martes, 30 de junio de 2015

Un amor para esperar la muerte


Bernardo se había casado completamente enamorado de Bianca. Desde que la conoció no hacía otra cosa que pensar en ella. No importaban los días nublados, cuando la incandescencia del sol arrebatara los motivos más nobles por ver al amor a los ojos y sentir su abrazo rodeando su cintura. Le encantaba sentir el calor de su aliento infantil chocando contra su pecho. Oírla reír le provocaba una inmensa alegría y sentía que no existiría en el mundo una magia tan maravillosa como su mirada divertida justo después de una ocurrencia suya.
La conoció en un centro comercial de las calles capitalinas. El acababa de comer, había salido de un taller de redacción donde era docente y decidió comer en la plaza poco concurrida esa tarde de un miércoles 27 de mayo. Todo parecía congeniar místicamente para que dos almas fueran maravillándose con la absoluta certeza de la inexistencia del otro, hasta que un instante bastara para la determinación de un solo corazón y prorrumpieran en un encuentro intenso y cataclísmico. Bernardo salió del pequeño restaurant de comida rápida, mientras que ella atravesaba el andador con prisa hacia una tienda de ropa. Él, definitivamente no pudo contener el impulso de voltearla a ver. Cuando se dio cuenta de que era la chica más hermosa que había visto en por lo menos dos años, decidió seguirla. Tal vez, y solo tal vez, podría hablarle. Quería encontrar un momento en el que el encuentro fuera casual, y no parecer un maldito acosador pervertido. La siguió por exactamente los mismos lugares que había pisado. Parecía querer encontrar en su vereda clonada los pasos que había dejado marcados con su olor y su orgullo aquella chica. Entró rápidamente a la tienda de ropa y se puso a ver algunas ofertas de manera distraída mientras parpadeaba su mirada entre promociones y aquella chica. Ella estaba preciosa y caminaba con paso decidido hacia donde quería y la llevaran sus ganas de andar y gobernar. Los ojos de los chicos con sus chicas se desviaban hacia por donde ella pasaba. Ella no parecía darse cuenta o no le importaba en lo más mínimo. De un momento a otro, se fijó en cómo iba vestida. Era tan orgullosa y sentía un poder tan grande sobre él que temió que jamás reuniría el valor suficiente como para acercarse y decirle un estúpido hola. Le tenía miedo. Sí, eso estaba pasando. Por primera vez en la vida de Bernardo Star, tenía miedo de una chica. Esa era la verdad.
Ella vestía un pantalón pesquero de color café, muy ajustado, con una blusa de holanes color beige que parecía acariciar su torso y sus brazos con cada embestida del viento. Llevaba sobre la cabeza una diadema dorada muy sutil que retiraba su cabello del rostro enmarcando su cabeza con un aro de cabellos lacios y castaños. Era hermosa. Sus facciones parecían esculpidas en algún elemento propio del olimpo. Tenía unos ojos color miel que debían verlo todo y fulminarlo al mismo tiempo. Una mirada de diosa que se enreda con los poderes inocentes de una mujer que puede alcanzar cualquier cosa con tan solo hacerte existir con una mirada suya. No hacía ruido al caminar. Su andar era reservado pero decidido. Poseía una cadencia tierna y seductora que solo puede atribuírseles a quienes saben a dónde van y de dónde vienen. Llevaba unas sandalias también de un color dorado con tiras sobre el empeine adornadas con piedrecillas amarillas. Justo cuando la mirada de Bernardo estaba estancada en la belleza de sus pies blancos y hechos especialmente para ser besados y adorados hasta extinguirse en veneraciones, ella lo vio. Se había acercado demasiado en su trance por envolverla toda con la mirada.

-¿Se te perdió algo?
-¿Qué? No, no... Yo... Este, bueno...
-¿Te acaban de enseñar a hablar?
-No, lo siento, se hablar bien, es que...
-Es que acaso mis pies parecen ser más importantes que mi cara.

Él no podía apartar los ojos de sus pies.

-Amm... Lo siento.
-Jajaja. Mira, no te apures. Ya estoy acostumbrada.

La chica siguió caminando y lo dejo ahí plantado como un reverendo idiota.

-¡Espera!
-Sí, dime.
-Quería saber... Quería saber si puedo verte en otra ocasión
-¿Vernos? Pero si ni siquiera sé quién eres. Eres un total desconocido.
-No, mira... Soy Bernardo Star. Soy escritor. Trabajo en los cursos de redacción que quedan a tres calles de la plaza. Te toca.

Esta vez, intentó parecer seguro y confiado mientras cedía la palabra a la chica. Ella se le quedó viendo un poco recelosa pero divertida. Sabía que se estaba haciendo pis en los pantalones nada mas de verlo a los ojos. Eso le enternecía.

