Sucumbía a sus miradas tan pronto y tan fácilmente como la mosca se adentra a los confines de la telaraña y el miedo a la muerte. Era tan bella y exquisita como ver crecer el sol en el cielo, como saber que la lluvia refresca la tierra con su llanto de mercurio. No había nada mas hermoso y mas necesario en mi vida que Emma y su mirada de eternos resplandores. Sentir sus ojos atravesar mi vida y mis motivos eran lo mejor que podía aspirar en la vida. Sus ojos eran la maravilla de mis días, siempre lo fueron; desde aquel día negro en que la conocí.
Mi gran amigo Bernardo traía su armoniosa guitarra pintada en negro nacarado. Estábamos sentados platicando en una de las bancas de la universidad. El estudiaba Ciencias Sociales mientras que yo siempre fui un interesado por la exactitud de la naturaleza. Tenia un hambre inmensa por obtener datos fijos del mundo que nos cantaba los amaneceres y nos escupía las noches. Estudiaba medicina en el mismo campus. Aunque nos separaban grandes edificios regidos por diferentes facultades, siempre encontrábamos la manera de vernos. Era una amistad bella e incandescente como jamas llegue a tener otra en la vida. Mi confianza en el mundo y en dios se desvaneció cuando Bernardo murió a tan solo los 33 años a causa de una horrorosa y siniestra enfermedad que lo hacia engendrar sangre en sus pulmones y languidecer los alientos hasta petrificarse por el miedo y la desesperanza del dolor en el pecho. Murió al asfixiarse con su propia sangre en un amasijo asqueroso de flema y coágulos. Me odiare toda la vida por haber tenido la osadía de verlo a la cara mientras descansaba en la caja de ébano que guardaría sus restos para cuando el tiempo juzgara conveniente. Su rictus era de espanto y desesperada suplica de auxilio que nunca llego. La bella enfermera que estaba dada a sus cuidados jamas volvió a pararse cerca del pueblo de Jackson Village. No podre jamas olvidar ese rostro lleno de miedo y palidez. Sus ojos mostraban un aire de inculpación a cualquiera se atreviese a ser testigo de su desgraciada muerte. Como lo extraño.
Bernardo fue quien entre sus múltiples talentos y dones, me presento a la maravillosa y bellísima Emma Wordlook. Estábamos ambos amigos platicando sobre pequeños elementos de la conciencia humana, el se enfrascaba en los masticados ejemplos de la introyección de las otras conciencias para con el sujeto mientras que yo argumentaba la predisposición biológica que tiene cada sujeto para ser como es, sin negar la plausible idea de una injerencia de los demás para consigo mismo. Los ánimos comenzaron a elevarse, y como mi viejo amigo siempre fue un gritón empedernido cuando alguien lo debatía, decidimos ponernos a cantar amistosamente nuestras desgracias en las venturas del amor y sus perversiones tan características. Cantamos tantas canciones que no puedo recordar ni siquiera un aproximado. Todas hablaban sobre el desempeño de dos jóvenes en los senderos de las pasiones y la brillantez del amor entre las luces de la esperanza que acababan por apagarse las llamas de la ilusión por una mala mujer. Siempre ha sido condición del hombre culpar a la mujer por todo lo bueno y lo malo que le acontece en la vida. Siempre han estado equivocados. Estaba interpretando una desatinada segunda con mi mejor amigo y la compañía esplendorosa de su guitarra negra, cuando levante la vista hacia el cielo y encontré una estrella. Estaba ella, con toda su calidez y su jovialidad, estaba ella, ella y solo ella para el mundo y para nadie. Mi mirada quedó completamente paralizada por el halo de embeleso que despedía su silueta contra el cielo, que deje de cantar y el silencio me envolvió suavemente hasta no quedar nada en el mundo mas que la belleza de esa mujer. Ella parecía estar buscando algo desde arriba. Estaba en el balcón de los pasillos que daban a los laboratorios de la facultad. Estaba ella con su vestido de lino verde aceituna y sus ojos de jade, su piel blanca como nieve de inviernos antiguos, sus piernas largas y tersas como la piel de un pétalo de rosa. Como la amé desde la primera vez que la vi. La quería para mi. Quería que su mirada fuera mía y de ningún mortal mas. Y, como si mi deseo fuera escuchado por los señores del Olimpo, ella dio un flechazo con su mirada hacia donde mi mejor amigo y yo nos encontrábamos intentando cantar. Ella me miro y me sonrió. ¡Por dios! Ella me miro y sentí que todo el dolor del mundo se apagaba en un instante; lograba sentir como un calor intimo me llenaba el corazón y el desconsuelo del infierno era extinguido por los vapores de una tierna esperanza: el amor de sus ojos.
