá muerto hacia mucho. La diosa era un mujer bella que estaba decorada con oro en la piel, los ojos estaban ausentes, solo tenía dos balines de plomo en las cuencas enrojecidas y sangrantes. Solo sabía decir una cosa: “perdón”. Una palabra que repetía una y otra vez, como una plegaria.
Detrás de esa escena, había un niño crucificado en una cruz negra. Tenía espejos en lugar de ojos y de su cuello brotaba una serpiente a través de una herida. Debajo del niño, una pequeña niña negra estaba crucificada pero bocabajo, como San Pedro. De su pubis salían decenas de arañas negras mientras un cuervo blanco le picoteaba las plantas de los pies. La niña gritaba, pero se ahogaba en su propia sangre. Coágulos negros caían a los pies de la cruz invertida y se evaporaban por el calor.
Había caminantes muertos cenicientos que no decían nada. Pasaban como si el mundo hubiera acabado y no hubiera más mundo que el dolor y el olvido. La tortura acababa de empezar para ellos y el fin era solo el infinito. Mujeres con los pechos petrificados, hombres con la cabeza sujeta a sus brazos, niños con los genitales perforados por el tiempo y la sequedad.
Volteó para encontrarse con los ojos, pero ya no estaban ahí. Quiso gritar y decirles que se detuvieran. Caminaban hacia lo que en algún momento fue una pradera, un pequeña elevación de tierra, ahora seca. Ese espacio terminaba en un vacío enorme. Debajo de la cañada, solo había un lago. Un pequeño charco visto desde esa altura. Era el lago de las lágrimas, no sabía de donde lo sabía, pero lo sabía. Una enorme concentración de las lágrimas de los sufrientes. Lagrimas que jamás verían la luz o la esperanza de su propósito. Solo eran las lágrimas del desaliento y el castigo, del sinfín de su dolor y su ciclo eterno. Los cuerpos se deshacían en pedazos antes de tocar el agua salada. Un aullido estallaba cuando el cuerpo tocaba el líquido plateado.
Buitres descarnados cantaban en graznidos de júbilo al arrancar la poca carne de los cuerpos que se atoraban en la rivera del rio de brea.
Una desesperación enorme y poderosa se apodero de su consciencia. Su cuerpo lo sentía adolorido y ardoroso. Sentía que estar más tiempo allí acabaría con él. Sentía que se estaba consumiendo por la prontitud de un castigo eterno que sería suyo sin su arrepentimiento. La culpa volaba hacia el como una grulla negra con las alas podridas e infestadas de ratas. Gritaba gloriosa y soberbia, segura de llegar al corazón más duro. Se acercaba, cada vez estaba más cerca. Podía sentir el pútrido olor de sus alas y su aliento.

-No te quedes aquí…- dijo una voz a su lado.

Un cadáver caminante salido de la brea. Estaba humeante y de su garganta agujerada brotaron arañas que cayeron al piso por montones. Se subían a él, no podía ver su propio cuerpo pero sabía que las tenía encima. El aleteo de la grulla, estaba cerca, podía sentir el aire que proyectaban sus alas. El señor del tormento venia posado en su lomo, él lo sabía.
La sombra se hizo gigantesca a sus espaldas, pudo sentir la oleada nauseabunda de la presencia del ave colosal. Unos ojos como de aluminio fundido salían detrás de la cabeza de la bestia. Lo veían, lo penetraban con su seguridad y su arrogancia, lo había estado esperando.
La figura bajo del ave en un salto seguro…

Arthur despertó en su cama. Era de noche. No había luna y la luz de la calle se colaba por unas celosías. Se sintió aliviado, todo había sido un sueño. Que estúpido había sido.
Se levantó y camino hacia la luna del espejo de su habitación. Admiro su reflejo y grito de pánico.
Su rostro estaba ahí, enfrente suyo, con llagas de quemadura y los labios secos como los de un náufrago. Había estado ahí.
Saco un viejo revolver del cajón del tocador y se disparó en la sien derecha. La materia gris salió volando en dirección contraria y el muro contiguo se tiño con de sangre. Una mancha ensangrentada en forma de sonrisa.
El cuerpo cayó y la imagen del espejo sonrió. Sus ojos eran del color de la amatista.


Muchos lo dudan. Lo cierto es que siempre cargamos con él. No hay uno compartido, lo único que se comparte es la certeza de que siempre tenemos uno propio. El infierno lo cargamos en culpas y remordimientos… Si existe.

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