-Mi nombre es Bianca Arozamena. Trabajo como secretaria en Avender, la tienda de cosméticos que está a justamente siete manzanas de aquí. Hoy es mi día libre.
-Y parece que hoy es mi día de suerte, también.
-¿Y cómo porque? Aún no has logrado nada.

Ella pudo ver como el chico se ponía de un color rojo y bajaba la mirada. Eso la enterneció aún más. Era un tipo que intentaba a todas luces sacar algo de ella. Pero no era lo que normalmente le tocaba con los chicos. Siempre la veían como algo que podían llevarse a la cama y después de dejarle dinero en la mesilla de noche se iban para nunca jamás volverlos a ver. No era eso lo que quería de un hombre, aunque estuviera incluido en el paquete. Quería eso que tenía justo enfrente de ella. Alguien que tuviera la suficiente vergüenza para dudar en hablarle, pero los pantalones suficientes como para atreverse a hacerlo a pesar de su miedo. Su madre siempre decía que el miedo siempre habla por un buen corazón, pero un hombre valiente no es el que no tiene miedo, sino el que a pesar del miedo actúa, si bien completamente aterrado, pero siempre hacia adelante. Él parecía un buen chico. Pero como siempre seguía los consejos de su madre, pensó que lo más sensato era ponerlo en aprietos. Eso, además de ser divertido, era la mejor forma de saber qué era lo que se tenían en mente. Aunque Bianca siempre había creído que los hombres solo tienen una cosa en mente. Aun así, lo que importa es lo que hacen para lograrlo.

-Sí, lo sé. Lo siento. No quiero que pienses mal. Es solo que te vi y eres muy bonita. Solo quería saber si podíamos conocernos. Tal vez tomarnos un café algún fin de semana, o algún día libre tuyo.
-Mmm... No lo sé.
-De verdad. Eres muy guapa. Me gustaría conocerte.
-¿Ah sí? Y con qué intención.
-Lo sabremos cuando nos conozcamos mejor, ¿no crees?

Tiene un punto. Buena respuesta.

-Bien. Solo porque me caíste bien y no te pasaste mirando el escote cada que podías.
-Ja... Genial.

Pensó en preguntarle que si lo genial era la aceptación o el escote. Pero creía que ponerlo a sudar todavía más sería muy cruel. La verdad es que si le cayó bien. Además, de verdad era guapo. Tenía una mirada infantil. Sus ojos eran de un color negro tinta. Sus facciones eran toscas y varoniles, contrastaban con su mirada. Tenía los hombros anchos, eso le encantaba. Era alto y sus manos eran grandes. Si bien no era rubio ni de ojo azul, tenía un cuerpo bronceado y sus cabellos negros le daban un toque interesante. Si, parecía que había tomado una buena decisión. Si le llamaba, saldría con él.
Le entregó su número telefónico y él lo anotó en su teléfono móvil. Se despidió de él en cuanto repitió el número y le dio un beso en la mejilla. De esos que solo saben dar las chicas. Un beso que te roba la calma y a la vez, te hace olvidar todos tus problemas. Es como sentir que en ese beso va todo lo que alguna vez formó parte de tus horrores y lo arrastra a la maravilla interna que esconde el cuerpo de cualquier mujer. Sonrió. Como cualquier chico que se da cuenta de ese beso lo hace. Una sonrisa tonta que las chicas saben que pones, aun cuando no volteen a verte. Saben lo que han hecho y saben lo que pasa después de ejecutar ese acto que, aunque maravilloso, también tiene algo de macabro. Un beso que calma, un beso que cura. Un beso que al mismo tiempo, también aterroriza, porque cualquier mente apasionada sabe que es un beso que penetra cualquier escudo.

Pasaron los días después de ese encuentro. Bernardo estaba muy ansioso. No sabía si marcarle a Bianca sería una muy buena idea, después de todo se había topado con chicas que solo cedían para quedarle mal y hacerlo quedar como un tipo ingenuo. Estaba sentado en su sillón de una plaza mientras disfrutaba de un vaso de whisky en las rocas. Asomaba en su regazo un libro del magnífico Peter Straub. Estaba leyendo una primera edición en pasta dura de Perdidos, mientras escuchaba un disco de éxitos de AC/DC. Hells Bells hacía aparición con su sonido estentóreo y poderoso mientras él no podía decidirse qué hacer. A veces, muchas de las decisiones tienen que tomarse sin pensarlo ni una sola vez. En ocasiones solo es el tiempo quien da la respuesta. La mayoría del tiempo, y en las situaciones que vale la pena vivir, es donde menos se aconseja pensar. A veces, solo tenemos que improvisar para poder mostrar al mundo quien es capaz de soñar, y quien es capaz de vivir.
Tomó el teléfono digital y marcó el número de la chica. Sonó cuatro veces y cuando estaba a punto de colgar, la voz melodiosa de la joven retumbó en su oído y se le olvidó quién era y con qué propósitos vivía y caminaba. Era lo más hermoso que podría escuchar en su miserable vida, pensó.