Su nombre era Emma, mi viejo amigo me la presento. Ella era estudiante de letras y constantemente se topaban en alguna que otra clase de sociales. Mi amigo y ella parecían llevarse muy bien. Bernardo siempre ha tenido una habilidad innata para seducir a las mujeres y por un momento me embargo un pánico colosal al fantasear con que seria él quien podría seducirla a ella también. Sentí una punzada de odio en mi interior hacia mi amigo que se disipo en cuanto la bella joven se dirigió hacia mi y me propuso hablar de mi, quería conocerme. Bernardo me hizo una señal con el pulgar y se excuso mientras salia disparado hacia los edificios. Emma pareció entender la acción porque de manera abrupta se ruborizo mientras mi mejor amigo salia levantando polvo por entre los muros de los edificios húmedos por las lluvias de verano. Comenzamos a hablar de todo un poco. Si bien, al principio me sentía un poco torpe, ella era muy hermosa y yo solo atinaba a decir incoherencias por las que ella parecía bastante divertida. Su risa era angelical. Su risa despellejaba cualquier intento de oscuridad en donde estuviera atronando. Ella me hacia sentir como nunca antes me había sentido. Dentro de mi, gracias a su increíble dulzura, se desarrollaba un sentimiento de tremenda completud. Estaba viviendo una experiencia de completo goce y termino de mi malograda existencia. Tenia algo por lo que continuar. Tenia algo que me obstaculizaba cuestionarme porque seguía aquí. Ella era respuesta y mandato. Ella había sido todo y lo seria por siempre. Ella era lo único que el universo, apiadado de mis incontables sufrimientos en soledad, me había regalado: un embeleso en lugar de lagrimas de ceniza.
A las cuantas semanas, después de cientos de platicas y decenas de paseos por el bosque de Wilder donde gustábamos de contemplar las navajas de luz que se reflejaban en la superficie del lago Roselt, comenzamos un noviazgo. Al año decidimos formalizar nuestra relación y nos propusimos adentrarnos en las cadenas invisibles del sagrado matrimonio. Yo como todo hombre respetado en la ciencia era un clarísimo ateo, ella ferviente admiradora de dios y sus misteriosos y perturbadores propósitos, quería casarse como la ley de la iglesia lo exigía. Yo, amándola tanto como lo hacia, cedí de buena manera a entregarle algo sin importancia para mi y de gran valor para ella. Nos casamos el día 7 de mayo de 1896. Nos mudamos a una de las casas que mi padre, Lord Bender, me había dejado como único heredero de su inmensa fortuna. No habían pasado ni diez años de nuestro feliz matrimonio cuando la desgracia se posó en nuestras vidas con sus alas negras flameando y llenándonos de lagrimas y sufrimiento el alma. Mi esperanza de vida, mi adorada Emma, cayó enferma de un mal que no tenia nombre ni forma. Era un espectro multiforme y diabólico que la estaba devorando, le estaba extinguiendo la vida desde dentro de su alma pura y magnifica. Ni el medico de mi padre pudo darle nombre o siquiera un remedio posible a lo que la aquejaba.
