jueves, 30 de abril de 2015

Los ojos de Emma


Sucumbía a sus miradas tan pronto y tan fácilmente como la mosca se adentra a los confines de la telaraña y el miedo a la muerte. Era tan bella y exquisita como ver crecer el sol en el cielo, como saber que la lluvia refresca la tierra con su llanto de mercurio. No había nada mas hermoso y mas necesario en mi vida que Emma y su mirada de eternos resplandores. Sentir sus ojos atravesar mi vida y mis motivos eran lo mejor que podía aspirar en la vida. Sus ojos eran la maravilla de mis días, siempre lo fueron; desde aquel día negro en que la conocí.

Mi gran amigo Bernardo traía su armoniosa guitarra pintada en negro nacarado. Estábamos sentados platicando en una de las bancas de la universidad. El estudiaba Ciencias Sociales mientras que yo siempre fui un interesado por la exactitud de la naturaleza. Tenia un hambre inmensa por obtener datos fijos del mundo que nos cantaba los amaneceres y nos escupía las noches. Estudiaba medicina en el mismo campus. Aunque nos separaban grandes edificios regidos por diferentes facultades, siempre encontrábamos la manera de vernos. Era una amistad bella e incandescente como jamas llegue a tener otra en la vida. Mi confianza en el mundo y en dios se desvaneció cuando Bernardo murió a tan solo los 33 años a causa de una horrorosa y siniestra enfermedad que lo hacia engendrar sangre en sus pulmones y languidecer los alientos hasta petrificarse por el miedo y la desesperanza del dolor en el pecho. Murió al asfixiarse con su propia sangre en un amasijo asqueroso de flema y coágulos. Me odiare toda la vida por haber tenido la osadía de verlo a la cara mientras descansaba en la caja de ébano que guardaría sus restos para cuando el tiempo juzgara conveniente. Su rictus era de espanto y desesperada suplica de auxilio que nunca llego. La bella enfermera que estaba dada a sus cuidados jamas volvió a pararse cerca del pueblo de Jackson Village. No podre jamas olvidar ese rostro lleno de miedo y palidez. Sus ojos mostraban un aire de inculpación a cualquiera se atreviese a ser testigo de su desgraciada muerte. Como lo extraño.  

Bernardo fue quien entre sus múltiples talentos y dones, me presento a la maravillosa y bellísima Emma Wordlook. Estábamos ambos amigos platicando sobre pequeños elementos de la conciencia humana, el se enfrascaba en los masticados ejemplos de la introyección de las otras conciencias para con el sujeto mientras que yo argumentaba la predisposición biológica que tiene cada sujeto para ser como es, sin negar la plausible idea de una injerencia de los demás para consigo mismo. Los ánimos comenzaron a elevarse, y como mi viejo amigo siempre fue un gritón empedernido cuando alguien lo debatía, decidimos ponernos a cantar amistosamente nuestras desgracias en las venturas del amor y sus perversiones tan características. Cantamos tantas canciones que no puedo recordar ni siquiera un aproximado. Todas hablaban sobre el desempeño de dos jóvenes en los senderos de las pasiones y la brillantez del amor entre las luces de la esperanza que acababan por apagarse las llamas de la ilusión por una mala mujer. Siempre ha sido condición del hombre culpar a la mujer por todo lo bueno y lo malo que le acontece en la vida. Siempre han estado equivocados. Estaba interpretando una desatinada segunda con mi mejor amigo y la compañía esplendorosa de su guitarra negra, cuando levante la vista hacia el cielo y encontré una estrella. Estaba ella, con toda su calidez y su jovialidad, estaba ella, ella y solo ella para el mundo y para nadie. Mi mirada quedó completamente paralizada por el halo de embeleso que despedía su silueta contra el cielo, que deje de cantar y el silencio me envolvió suavemente hasta no quedar nada en el mundo mas que la belleza de esa mujer. Ella parecía estar buscando algo desde arriba. Estaba en el balcón de los pasillos que daban a los laboratorios de la facultad. Estaba ella con su vestido de lino verde aceituna y sus ojos  de jade, su piel blanca como nieve de inviernos antiguos, sus piernas largas y tersas como la piel de un pétalo de rosa. Como la amé desde la primera vez que la vi. La quería para mi. Quería que su mirada fuera mía y de ningún mortal mas. Y, como si mi deseo fuera escuchado por los señores del Olimpo, ella dio un flechazo con su mirada hacia donde mi mejor amigo y yo nos encontrábamos intentando cantar. Ella me miro y me sonrió. ¡Por dios! Ella me miro y sentí que todo el dolor del mundo se apagaba en un instante; lograba sentir como un calor intimo me llenaba el corazón y el desconsuelo del infierno era extinguido por los vapores de una tierna esperanza: el amor de sus ojos. 