-Si esto es una broma, vi y molesta a tu abuela, estúpido.
-No, espera, Bianca. Soy yo, Bernardo.
-Ah. ¿Porque tardaste tanto en contestar? ¿Te robaron la lengua?
-Lo siento, es que no reconocí tu voz y creí que había marcado el numero mal.
-¿Tan mal me escucho por teléfono?
-No, se escucha aún más hermosa que como la recuerdo, jeje

Bianca no estaba allí pero sin lugar a dudas sabía que le había costado un tremendo esfuerzo no callarse ese comentario. Y de alguna manera, se sintió agradecida. Era un chico tímido con ella, pero definitivamente se sentía su determinación para con ella. De seguro estaría ruborizado por lo que acababa de decir. Eso le gustó y decidió darle un incentivo.

-¡Vaya! Gracias, Berna. ¿Te puedo decir así? Eres muy lindo por ese comentario.
-Es la verdad. Y si, puedes decirme así.
-Estaba pensando que tal vez podríamos vernos este fin de semana. ¿Estarás libre?
-Mmm... Déjame ver. Permíteme un segundo.
-Sí, espero.

En realidad no tenía nada que revisar pero, le gustaba la idea de ponerlo nervioso.

-No, parece que no.
-Entonces, ¿qué dices?
-Sí, me encantaría.
-¿Te parece el sábado a las 3:00 p.m.?
-Mejor a las 4 para no quedarte mal. Recuerda que nosotros no nos ponemos lo primero que vemos.
-Jajaja si esa fue una indirecta, me la cobraré.
-Jajaja solo si es que te lo permito.
-Ya veremos. Entonces te veo a las cuatro en el café Devont de Plaza Rellerta. Creo que nos queda cerca a los dos.
-Sí, ahí te veo. Adiós

Ella colgó y de pronto se rió sin saber exactamente por qué. Sentía una sensación de nerviosismo cómico y un vació en el estómago. No sabía por qué la embargaba tanta ansiedad. Tal vez solo era muestra de que esto sería algo bueno.
Mientras tanto, Bernardo estaba brincando en la sala de su departamento. A veces el alcohol te pone ligeramente frenético por cualquier acontecimiento. Pero este no era el caso, de verdad se encontraba extasiado de felicidad. No sabría jamás como explicar lo hermoso del sentimiento que una chica provoca con su aceptación, en este caso solo era una cita, pero para él carecía de importancia. La esencia del recuerdo de su aceptación, dejó el camino libre para la imaginación y la belleza de las palabras. Después de más de un año, por fin quería escribir.