Mi pobre esposa, mi bella Emma estaba muriendo de la manera mas perturbadoramente lenta. Estaba pálida y sus labios se encontraban amoratados. Sufría de desmayos espontáneos. Sus piernas ya no aguantaban su propio peso. Pero sus ojos, sus ojos siempre tuvieron ese esplendor mágico que los caracterizó toda la vida que pase junto a ella. Su mirada era lo que mas me maravillaba del mundo en el que ella pisaba y soñaba junto a mi. Su forma de ver la realidad y de verme a mi me hacían tener motivos suficientes para querer sonreír y ver la vida como oportunidad mas que como preludio de la muerte. A pesar de que su condición anunciaba nuestra inexorable separación por los mundos inciertos de la tiniebla mortuoria, sus ojos seguían dándome luz y esperanza. Seguía soñando por sus ojos.
Ella murió un Miércoles 14 de Octubre de 1905. Yo estaba dándole su medicación; un revitalizante que el medico dejo para alargar ligeramente su vida, o su sufrimiento según se quiera ver. Ella me tomó de la mano y me negó con la cabeza. Ya no quería mas medicamento. Ya sabia que no lo necesitaría por mas tiempo. Mis lagrimas comenzaron a brotar al entender sus motivos. Quería estar en sus cinco sentidos para cuando se fuera. Quería despedirse de mi como ella deseaba hacerlo. Pero yo no lo quería. Yo quería que ella mejorara, que ella se quedara conmigo. Había olvidado que existe una enorme diferencia entre querer estar con alguien, y querer que no se vaya. Lo había olvidado y ahora solo deseaba volver a estrecharle la mano y besársela, quería tomarla por su cintura de mujer y adherirla a mi cuerpo mientras bailábamos, quería nuevamente que sus ojos me dijeran te amo en la cima de nuestra almohada. Mi deseo era verla nuevamente desnuda frente a mi, sonriéndome y provocando mi locura latente por ella. Quería, mas que nada en el mundo, que no me dejara solo. No quería quedarme conmigo mismo, eso era lo mas espantoso que un hombre puede experimentar en la vida. El alma de un desgraciado nunca podrá estar sola, se recriminara en el espejo de su soledad por las eternidades que hagan falta, hasta que el castigo de su desgracia cobre vida entre la oscuridad y el odio.
A veces, los deseos no bastan a la voluntad de dios. A veces, ser bueno solo es dejar que dios te escupa a la cara mientras se carcajea alegremente entre su coro de ángeles. Ella me acarició el rostro y me dijo que era el hombre mas maravilloso que jamas haya conocido, que estaba orgullosa de mi y de lo que había logrado conmigo. Me dijo que se sentía tremendamente triste por dejarme sabiendo todo el dolor que causaría, pero alegre porque sabia que podría afrontarlo. Cuan equivocada estaba. El dolor no puede simplemente olvidarse. El dolor se lleva como un lastre maldito allá donde la vida se despliega frente a nosotros. A veces, solo es cuestión de saber que llevamos un polizonte, que ese intruso del corazón puede ayudar a no volver a repetir las alegrías baratas que lo fecundaron. Su mano cayo exangüe sobre mi mano. Estaba helada. Mis lagrimas la mojaron por el pliegue de la muñeca limpia y delgada. Pero sus ojos me dejaron despedazado como nada en el mundo podría hacerlo jamas. No existía ni existiría en el mundo horror mas grande que ver como tu estrella pierde brillo y se vuelve cenizas. Sus ojos estaban apagados, se les había arrebatado la magia que me mantenía con vida y cordura. Su mirada tenia la vacuidad del universo y sus silencios. Eran ojos de jade, pero un jade taladrado por la burla cruel de la muerte. Su cuerpo nunca fue el de mi amada. Lo dejaría pudrirse en la oscuridad de la tierra hasta que el tiempo juzgue justo, dejaría que los gusanos dieran su festín con la carne que alguna vez fue mía y goberné con paso de amante. Dejaría que la piel se secara y abriera como pacto roto de lo que alguna vez fue mi éxtasis y el origen de la brutalidad de mi locura.