Su nombre era Emma, mi viejo amigo me la presento. Ella era estudiante de letras y constantemente se topaban en alguna que otra clase de sociales. Mi amigo y ella parecían llevarse muy bien. Bernardo siempre ha tenido una habilidad innata para seducir a las mujeres y por un momento me embargo un pánico colosal al fantasear con que seria él quien podría seducirla a ella también. Sentí una punzada de odio en mi interior hacia mi amigo que se disipo en cuanto la bella joven se dirigió hacia mi y me propuso hablar de mi, quería conocerme. Bernardo me hizo una señal con el pulgar y se excuso mientras salia disparado hacia los edificios. Emma pareció entender la acción porque de manera abrupta se ruborizo mientras mi mejor amigo salia levantando polvo por entre los muros de los edificios húmedos por las lluvias de verano. Comenzamos a hablar de todo un poco. Si bien, al principio me sentía un poco torpe, ella era muy hermosa y yo solo atinaba a decir incoherencias por las que ella parecía bastante divertida. Su risa era angelical. Su risa despellejaba cualquier intento de oscuridad en donde estuviera atronando. Ella me hacia sentir como nunca antes me había sentido. Dentro de mi, gracias a su increíble dulzura, se desarrollaba un sentimiento de tremenda completud. Estaba viviendo una experiencia de completo goce y termino de mi malograda existencia. Tenia algo por lo que continuar. Tenia algo que me obstaculizaba cuestionarme porque seguía aquí. Ella era respuesta y mandato. Ella había sido todo y lo seria por siempre. Ella era lo único que el universo, apiadado de mis incontables sufrimientos en soledad, me había regalado: un embeleso en lugar de lagrimas de ceniza.

A las cuantas semanas, después de cientos de platicas y decenas de paseos por el bosque de Wilder donde gustábamos de contemplar las navajas de luz que se reflejaban en la superficie del lago Roselt, comenzamos un noviazgo. Al año decidimos formalizar nuestra relación y nos propusimos adentrarnos en las cadenas invisibles del sagrado matrimonio. Yo como todo hombre respetado en la ciencia era un clarísimo ateo, ella ferviente admiradora de dios y sus misteriosos y perturbadores propósitos, quería casarse como la ley de la iglesia lo exigía. Yo, amándola tanto como lo hacia, cedí de buena manera a entregarle algo sin importancia para mi y de gran valor para ella. Nos casamos el día 7 de mayo de 1896. Nos mudamos a una de las casas que mi padre, Lord Bender, me había dejado como único heredero de su inmensa fortuna. No habían pasado ni diez años de nuestro feliz matrimonio cuando la desgracia se posó en nuestras vidas con sus alas negras flameando y llenándonos de lagrimas y sufrimiento el alma. Mi esperanza de vida, mi adorada Emma, cayó enferma de un mal que no tenia nombre ni forma. Era un espectro multiforme y diabólico que la estaba devorando, le estaba extinguiendo la vida desde dentro de su alma pura y magnifica. Ni el medico de mi padre pudo darle nombre o siquiera un remedio posible a lo que la aquejaba. 

Mi pobre esposa, mi bella Emma estaba muriendo de la manera mas perturbadoramente lenta. Estaba pálida y sus labios se encontraban amoratados. Sufría de desmayos espontáneos. Sus piernas ya no aguantaban su propio peso. Pero sus ojos, sus ojos siempre tuvieron ese esplendor mágico que los caracterizó toda la vida que pase junto a ella. Su mirada era lo que mas me maravillaba del mundo en el que ella pisaba y soñaba junto a mi. Su forma de ver la realidad y de verme a mi me hacían tener motivos suficientes para querer sonreír y ver la vida como oportunidad mas que como preludio de la muerte. A pesar de que su condición anunciaba nuestra inexorable separación por los mundos inciertos de la tiniebla mortuoria, sus ojos seguían dándome luz y esperanza. Seguía soñando por sus ojos. 

Ella murió un Miércoles 14 de Octubre de 1905. Yo estaba dándole su medicación; un revitalizante que el medico dejo para alargar ligeramente su vida, o su sufrimiento según se quiera ver. Ella me tomó de la mano y me negó con la cabeza. Ya no quería mas medicamento. Ya sabia que no lo necesitaría por mas tiempo. Mis lagrimas comenzaron a brotar al entender sus motivos. Quería estar en sus cinco sentidos para cuando se fuera. Quería despedirse de mi como ella deseaba hacerlo. Pero yo no lo quería. Yo quería que ella mejorara, que ella se quedara conmigo. Había olvidado que existe una enorme diferencia entre querer estar con alguien, y querer que no se vaya. Lo había olvidado y ahora solo deseaba volver a estrecharle la mano y besársela, quería tomarla por su cintura de mujer y adherirla a mi cuerpo mientras bailábamos, quería nuevamente que sus ojos me dijeran te amo en la cima de nuestra almohada. Mi deseo era verla nuevamente desnuda frente a mi, sonriéndome y provocando mi locura latente por ella. Quería, mas que nada en el mundo, que no me dejara solo. No quería quedarme conmigo mismo, eso era lo mas espantoso que un hombre puede experimentar en la vida. El alma de un desgraciado nunca podrá estar sola, se recriminara en el espejo de su soledad por las eternidades que hagan falta, hasta que el castigo de su desgracia cobre vida entre la oscuridad y el odio. 