El sábado llegó. Bernardo despertó cerca de las diez de la mañana. Estaba completamente desnudo. A veces, las ganas son demasiadas y después del término uno queda tan agotado que no alcanza la poca energía para volver a vestirse. El orgasmo siempre ha sido el mejor somnífero para el humano. Se destapó el cuerpo y se dirigió al baño para abrir la regadera mientras esperaba que saliera el agua caliente. Todo efectuado con una sonrisa enorme en el rostro. Se lavó los dientes y se metió en la regadera. El agua estaba tibia, sería suficiente. Mientras se tallaba el cuerpo pensó en lo hermosa que se vería Bianca desnuda mientras se bañaba. La imaginaba con su piel cremosa y húmeda, mientras el agua la recorría en caricias de mercurio. Escuchar el ronroneo del chorro del agua mientras se estrellaba en su cuerpo. Vislumbrar como se acariciaba y limpiaba un cuerpo perfecto y tonificado por la maravilla de la naturaleza y la bendición de ser mujer. Suspiró por la escena que su mente enamorada había creado y volvió a sonreír con más empeño. El sonido de la regadera se cortó y salió de ella desnudo. Pisó con mucho cuidado para no resbalarse en pleno baño y alcanzó su toalla en la tapa del excusado. Se frotó el cuerpo con ella para secarse y se encaminó de nuevo a la habitación. Acomodó sus ropas sobre la cama para cuando terminara de acicalarse. Una camisa de lino color borgoña y un pantalón color negro junto con zapatos bostonianos oscuros.
Salió a las dos de la tarde de su casa nervioso pero sonriente. Llevaba una gargantilla de plata como único accesorio. Pensaba llevarse el Rolex que se había ganado como un premio por su cuento "El árbol del gusano" en el concurso estatal de literatura y arte. Su perfume aún podía sentirlo en la punta de la nariz, era un aroma fresco y varonil, de esos llamados nocturnos. Pensó en lo irónico de su uso en el día, pero le gustaban esas fragancias, lo hacían sentirse "varonil". Y parecía que a las chicas les gustaba. Uno maderoso le era desagradable, sentía que nada más le faltaba el caballo y la carreta, no, prefería esos aromas más "modernos". Estuvo un rato desperdiciando el tiempo en un museo que quedaba a unas cuantas cuadras de la parada del camión. Cuando se dio cuenta, faltaban cuarenta y cinco minutos para las cuatro. Sabía que igual ella llegaría tarde, las chicas siempre hacen eso, como si quisieran medir qué tanto está dispuesto a dar el macho para con la hembra. No importaba. Él quería verla. Quería volver a ver sus ojos y la luz de sus cabellos, la suavidad de su piel. Lo tenía completamente embelesado. Era su chica ideal. Tomo el autobús de la ruta 8 y se bajó tan solo dos calles antes de llegar a la cafetería. Pasó junto a un puesto de flores y se quedó pensando si sería buena idea. Tal vez creyera que iba demasiado rápido. Lo mejor sería que la dejara para después, no quería asustarla. Tal vez, si las cosas iban bien, le compraría una de sorpresa con la complicidad del vendedor. Faltaban tan solo 7 minutos para las cuatro y entró en la cafetería. Pidió una mesa para dos a la hostess, quien llevaba en su chaleco grabado el nombre "Devont" junto a una taza verde y humeante justo por encima del pecho izquierdo. Ella amablemente asintió y le dijo que lo acompañara. Le dio a elegir entre la terraza o la zona de adentro. Aunque la tarde era fresca, decidió que lo mejor sería en la parte de la terraza, ya que solo había dos mesas. Sería más íntimo. Se sentó admirando su reloj. Ya eran las 4:03 pm. No tardaría.
Eran las cuatro con diecisiete minutos cuando la bella joven, Bianca, iba entrando por la puerta y él se paró de inmediato de una manera torpe que daba a entender que estaba loco por la chica y que si ella hubiera dicho "rana" él hubiera saltado y dado una pirueta circense sin más motivo que su voz cantarina; su voz de mujer. Él sujetó su saco mientras retiraba tímidamente la silla contraria a su asiento para que ella se sentara. Ella se le quedó viendo con fingida sorpresa y se sentó. La cita comenzaba.
Pidieron capuchinos, los favoritos de ambos al parecer. Los dos tenían bastantes cosas en común. A los dos les gustaba la literatura de terror, ella decía que su favorita era el romance, pero que nunca le hacía el feo a una buena novela negra o de terror paranormal. Le gustaba. Decía que el miedo es lo que nos hace saber con mejor certeza que nada, que apreciamos más la vida de lo que creemos. Gustaban de caminar por lugares arbolados y si pudieran vivirían en el bosque. La mayoría del tiempo se les fue en hablar de trivialidades. Él se fue soltando poco a poco. Cuando empezó a contar algunas de sus anécdotas con amigos de la facultad y chistes subidos de tono, sabía que lo estaba haciendo bien. Ella reía encantadoramente y se arqueaba de risa, dejando ver un hermoso cuello de cisne. De alguna manera, a Bernardo no le gustaba que riera. Mientras más reía, más se enamoraba.
Ella le pidió que parara, que le estaba doliendo el estómago y la cara de tanto reír. Unas lágrimas se estaban formando en la parte baja del párpado de sus ojos. De verdad se estaba divirtiendo y era por él. Se sentía el hombre más afortunado del mundo. Su risa era por él. Después de tres capuchinos suyos y dos de ella, decidieron salir a caminar por entre la avenida arbolada de Quevedo. Ella traía unos tacones que aunque no eran muy altos, le volvían difícil maniobrar por entre los lugares donde las raíces habían abierto camino a la vida de los árboles. Se les ocurrió que lo mejor sería atravesar la avenida y sentarse en las bancas iluminadas del camellón de Quevedo. Ya eran las 6:38 de la tarde cuando atravesaban la avenida y el cielo comenzaba a rayarse de amarillo, anaranjado y amatista. Justo al entrar al área del camellón con baldosas ajedrezadas de blanco y negro, ella tropezó y él la sujetó de la cintura para que no cayera. Fue lo mejor que le pudo haber pasado en la vida. Nunca jamás olvidaría ese momento. Él la ayudó a ponerse de pie mientras ella le agradecía con la mirada gacha, estaba ruborizada y él lo adivino, aunque también se ruborizado por haber estado tan cerca de su rostro, estaba muy contento, había logrado que ella se ruborizara.
Se sentaron en una banca, él pudo notar que aún tenía unos chapetes marcados en sus mejillas y sabía que aún no olvidaba la cercanía pasada. Se veía magnifica chiveada. Ya era hermosa de por sí, pero ese tono rojizo en sus mejillas la hacía verse como un ángel que no sabe que ha caído con un hombre sencillo, con una pobre alma que no tiene más que ofrecerle que su adoración y su amor. Ella, como un ángel inocente, solo sonreía y le admiraba el rostro. Tal vez no quería más que eso para ella, tal vez es justamente lo que nunca se habían detenido a ofrecerle.
Él quería hablarle pero no sabía qué hacer, no podía dejar de ver sus ojos y repetirse una y otra vez que era magnífica.

-Hace frío.
-Amm... si, está anocheciendo, es por eso.

Él se acercó a ella y le tomó la mano.

-Aun así, tienes las manos tibias, el café surte su efecto.
-Puede ser...

Él pasó su mano por detrás de su espalda y ella se le quedó viendo de manera recelosa.
Él se ruborizó.
Ella se carcajeó y, acto seguido, se acurrucó en su pecho.
Él la abrazó con ambos brazos y le agradeció a la vida por darle tanto sufrimiento en soledades. Después de todo, la vida siempre te otorga un incentivo que te haga creer que vale la pena seguir agonizando. El amor es lo que mejor funciona para convencerte de seguir esperando la muerte.

Después de estar abrazados un tiempo, mientras la noche se construía en tinieblas y las luces urbanas cobraban vida y destellos, la chica se desperezó mientras unos chicos en patineta pasaban frente a ellos. Algo se dijeron entre ellos y se amenazaban con los puños. Él estaba acariciando su cuello y el lóbulo de su oreja. Su piel era tersa y frágil como la estela que deja un cometa al caer en nuestro adorado planeta. Ella se levantó con la mirada amodorrada y el cabello ligeramente desacomodado.

-¿Y bien?

Bernardo se quedó pasmado. No entendía qué era lo que quería decirle con esa pregunta. Ella, al ver su cara de espanto y estupefacción, se limitó a estallar en carcajadas.

-¿De qué te ríes?
- De tu cara, jaja.
-Este... es que no entendí tu pregunta.
-Sí, eso ya lo veo.
-Aja...
-Me gustas.

Él no acababa de procesar la idea cuando un beso le reventó la vida.
Fue un beso sin cuidado ni cortesía. Un beso que permite saborear la esencia de lo que acontece sin certeza de haber sido pensado y siquiera contemplado en la existencia de lo posible. Fue una experiencia que desbordó las sensaciones y los sentidos de su cuerpo al más puro estilo de lo imposible y maravilloso.
Pero todo termina, a veces,  como empieza: en un instante. Ella se despegó como si nada hubiera pasado. Él estaba tan deseoso de que siguiera, de que nunca acabara ese momento, de que se extendiera hasta los confines de la eternidad y la gloria, pero no, la vida no es tan benevolente. Ella sonrió tiernamente y se levantó. Se excusó diciendo que tenía unos compromisos que atender y que debía irse temprano. Él quiso decirle que no se fuera, que se quedara, que no lo dejara tan enamorado como en ese instante, que le diera otro beso; pero no lo hizo.
Él también se levantó y caminaron juntos por las calles iluminadas de la ciudad hasta y él le dijo que conocía un atajo. La llevó dando vueltas por diferentes calles hasta que sintió que ella no sabía dónde estaba, todo con la idea de quedarse más rato con ella. Platicaron de muchas más cosas, pero nunca se tocó el tema del beso, fue como un pacto tácito de silencio. A veces el silencio nos dice más verdades que un arsenal de palabras que lo único que hacen es revolver y martirizar un hecho. Ella paró en seco y le sostuvo una mirada poderosa.

-Esto es una trampa. No creas que no me doy cuenta, eh.

Él se ruborizó y asintió con la mirada gacha.

-Discúlpame, solo quería pasar más tiempo contigo. Sé que suena trillado pero me gusta platicar contigo. Me haces sentir bien.
-Eres un chico muy lindo. Pero de verdad tengo que irme.

Ella le rozó con la palma de la mano la mejilla. Fue una caricia sutil pero todo lo que Bernardo necesitaba. Es el tacto de una mujer el que te dice como en un arrullo galáctico que todo estará bien, que no habrá nada por lo que preocuparse. Ellas siempre lo saben. Ellas saben que el hombre es más frágil de lo que aparenta y que necesita de ese gesto de ternura para resurgir de entre los miedos y la desesperación.