A veces, los deseos no bastan a la voluntad de dios. A veces, ser bueno solo es dejar que dios te escupa a la cara mientras se carcajea alegremente entre su coro de ángeles. Ella me acarició el rostro y me dijo que era el hombre mas maravilloso que jamas haya conocido, que estaba orgullosa de mi y de lo que había logrado conmigo. Me dijo que se sentía tremendamente triste por dejarme sabiendo todo el dolor que causaría, pero alegre porque sabia que podría afrontarlo. Cuan equivocada estaba. El dolor no puede simplemente olvidarse. El dolor se lleva como un lastre maldito allá donde la vida se despliega frente a nosotros. A veces, solo es cuestión de saber que llevamos un polizonte, que ese intruso del corazón puede ayudar a no volver a repetir las alegrías baratas que lo fecundaron. Su mano cayo exangüe sobre mi mano. Estaba helada. Mis lagrimas la mojaron por el pliegue de la muñeca limpia y delgada. Pero sus ojos me dejaron despedazado como nada en el mundo podría hacerlo jamas. No existía ni existiría en el mundo horror mas grande que ver como tu estrella pierde brillo y se vuelve cenizas. Sus ojos estaban apagados, se les había arrebatado la magia que me mantenía con vida y cordura. Su mirada tenia la vacuidad del universo y sus silencios. Eran ojos de jade, pero un jade taladrado por la burla cruel de la muerte. Su cuerpo nunca fue el de mi amada. Lo dejaría pudrirse en la oscuridad de la tierra hasta que el tiempo juzgue justo, dejaría que los gusanos dieran su festín con la carne que alguna vez fue mía y goberné con paso de amante. Dejaría que la piel se secara y abriera como pacto roto de lo que alguna vez fue mi éxtasis y el origen de la brutalidad de mi locura. 

El entierro fue privado y completamente sencillo. Unas pequeñas palabras del sacerdote y los amigos compartidos que llegue a contactar. Ni siquiera sus padres se dieron por enterados del funeral, hasta mucho tiempo después, cuando acudieron al mio.

Me disponía a dormir cuando una imagen aterradora perforó mi mente y mis sentidos. Unos ojos negros como la piedra de Onix se disponían enfrente de mi rostro. Esos ojos estaban tan cerca que me dejaban sin aliento. Parecían cuidarme en la noche que me disponía a olvidar todo mi dolor. Ellos no me dejarían olvidarlo. 

Me desperté con un sudor frío en mi espalda y el pecho. Todo había sido un sueño. Volví a quedarme dormido y nada apareció. A la mañana siguiente, la idea de los ojos seguía adentrándose en cada espacio de mi consciencia. Cada vez era mas apremiante la necesidad de verlos y la sensación de compañía perversa que me facilitaban. Aun dentro de aquel sentimiento de horror que tanto experimentaba en las noches al dormir y despertar sabiendo que los ojos estaban cerca de mi, ocultos en la oscuridad donde solo ellos podrían verme, tenia una ligera impresión de familiaridad. Pasaron las semanas y mi sueño se había extinto, ya no podía dormir ni comer, solo pensaba en los ojos negros, uno ojos que con el paso del tiempo se volvieron mas nítidos y encantadores en su perversa forma y presentación. Eran ojos de jade que me doblegaban el espíritu en horror y deseo. 

Una mañana de bruma y frío, me desperté con un sentimiento de confusión y alarma. No podía llegar al punto del misterio y saber que era lo que me acontecía en los hilos mas frágiles de mi atormentada alma. Llegó la noche y desperté en el vestíbulo de la casa, no había nadie en la mansión salvo yo. Tenia las ropas llenas de lodo y de sangre seca. Llevaba en la mano un maletín negro en el que llevaba mis instrumentos para la exploración de los especímenes disecados de la facultad. No encontraba razón para semejante escenario y decidí retirarme a mis aposentos a descansar. 

A la mañana siguiente entro un joven vecino que trabajaba en la granja de al lado y me despertó con sus gritos bajo mi ventana. Me revolví en la cama y por fin decidí dirigirme a la ventana. Cuando la abrí, el joven me indicó que tenia que bajar, que tenia algo importante que mostrarme. Su mirada se veía desesperada y su voz denotaba un miedo enorme.

Cuando me vestí y dirigí mis pasos hacia las puertas de roble que adornaban la entrada de la casa, el joven me tomó intempestivamente del brazo y me jaloneó hasta que llegamos a la tumba de mi amada Emma. La tierra estaba removida y el cajón estaba fuera y con la tapa desprendida de cuajo. El cuerpo de mi amada, por extraño que parezca apenas estaba corrompido por la naturaleza. Parecía ser que hasta el mundo de lo natural respetaba mi dolor. Pero no alguien que había osado perpetrar un acto de lo mas deleznable en este mundo: interrumpir el descanso eterno de cualquier ser sobre la tierra. El cuerpo de mi amada estaba prácticamente intacto, aun tenia las joyas que se le habían colocado y el vestido de lino con el que la conocí. Pero sus ojos fueron arrancados de sus órbitas. Sus hermosos ojos de jade fueron desprendidos con una crueldad y una perversión que ni el demonio mismo podría juzgar de juego de niños. Las cuencas estaban negras de la poca sangre coagulada que había sido derramada por los cortes. Los parpados caían débiles y sin función como pedazos de pellejo seco.

Un horror sin nombre se apodero de mi y salí corriendo y arrancándome los cabellos entre gritos y manotazos al aire. Cuando llegue a la casa me encamine de inmediato hacia la habitación principal. Abrí las puertas de madera tallada y me encontré con el armario donde guardaba algunos de los químicos que usaba para mis exámenes biológicos. Cuando abrí la gaveta, un grito se ahogo en mi garganta y las manos corrieron hasta mi rostro intentando ocultar lo perverso y corrupto que veían mis ojos. Frente a mi, se encontraba un frasco donde los ojos de mi amada Emma flotaban en formol. Los ojos habían tomado un brillo espectral dentro de los cristales del frasco, parecían inculparme por un acto espantoso y demoníaco. Pretendía conservar los ojos de mi amada, unos ojos que me habían otorgado la felicidad que nunca tuve en la vida. Quería que mi alegría descansara flotando dentro de un recipiente con formol. Cada mañana abriría la gaveta y encontraría la mirada perdida y muerta de mi bella esposa. Mis plegarias fueron sus ojos, ahora sus ojos se volvieron la evidencia de mi locura y corrupción.

Un trueno destapo el silencio del día, las nubes giraban enloquecidas por encima de la mansión. Un viento helado corrió por los pasillos de mi hogar y me acaricio perversamente el rostro. Mi amada Emma atravesaba el umbral de la puerta con las cuencas de sus ojos vacías mientras cada paso, era marcado por la muerte. Era como ver andar a una araña humana. Su paso era torpe y enrarecido, pero determinado. Cuando llego a posarse enfrente de mi, puso su mano sobre mi rostro y me susurró al oído con la voz de la muerte. 

-La luz de mis ojos, sera ahora la luz de tu dolor.

Su voz sonó fuera de este mundo, como atragantada por una laringe seca y desgastada. 

Una bandada de cuervos atravesó el enorme ventanal de la habitación con el ruido de graznidos y de vidrios estrellarse en el suelo hasta romperse en cientos de navajas de cristal. Los cuervos me rodearon por encima, volando en círculos por arriba de mi cabeza. De un momento a otro estallaron en gritos ensordecedores y bajaron alocadamente hacia mi rostro. Me picoteaban los labios y me arrancaban los ojos de cuajo y sin un atisbo de compasión. Solo se escuchaban mis gritos de dolor y de miedo, los graznidos brutales de los cuervos que peleaban por el mejor pedazo de mi. Sentía el desprendimiento de mi carne, la sensación de sueño que produce el desangramiento y la ceguera que no podía achacar al abandono de mis ojos o al aterrador muro de cuervos que me atacaban una y otra vez cantando perversamente de jubilo y de satisfacción. 

Me encontraron despellejado en mi propia habitación, tenia un charco de sangre que me abarcaba como un halo macabro de mi desgracia y mi castigo. Apenas podía respirar, y sinceramente, no sabia si quería seguir haciéndolo. Un pluma negra quedo de aviso sobre mi pecho, la misma que guardo en una caja de madera de ébano bajo la cama. Aquí me tratan bien. Se que me acompañan, sus motivos no son lo que deberían esperarse de tus guardianes, pero es lo mejor que tengo. Cientos de cuervos cuidan los ventanales, esperando el momento de mi rendición y mi nuevo castigo. Lo sé. No puedo verlos, pero se que están aquí, esperándome, son mi muerte y mi anuncio. Son el reflejo perverso de lo que fueron, para mi, los ojos de Emma. Esos ojos que todavía danzan lanzando culpas desde adentro de la gaveta. Puedo sentirlos mirándome...

domingo, 12 de abril de 2015

El cocinero


La casa estaba bastante alejada del poblado. Era la antigua granja de su padre, el viejo Samuel Trop. Siempre había creído que Jacky era un pobre fracasado que no haría de su vida mas que fracasos. No tenia ningún otro hijo. La estúpida de su mujer, como gustaba de referirse a ella, no había sido buena para darle mas varones, solo un estúpido niño introvertido y haragán. Cuando murió, hacia ya cerca de 13 años, nunca se imagino para lo que algún día serviría esa granja que siempre dijo suya, aunque la mayor parte del dinero que se utilizó para la compra de las tierras fuera de la herencia de su "estúpida mujer". Murió vomitando su propio hígado. Era un maldito alcohólico. Ningún hijo aparte de Jacky, en ese entonces un joven de 17 años con mucho sobre peso y acné repartido en cada rincón de su rostro, había llegado a su lecho de muerte, al patético funeral de una sola persona y un solo dejo de plegaria por lo que le quedaba de alma. Sus hijas le temían, y lo odiaban por hacerles temerle miedo. Todas se habían casado y huido lo mas lejos posible de él. Jacky las odiaba por haberlo dejado solo con el viejo alcohólico maldito. se limitó a enterrarlo en la orilla de la granja para nunca volver a recordarlo. 

Ahora las cosas eran diferentes para Jacky. Actualmente había perdido peso por la condición de las labores que tenia que llevar a cabo para mantener la granja a flote. Su cara se veía menos abotagada y aunque su piel blanca seguía supurando una gran cantidad de grasa que no desaparecía aun tomando dos baños al día, podría decirse que tenia un aspecto menos asqueroso que el acostumbrado en los años en que su padre aun vivía. 
Con frecuencia iba al poblado de Fremont, donde residía la mayor cantidad de tiendas disponibles para sus exigencias culinarias y, por supuesto, toda clase de herramientas y recursos para las necesidades de la granja. Podía comprar bozales, maquinas de ordeña, chupones de silicon, ojales para la montura, estructuras para la yunta y, la famosa pastura para la engorda y crecimiento de los puercos entre muchísimas cosas mas. Siempre iba con su acostumbrado overol de mezclilla y sus botas estable golpeando el empedrado del pueblo, con tan solo una playera blanca debajo y los testículos colgando debajo; así le gustaba, sentía el aire pasar por sus partes y era bastante agradable. 
La gente lo conocía bastante bien porque lo percibían como un sujeto desagradable en apariencia y solitario, pero bastante gentil. Solía ser muy callado y reservado con cuestiones personales. Las personas del pueblo muchas veces sugerían que vendiera la granja y se acercara a una choza mas cercana al pueblo, pero el se negaba con palabras sucintas que dejaban en claro que se sentía bien en donde estaba. El señor Petrell era el que sugería con bastante frecuencia después de que su enorme cuerpo de 1.85 y 110 kilos de peso, atravesaba el umbral de la puerta de su tienda, que su padre había dañado muy severamente a ese muchacho, quizá por eso es tan aislado.
El señor Petrell tenia una tienda de libros usados. El joven Jacky, desde pequeño se escapaba de casa para adquirir algún ejemplar con lo que su padre le daba al mes por su ayuda en la granja. En ocasiones no le daba ni un solo centavo, por lo que solía ir a hojearlos y saborear por medio de las yemas de sus dedos lo que era la magnifica esencia de una historia. En esas situaciones, solía prestarle el libro para que lo leyera en el tiempo libre y después se lo entregara o se lo pagara si es que seguía interesado en conservarlo. Por alguna extraña razón, le guarda cierto afecto al muchacho. La única ocasión en la que se presento en la granja para hablar con Samuel Trop sobre los abusos que manifestaba en contra de su hijo y de toda su familia, por lo que Jacky le había contado, Samuel desenfundo una Colt 45 y disparo con total soltura haciéndolo correr casi un kilómetro sin detenerse.