-Está bien. Así será. Pero, ¿nos veremos otra vez?
-Mmm... sí, creo que sí. Me divertí mucho contigo, eres muy lindo.
-Genial. Espero que nos veamos pronto.
-Sí, yo también lo espero.

Él no esperaba hacer lo que hizo a continuación. Fue como sentir que una fuerza extraña e instintiva se apoderaba de él y quería salir a flote en todo su esplendor. La tomó por la cintura y le dio un beso. Enseguida se quitó y ella lo vio sorprendida. El estaba completamente asustado. Pensaba que ya lo había echado a perder todo, que ella se asustaría y jamás volvería a verla. Pero ella sonrió. Solamente sonrió.

-No vuelvas a hacer eso. Aquí la que da los besos soy yo.
-Amm... sí, lo siento, yo no quería, no sé qué paso. Yo...

Ella le puso un dedo en los labios y le besó la mejilla. Esta vez fue más prolongado y húmedo. Sintió el jugo de su ternura y de su arrojo imprimirse en su piel como la huella de un gigante en terreno fértil. Allí se sembraba una posibilidad y él recogería el encanto. Ella se fue caminando y corrió al ver dar la vuelta en la esquina opuesta a su transporte.

El regreso a la casa y se recostó en su cama. Estaba completamente obnubilado por el día. Se sentía que nada en el mundo podía destruir lo que sentía. Podrían pasar males torrenciales pero nada le arrebataría de su corazón la sensación maravillosa y sublime que ahora lo llenaba en todas las dimensiones humanas. El contenía dentro de su corazón un almíbar puro y fantástico que solo es producido por la certeza de que lo bueno existe, y es indomable, tanto como lo perverso.
Pasaron dos semanas sin que pudiera sacarse la imagen de ella al caminar de su cabeza, ni la bonita sensación de su cintura del brazo, o la ensoñadora presencia de su beso en cada momento en que podía cerrar los ojos y apoderarse de su propia piel. Había escrito 17 poemas en esas dos semanas solo pensando en el encanto y la fragancia de Bianca. Cada palabra y cada ritmo poderoso de la poesía era destinado a la forma de su caminar, a la brillantez de su sonrisa y la ternura de su mirada, a la insensatez de sus comentarios y la calidez de sus besos y la suavidad de su piel como río de plata y de sueños. Llevó a sus cursos todos los poemas, excepto uno. Ese lo reservaba para ella. Esperaba que le gustara.
Llamó esa noche y le dijo que si estaba disponible para el siguiente fin de semana.

-Vaya, ya creía que jamás me hablarías.
-Lo siento, estuve con mucho trabajo y no quería quedarte mal.
-Mmm... ¿Qué te diré?
-Dime que sí. Sí, eso, dime que sí.
-Jajaja, pues solo porque me hiciste reír.
-Genial. ¿Te veo igual?
-No, me llevaré otra ropa.
-Chistosita.
-No, mejor en la banca donde estuvimos la otra vez.
-¿Y eso? ¿Para qué?
-Nada más. ¿Tienes problema con eso?
-No. Está bien. Ahí te veo igual a las cuatro.
-Perfecto. Bye.

Colgó pero se sentía algo extrañado, no sabía qué significaba aquello.
Ella por otro lado quería saber si era capaz de recordar un detalle como ese. Un pequeño capricho femenino, pero muy gratificante ponerlo a prueba.

El sábado siguiente se quedaron de ver y esta vez él sí había comprado la rosa. Era una rosa roja muy hermosa, con un matiz escarlata que daba la impresión de declarar el amor en sí misma. Estaba rodeada de papel morado y con un listón verde. Tenía unos ramilletes de hierba para verse más detallada, pero la verdad es que lo hermoso radicaba en el detalle y la flor misma. Él mismo la eligió.
Ella iba ataviada con un vestido blanco liso que daba la impresión de ser una pequeña alma en pena que decidió verse adoptada por la piel de una diosa griega. Tenía un escote atrevido que dejaba ver uno de sus encantos más devastadores para el corazón de los hombres. Estaba aún más bella que la anterior vez. Tenía poco maquillaje y su cabello estaba suelto en pequeñas ondas que le caían por los hombros y la espalda descubierta. Estaba tan hermosa que no supo hacer nada sino verla por un rato que pasó de ser admiración a pura estupidez.
Ella sonrió. Se sintió tan hermosa con solo verle su cara. Y se acercó debido a que él estaba pasmado a medio camellón.