Jacky siempre llevada todo lo que compraba cargándolo el mismo, nunca uso la camioneta de la granja. Esa pick up le hacia recordar momentos horribles con su padre. En una ocasión, intentaba amarrar a uno de los puercos para su posterior descuartizada, pero el nudo quedo mal y el puerco se soltó para andar naufragando por todo el patio de la casa. Su padre llego de las compras y al quererse introducir en el patio en reversa para descargar las cosas, el puerco se asusto y corrió, metiéndose debajo del chasis. La fuerza de la tracción y el peso de la camioneta lo arrastraron y el mofle del vehículo le rasgo el cuello, pero el cerdo no pudo huir porque las dos patas delanteras se habían fracturado al encontrarse de lleno con las llantas traseras. El chico quedo paralizado por el miedo cuando su padre le dirigió una mirada de ira y el supo que todo había acabado para el. Su padre lo mataría, lo golpearía repetidas veces en la cabeza hasta que no quedara mas que un simple amasijo de carne con sangre y hueso pulverizado. Pero por extraordinario que parecía, eso no paso. Su padre se dirigió hacia el y lo tomo del cuello de la playera polo rojo que traía puesta. Lo tironeo hasta el cuerpo agonizante del cerdo y le dijo que mirara. El obedeció terriblemente asustado. El cuerpo del cerdo de convulsionaba, gemía y chillaba desgarradoramente mientras intentaba ponerse de pie y huir. En cuanto se intentaba levantar, las piernas se arqueaban espantosamente hacia el lado contrario que deberían doblarse y el puerco chillaba aun con mas dolor y desesperación. La herida del cuello se abría aun mas con cada intento por salir de debajo de la camioneta, y se desangraba lentamente. Los chillidos comenzaron a menguar y se transformaron en pequeños resuellos de cansancio y resignación. El puerco se quedo dormido y murió. A veces la muerte llega cuando mas se le necesita, pensó Jacky algunos años después de lo sucedido. 
Su padre creyó que con la situación del puerco le habría engendrado una lección aterradora para no incurrir nuevamente en estupideces como esa. Quizá se habría equivocado. Después del acontecimiento, su padre le dijo que ingresara en la casa, que después le ayudaría a desollar el pobre puerco. Mucha carne se quedaría inservible por el trauma del puerco, pero mucha podría servir para freírla. Jacky estaba prácticamente pasmado por lo que acababa de suceder. Aunque obedeció la orden del padre, parecía no encontrarse en esa dimensión especifica. El dolor y sufrimiento del puerco se repetían ciclicamente en cada fragmento de su mente. Una imagen tras otra. Un eco deliciosamente perturbador tras otro. Palpitaciones de emoción y horror simultaneas la pasaban por la mente y el cuerpo. Por primera vez en su vida, sentía satisfacción por algo que su padre le habría mostrado. Parecía darse cuenta lo fácil que es llevar a la vida de otro un dolor tan grande como el que la vida nos pone por defecto a cada quien; a veces, a algunos con un poco mas de énfasis y satisfacción. 
Ya no estaba asustado. Tenia un miedo terrible de que su padre lo matara. Apenas habían salido de la muerte de su madre hacia dos años. Su madre por fin había decidido enfrentarse a su padre, y este replico con un disparo seco en la cabeza. Su madre cayo al suelo con un ruido seco, mientras la sangre manaba angustiosamente lento desde el agujero negro de su cabeza. Nadie supo de la misteriosa desaparición de la señora Trop, Marie Trop. Y, aunque el comisario estaba casi seguro de lo que había pasado, después de un tiempo, era mas el miedo que le tenia a aquel granjero, que lo que en verdad valía el acto de justicia. Ella también fue enterrada en la orilla de la granja. Del otro extremo donde en algún momento seria enterrado en granjero maldito que había sido su esposo. 

Jacky caminaba tranquilamente por el sendero que llevaba a la granja Trop. Iba tres veces por semana al poblado, todo por no querer usar la camioneta. Había comprado lo que necesitaba para ese día... en especifico.
La puerta de la casa se abrió con un chirrido de bisagras, y la luz de la tarde entro como un chorro de gloria hacia el umbral del infierno. Jacky silbaba mientras un tocadiscos se escuchaba altamente. Podía escucharse Don´t Stop de los Rolling Stones. Dejo las bolsas del mandado en la mesa desvencijada del comedor y volvió la mirada a toda la habitación. La mayoría de los muebles ya estaban roídos y desgarrados por el tiempo y el uso imprudente. Jacky solía dejarse caer en cualquier silla o sofá, y se masturbaba dos o tres veces pensando en la vez que descubrió a su hermana teniendo relaciones con Bobby, su novio en turno, sobre el heno del granero. Aun podía olfatear el olor de sus sexos enmarañados entre piernas y deseos de verano. Podía imaginar como es que su cuerpo se posicionaba sobre el de Bobby hasta hacerlo desaparecer. Podía de nuevo, como todos los días, se posesionaba del cuerpo de su hermana. No había conocido mujer, pero no le hacia falta, su imaginación era mas grande que la realidad que observaba en cada amanecer. Su cuerpo se arqueaba con cada goce de su imaginario poder de seducción y éxtasis. Llegaba al momento del clímax cuando su hermana le susurraba "te amo". 
Aun podían distinguirse entre algunos de los muebles las marcas de sus encuentros tan carnales como imaginarios. No recibía visitas, la limpieza no tenia la menor importancia. Ademas, había leído en algún lugar que el sexo era lo mas normal del mundo. Si la sexualidad es el respaldo carnal del amor en los amantes, no habría razón suficiente para esconder cuanto es que el deseo crece en un cuerpo y estalla en amor de carne y satisfacción.
Se encamino hacia la puerta del sótano donde tenia preparado todo. Llevaba el pequeño encendedor de cocina que había comprado, la refacción de la válvula para el quemador que usaba para freír la carne que descuartizaba cada mes. Y, por supuesto, el repuesto de rollo para la cámara. Había probado con varias cosas, pero había soñado hacia apenas tres días, que esta prueba seria la definitiva, la que definiría su gusto mas anclado en los rincones de su alma. 
Abrió la puerta del sótano y salio un grito ensordecedor. 

-¡Déjame ir, maldito loco!

Jacky siguió silbando y bajo las escaleras con una calma abrumadora. Sus botas establo resonaban groseramente en los tablones de madera que hacían de escalones. Encendió la bombilla que colgaba del techo apolillado. Tantos años viviendo ahí y sabia donde se encontraban las cosas casi de manera milimétrica. La bombilla destello y se balanceó perversamente proyectando sombras hostiles y escurridizas por toda la habitación. 
La figura de una mujer apareció cuando las sombras fueron devoradas por la luz de la bombilla colgante. Estaba colgada de los pies, boca abajo. Estaba completamente desnuda y gritaba a voz en cuello que la dejara ir o se las vería con su marido. Parecía que lo amenazaba conque era un influyente abogado en la ciudad. Para su desgracia, no estaban en la ciudad, ni siquiera a un kilómetro de cerca de alguna alma humana que se apiadara de su desesperación y miedo.
Dejo las cosas sobre una mesa de metal que estaba a escasos dos metros de la mujer colgante. Paso junto a la chica y le dio un pellizco en el pezón y una nalgada sonora a dos tiempos. Se divertía de lo lindo con la situación. El seguía silbando. No hablaba. Lo preparaba todo. 
Después de cambiarle la válvula al quemador y de soldar la fuga a la olla industrial que había conseguido en la tienda de segunda mano de la vieja Margaret Strup, se dirigió a la chica y le dio nuevamente una nalgada sonora que le dejo enrojecido el glúteo derecho. La chica grito nuevamente.

-¡Aaaaay, maldito!

El le propino una cachetada que derramo pequeñas gotas de sangre del labio hacia el suelo que se encontraba a escasos 70 centímetros de su cara. Comenzó a llorar en silencio, con sollozos comprimidos. Empezaba a sentir un miedo paranormal. Como si supiera de repente que esto no seria un simple secuestro y violación. Aquí venia algo feo. Una ola de pánico se apodero de ella, pero una pequeña ráfaga de control le permitió el sosiego para pensar que lo mejor seria estar callada. A veces, el sentido de conservación, puede asombrarnos.
El se puso frente a su rostro y se agacho para verla a los ojos mientras ella derramaba lagrimas en silencio. Intento sostenerle la mirada pero no pudo. El estaba serio, como si la indiferencia del mundo se estableciera en su mirada y la historia del horror solo tuviera como casa su perturbada mente. Dios santo, como la asustaba. Que dejara de verla por lo que mas quisiera. Entonces, el se levanto y de manera abrupta comenzó a golpearle el vientre y presionar los pechos hasta dejarlos enrojecidos y palpitantes. Ella estaba sofocada, y no podía gritar mas. Creyó que se desmayaría de dolor y de miedo, pero el horror siempre encuentra cabida para un poco mas. Algo la penetro. Abrió los ojos y se encontró con el hombreton parado detrás suyo, con uno de sus dedos introducidos en su recto. Bombeaba rápida y dolorosamente, ella pudo gritar por fin y entonces... él sonrió. Se sentó en la silla de chatarra improvisada que había allí, y se desnudo por completo. era asquerosa la vista. Su cuerpo estaba totalmente lampiño, exceptuando las piernas y el vientre. Era un maldito cerdo enorme que meneaba su miembro ritmicamente mientras ella lloraba de dolor y de humillación. Cuando estaba a punto de terminar se levanto y eyaculo limpiamente en su cara, mientras ella daba unas arcadas terribles hasta vomitar lo poco que el le había permitido tener en el estomago. ya hacia tres días, si no es que mas. Había perdido el sentido del tiempo mientras se encontraba siempre en tinieblas bajo ese mugriento sótano, escuchando las ratas rumiar todo lo que podían. 