-Estás hermosa.
-Gracias.
-Ammm... si, la banca, la banca.
-Si jaja
-Es por allá, es aquella.
-¿Cómo lo sabes?
-Aquí se ha quedado tu aroma.
-Cuál es mi aroma.
-Jazmín y rosas.
-Vaya, adivinaste.
-Claro que sí. Un olor como el tuyo no puede olvidarse nunca. Entre otras cosas que pasaron ese día.
-Jaja eres muy galante ahora, eh.
-Solo digamos que no puedo aguantarme la verdad.
-Sí, así parece.
-Tengo algo para ti.
-¿En serio?
-Sí. Pero te lo daré hasta más tarde. Mientras puedes tener esto.

Bernardo descubrió la rosa que llevaba escondida en la espalda y se la dio.

-¡Bernardo! es muy bonita, gracias.

Bernardo solo supo sonreír y ruborizarse. Ella le dio un beso en la mejilla y otro en los labios.

-Este es por acordarte de la banca y por lo que me dijiste.
-¿Y el segundo?
-Por la rosa.
-Comprare rosas más seguido.
-Jajaja no te hagas tantas ilusiones. Beso cuando quiero, ya lo sabes.
-Sí, no lo olvido.

Se sentaron en la banca y platicaron por horas. Ella se reía y lo tomaba del brazo. Se acurrucaba en su hombro y luego le daba besos pequeños y ligeros en el cuello o las mejillas. Él la tomaba de las manos y se las besaba, y cada que se le ocurría le decía que era la mujer más hermosa que jamás haya encontrado. Que quería estar con ella. Que le diera una oportunidad. Ella solo respondía cambiando de tema.
Aun así, él la paró en medio de un discurso femenino sin fin sobre su día y le tendió una hoja de papel entintada con café. Ella la tomó y cuando leyó su contenido se abrazó al cuello de él y casi lo asfixia. Estaba llorando, pero sin lugar a dudas, la semilla fue implantada... ella también estaba enamorada. Le dijo que se la leyera:

Confieso a los valles, los mares y el viento flagrante,
que quererte fue una centella moribunda en pos de la alegría,
que la grandiosidad de nuestro encuentro fue tan solo por mirarte,
no anhelaba tanto en tan poco tiempo; ni momentos, ni silencios, ni sonrisas.

Estaba plagado de miedos, desesperanzas y traiciones continuas;
apenas salía del dolor, cuando la punzada de la ausencia me visitaba inclemente.
sabanas rodeaban la falta del cuerpo tuyo, ajeno, magnífico, fantástico y ausente;
pero ahí estabas, bañada en plata y a la espera de la mortalidad de mi visita.

Te confieso hoy y siempre, rodeándome del encanto mortuorio de la luna,
enclaustrado en la bata negra de la noche y embelesado en tu piel de cera y tus ojos de guerrera;
te confieso que no seré tuyo, no seré de nadie, no seré jamás de lo que se adueña en tus afectos;
porque fui, soy y seré siempre tú, vivo en ti y para ti, para ser y destruir, crear mi desgracia y tu fortuna.

Hago un pacto silente con la inocencia de nuestros espíritus llameantes,
con la vaguedad de los besos que se disparan en la cotidianidad de las miradas.
Te hago un pacto de amor desconsiderado y sin propósito alguno que no sea el de entregarme.

Porque me entrego sin la censura del miedo, sin el devenir constante de las angustias y el pero;
y me entrego sin la conmoción de los terrores que provoca lo repetido y cíclico de los encuentros envejecidos.
Me entrego como nadie y como nada, como algo que fui y que sin ti se apaga,
no porque no tenga mi propia luz, sino porque, ¿Que hay más grande que entregarse a los brazos del sol?


Se hizo tarde y esta vez se fueron directo a la parada del transporte. Ella volteó hacia él a mitad del camino y lo besó. Esta vez, el beso fue más prolongado e intenso. Ambos sintieron como una chispa crecía entre los dos. La chispa iluminaba sus esperanzas y sus ganas de seguir aquí. Esa pequeña chispa parecía encender los deseos de permitirse seguir con vida, seguir gozando del dolor de la vida y de la gloria del deseo y del amor. Era una chispa tan insistente que no podían dejar que pasara el tiempo. El tiempo no existía, se había transportado al silencio y a la nada. La realidad enflaquecía y vibraba entre los labios de aquellas dos almas que palpitaban desenfrenadas por discurrir juntas a un lugar donde la única certeza fuera el amor de sus miradas entreveradas con sus propios sueños de plenitud.

-Yo también quiero estar contigo.

Él se quedó paralizado por la sorpresa. Había pensado que era de las chicas que tienen miedo del amor a última hora, pero no era así. Era la mujer que quería para él y ella lo había aceptado en su vida tan intensamente como él en la suya. Él despertó y la levantó por la alegría. Ella no dejaba de gritar de contento, miedo y sorpresa. La bajó y la tomó por la cintura mientras le robaba un beso. El autobús pasaba junto a ellos mientras ella le decía que parara con diversión.

-Mi camión, bobo.
-Se pasó
-No, cual se pasó. Lo alcanzaré. Te veo luego.

Se despidieron mientras corría hacia el transporte.

Después de decenas de salidas juntos, de besos, de abrazos, de sueños compartidos, de algunas disputas y de algún que otro llanto chantajista, de algunos olvidos de fechas y por supuesto, del primer encuentro con la piel y el deseo, el cual discurrió siete noches después del primer beso, fue un encuentro con la ambrosía del cuerpo y las ganas de fusionar las almas por la agitación y el amor; ella estaba magnífica con su piel nacarada sobre la cama, él la admiraba mientras se desvestía y le susurraba, una vez en la cama, cuánto la amaba; fue una lucha a muerte con el deseo y la situación del arrojó a la sensualidad y el vacío de la angustia por el devoramiento mutuo; ella salpicaba la habitación de un vapor etéreo y él rodeaba su aliento con la luz de la mortalidad y la premura; recorría su piel en cada pliegue y en cada hueco, su cuello, sus hombros, la silueta mortecina de su espalda a través de los reflejos urbanos de las luces, sus nalgas redondas y suaves, sus piernas como dos guardianes de la verdad y la locura, y sus pies, sólidos combatientes de los caminos que ella debió transcurrir para pasar por enfrente del ser mortal que más la había venerado desde que sus ojos efectuaron el pecado de su vista y apreciación como elemento caído del cielo; esos eran ellos amándose y gritando en suspiros lo mucho que les importaba un carajo el mundo; después de todo esto y de tantas ganas de haberlo adelantado, se comprometieron.

Por eso es que ahora, al pie de la cama, 15 años después, Bernardo recordaba todo esto con una sonrisa de tristeza en el rostro. Bianca le tomaba la mano y le decía que a veces las cosas no terminan bien justamente porque en algún momento lo fueron. Su mano estaba huesuda y tenía manchas cafés a lo largo de los dedos y los antebrazos. Su cara estaba surcada por una mancha roja en forma de relámpago que le partía la cara manchada de pecas y paño. Su pecho estaba vendado por las fracturas de costilla que le habían provocado al resucitarla en anteriores ocasiones. Ya no quedaba más que un despojo de lo que fue. Pero el amor que sentía Bernardo por ella seguía siendo la estrella que más brillaba en cualquiera de los espacios conocidos.
El médico amigo de la familia, había dicho que se debía a una patología linfática. Sus defensas estaban deshechas y cualquier cosa podría matarla en cualquier momento. Bernardo estalló en una ira desesperada y corrió al médico a patadas de la casa. El pobre galeno solo movió la cabeza en señal de negación y se arrellanó en el asiento de su Volkswagen para regresar a casa. Ya era tarde. No solo para él.
Bernardo vio cómo su esposa sufría y como la vida iba soltando los dedos débiles y cansados del abismo. La vida de Bianca parecía estar colgando con un peso muerto. No podía más. La vida no solo de Bianca si no de Bernardo también, se iba extinguiendo como la hierba y los animales después de un cataclismo colosal.
La mano de Bianca temblaba en las manos que la rodeaban como un cofre que protege el tesoro y el secreto de la existencia para un solo hombre: Bernardo.
La mano dejó de temblar y el titilar de la vida que por tanto tiempo estuvo en el cuerpo cansado de la mujer más adorada en la faz de la tierra, se apagó. El cuerpo de Bianca estalló en una convulsión para desvanecerse en cenizas.

No hubo respuesta de Bernardo. Se limitó a seguir los trámites de la funeraria, sin saber que harían con un cuerpo que solo estaba en el recuerdo de su carne y en el sabor de sus labios, en los dedos que lo recorrieron y el aliento que tantas veces le robo; quería dejar descansar por siempre un alma buena y bondadosa. Solo se lamentó de que el supuesto dios no permitiera que el amor de dos corazones floreciera en muñecos de carne que pudieran amar tanto como ellos mismos. Ella no pudo ver jamás una sonrisa y un amor que no fuera el de su esposo.
Ordenó a toda la servidumbre que limpiaran la casa, ya no había agonía que perpetuarse en el hogar. La muerte entró y salió con un bulto trenzado entre sus alas negras. Él entró en esa casa, herencia de su familia, con un amor que doblegaba las luces del cielo, ahora salía al cementerio cargando un dolor que sobrepasaba los sueños del infierno y un féretro vacío, tan solo con una ilusión muerta y con unas titánicas ganas de convertirse en polvo para dejar de sufrir.
Y por fin se lo preguntó: ¿Qué tanto conviene dejar de esperar a la muerte?


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