-Ah, ahora si nos vamos a divertir, hermosa- dijo el gordo en un suspiro de satisfacción.
-Púdrete, maldito loco asqueroso- gimió ella cerrando los ojos.
-Si eres así de grosera, tendré que castigarte- dijo el hombre sonriendo.

Él comenzó a poner todo en su lugar. Trajo una base de hierro, puso el quemador encima con laminilla que sostenía el quemador. Conectó un cilindro pequeño de gas y después puso una rejilla donde soportaría el peso de la olla. La gran olla industrial fue puesto encima y comenzó a llenarla con una manguera. Ella estaba asustada pero no entendía que pasaba. No sabia que esperaba obtener con todo eso. 

-¿Que estas haciendo?- dijo la chica serenamente-. Déjame ir, no le diré a nadie.
-Eso no me asusta... Ammm ¿como te llamas?- dijo el hombre con una radiante sonrisa-. Tonto de mi, que descortés fui al no presentarme. Mi nombre es Jacky.
-¿Que piensas hacerme?
-Lo educado es que tu te presentes ahora.
-Me llamo Susie, Susie Raynold- dijo mientras luchaba porque su voz no sonara asustada. 
-Muy bien, Susie- dijo el hombre detrás de una forzada sonrisa-. Soy alguien a quien le chiflan los experimentos. Y eso haré. No te preocupes. Yo haré todo el trabajo.
-¿Que experimento?- dijo ella ahora claramente asustada-. Yo no he decidido participar en uno.
-Me temo que no es cuestión de permiso. Esto solo se puede hacer una sola vez con cada espécimen. Después de eso quedan... quedan inservibles para el propósito. 
-¿De que hablas? pregunto alarmada-. ¿Cual es tu experimento?
-Bien pues...- dijo con una mueca de entusiasmo que le lleno el rostro-. Digamos que espero ver cuanto tarda la muerte en parecer cuando un fragmento de la vida... hierve.

La mujer no podía creer lo que acababa de decirle. En ese momento comenzó a gritar pidiendo auxilio mientras pataleaba a intentaba zafarse de sus amarres con total inutilidad. Un golpe seco acabo con los gritos y todo se volvió tinieblas. 
Cuando despertó todo estaba oscuro. Solo se sentía un calor insoportable y el sudor que manaba como un río por todo su cuerpo. Un llama refulgente era todo lo que tenia por iluminación. El ano le dolía y sentía un ardor punzante en la vulva. El maldito la había violado. Si, estaba casi segura de que así había sido. Maldito, loco y cerdo. No creía que hubiera pasado ni media hora cuando la luz volvió a iluminar el recinto con su perturbador balanceo. El hombre, no le importaba como se llamaba, que se fuera al infierno, estúpido, no le miraba de nuevo con esa mirada vacua y deshumanizada. Le asustaba mas que cuando le sonreía y la tocaba. Dirigió su mirada hacia la olla enorme en el centro de la habitación y sonrió. El agua burbujeaba espantosamente. 

-Ya es hora, preciosa.
-No, por favor. Por lo que mas quieras no lo hagas- se debatía horrorosamente en los amarres de soga. Jacky ya podía sentirse orgulloso de sus nudos.
-Sin sacrificio no hay gloria, pequeña- dijo el mientras le dirigía una instantánea sonrisa que intentaba calmar, sin lograrlo. 

Tomo un pocillo de peltre que estaba colocado en la mesa de metal y camino con el entre las manos, junto con un trapo rojo. Apago el fuego del quemador y cuando el agua dejo de burbujear, metió el pocillo y tomo agua. 
Se acerco a la chica con el pocillo con agua sujetándolo con el trapo rojo muy lentamente para no derramarlo en si mismo. Ahora di "aaah". Ella se agitaba desesperadamente para alejarse del agua caliente y, en un empellón que dio, dio en las manos de el y tumbo el pocillo. El soltó un alarido de dolor y se miro la mano enrojecida mientras subía corriendo las escaleras.
Pasaron posiblemente dos horas, cuando las botas del hombre gordo volvieron a oírse sonar en los escalones del sótano. El hombre silbaba, como si todo hubiera un simple chiste. Había logrado hacerle daño, pero por alguna razón, la calma del hombre la asustaba aun mas que la ira que podría esperar de el por lo que le había hecho. Cuando encendió la bombilla, pudo ver como su mano estaba vendada y ensangrentada. El repitió el proceso anterior con el pocillo. Pero esta vez, mientras ella se encontraba paralizada por el miedo, le lanzo el pocillo a los pechos. 
Ella aullaba de dolor y se contraía en convulsiones de sufrimiento. El ardor se metía dentro de su piel como una plaga de insectos al rojo vivo. Podía sentir como el agua había penetrado hasta la base de su piel. Sus pechos colgaban pero comenzaban a enrojecerse y las ampollas aparecían. El tomo fotos instantáneas. 
Ella estaba entumecida y sus facciones se tornaron en una mueca de horror y desesperación. El dolor de la quemadura era indescriptible. Sentía la carne viva y palpitante bajo su cuello, que también había salido quemado por el agua que escurría. El hombre permanecía sentado mientras ella sufría y esperaba a que el dolor dejara de ser tan intenso en algún momento. Pasaron 15 minutos hasta que el dolor dejo de ser tan insoportable. Quizá mas. No lo sabia con exactitud. Sonreía exageradamente. Se le quedo viendo mientras ella lloraba y sentía como su piel palpitaba de dolor. El se levanto y camino de nuevo hacia la olla con agua, había encendido de nuevo el quemador y el agua empezaba a burbujear lentamente otra vez. Hundió nuevamente el pocillo de peltre y lo acerco a ella. Humeando. Ella grito e intento zarandearse, pero el pecho se le rasgo y comenzó a manar sangre mientras regresaba el ardor insufrible de a quemadura. El hombre dejo el pocillo en la mesa de metal y camino al rededor suyo. Llevaba al cuello colgada la cámara instantánea. Tomó una foto y se la mostró a ella. Sus pechos sangraban y estaban envueltos por una capa marrón que parecía inflarse y estar a punto de desprenderse. Era una imagen terrorífica. Sus pechos. Porque le había hecho eso a su cuerpo. Lo que paso por su mente tras la fotografía fue que su esposo jamas volvería a tocarla. Nunca mas se acostaría con ella. Estaba desfigurada. 
El gordo regreso por el pocillo y cuando estaba parada detrás de ella, mientras ella cerraba los ojos ante sus cavilaciones de horror y desamparo. El hombre dijo:

-Eso fue por no cooperar- le dijo en un susurro-. Esto es por ser una maldita zorra.

Vertió el resto del pocillo entre las piernas de la mujer. El dolor fue tan grande que su grito desgarro su garganta y la voz se le transformo en una gruñido desesperado y espantoso. La piel de las piernas se hacia chiclosa y se desprendía como papel mojado. Podía sentir como el agua entraba en su intimidad y derretía todo por dentro. sus nalgas tenían ampollas que se inflaban enormemente mientras sus piernas dejaban entrever una gran mancha rosácea y sangrienta.

-Oh, Tom, ayúdame- musito mientras se desmayaba por el dolor. 

Un calor insoportable estallaba de nuevo, pero al abrir los ojos solo habia una bruma blanca que la envolvía y no la dejaba respirar.

-Es la hora, pequeña, es la hora.

La voz resonó en la habitación con un eco malvado y siniestro. Estaba aturdida y, de manera irónicamente macabra, deshidratada. Estaba sujeta a una polea y el hombre gordo la estaba levantando mientras amarraba la soga a un tablón que sostenía el techo para detenerla en el aire. Cuando empezó a caer en cuenta de lo que pasaba, el maldito loco estaba preparándose con un cuchillo de caza en la mano y la miraba expectante y emocionado. De un tirón dejo caer el cuchillo sobre la soga pero esta no se corto de golpe, tuvo que seguir cortando.

-No, por favor- Suplico la chica, estaba exhausta-. Basta. Déjame ir.

la chica callo de golpe en la enorme olla con agua hirviendo, gorgoteando. Su mente se desquebrajo por el dolor y solo atinaba a salir de allí. Donde quiera que intentara pisar estaba caliente, el calor la ahogaba mucho mas que el agua. Cada bocanada de aire era solo agua hirviendo que se desplegaba por sus poros y deshacía su garganta y sus pulmones. Su piel comenzaba a inflamarse y desprenderse como si fuera un simple cascara tan delgada como el papel. Era tan pequeña que apenas cabía en la olla. Estaba atrapada. Había sido casi hecha a su medida. Dios santo, podía experimentar la desesperante y agónica sensación del agua herviente penetrando cada uno de los poros de su piel. Perdió la visión y sus ojos empezaron a derretirse dentro del agua, su cabello se desprendía de su cabeza junto con enormes jirones de su cuero cabelludo. Brotaba la sangre que se mezclaba con el agua y la piel deshecha. La piel mas gruesa del cuerpo empezaba abrirse por la distensión. Su cuerpo se estaba derritiendo a una velocidad escalofriante. Gritaba de dolor y de miedo. Su cuerpo empezaba a dejar de responderle y ella sabia que todo estaba por terminar. Los músculos del cuerpo empezaron a asomar después de la piel convertida en un gelatina endeble y asquerosa. La grasa del cuerpo comenzó a mezclarse con todo lo demás en una fétida y sanguinolenta mezcla de poción humana enorme. Su cara se había desprendido y ahora flotaba la mitad del rostro en las burbujas del agua mientras se disipaba poco a poco por el calor. Nunca supo cuando acabo el martirio. El cronometro del hombre marco 12 minutos con 38 segundos. 

-Perfecto, esto dura lo exacto- dijo Jacky, mientras sonreía con jubilo sincero-. ¡Como el cerdo! ¡Como el cerdo! Jajajaja.

Para las diez de la noche estaba tirando al corral de los cerdos los restos de la chica, una sopa humana directo al estomago de los cerdos. Los huesos habían sido deshechos en la trituradora de madera. 
Se dirigió al granero y retiro el candado rápidamente. una mueca de ansiedad se dibujaba e su rostro. Abrió las puertas de par en par y sonrió.

-Bueno, es hora de romper records, muchachas.

Cuatro chicas estaban amarradas a los troncos que sostenían la base del segundo nivel. El turismo no era seguro en aquel lugar. Cuatro chicas no volverían a casa. Cuatro chicas solo conocerían la libertad a través de las cañerías, cuando quedaran reducidas a crema humana.

El dolor no acaba, el dolor jamas se extingue. Algunos dicen que el sufrimiento tan solo se sobre lleva. Tal vez sea como llevar una flecha atravesada en la cabeza, podrás hacer como que nada pasa, arrancarte la flecha, pero la marca te contradice, el agujero siempre te lo recuerda. El dolor sin propósito nos lleva al odio, y el odio siempre se encamina con orgullo a generar mas dolor.