El entierro fue privado y completamente sencillo. Unas pequeñas palabras del sacerdote y los amigos compartidos que llegue a contactar. Ni siquiera sus padres se dieron por enterados del funeral, hasta mucho tiempo después, cuando acudieron al mio.
Me disponía a dormir cuando una imagen aterradora perforó mi mente y mis sentidos. Unos ojos negros como la piedra de Onix se disponían enfrente de mi rostro. Esos ojos estaban tan cerca que me dejaban sin aliento. Parecían cuidarme en la noche que me disponía a olvidar todo mi dolor. Ellos no me dejarían olvidarlo.
Me desperté con un sudor frío en mi espalda y el pecho. Todo había sido un sueño. Volví a quedarme dormido y nada apareció. A la mañana siguiente, la idea de los ojos seguía adentrándose en cada espacio de mi consciencia. Cada vez era mas apremiante la necesidad de verlos y la sensación de compañía perversa que me facilitaban. Aun dentro de aquel sentimiento de horror que tanto experimentaba en las noches al dormir y despertar sabiendo que los ojos estaban cerca de mi, ocultos en la oscuridad donde solo ellos podrían verme, tenia una ligera impresión de familiaridad. Pasaron las semanas y mi sueño se había extinto, ya no podía dormir ni comer, solo pensaba en los ojos negros, uno ojos que con el paso del tiempo se volvieron mas nítidos y encantadores en su perversa forma y presentación. Eran ojos de jade que me doblegaban el espíritu en horror y deseo.
Una mañana de bruma y frío, me desperté con un sentimiento de confusión y alarma. No podía llegar al punto del misterio y saber que era lo que me acontecía en los hilos mas frágiles de mi atormentada alma. Llegó la noche y desperté en el vestíbulo de la casa, no había nadie en la mansión salvo yo. Tenia las ropas llenas de lodo y de sangre seca. Llevaba en la mano un maletín negro en el que llevaba mis instrumentos para la exploración de los especímenes disecados de la facultad. No encontraba razón para semejante escenario y decidí retirarme a mis aposentos a descansar.
A la mañana siguiente entro un joven vecino que trabajaba en la granja de al lado y me despertó con sus gritos bajo mi ventana. Me revolví en la cama y por fin decidí dirigirme a la ventana. Cuando la abrí, el joven me indicó que tenia que bajar, que tenia algo importante que mostrarme. Su mirada se veía desesperada y su voz denotaba un miedo enorme.
Cuando me vestí y dirigí mis pasos hacia las puertas de roble que adornaban la entrada de la casa, el joven me tomó intempestivamente del brazo y me jaloneó hasta que llegamos a la tumba de mi amada Emma. La tierra estaba removida y el cajón estaba fuera y con la tapa desprendida de cuajo. El cuerpo de mi amada, por extraño que parezca apenas estaba corrompido por la naturaleza. Parecía ser que hasta el mundo de lo natural respetaba mi dolor. Pero no alguien que había osado perpetrar un acto de lo mas deleznable en este mundo: interrumpir el descanso eterno de cualquier ser sobre la tierra. El cuerpo de mi amada estaba prácticamente intacto, aun tenia las joyas que se le habían colocado y el vestido de lino con el que la conocí. Pero sus ojos fueron arrancados de sus órbitas. Sus hermosos ojos de jade fueron desprendidos con una crueldad y una perversión que ni el demonio mismo podría juzgar de juego de niños. Las cuencas estaban negras de la poca sangre coagulada que había sido derramada por los cortes. Los parpados caían débiles y sin función como pedazos de pellejo seco.
Un horror sin nombre se apodero de mi y salí corriendo y arrancándome los cabellos entre gritos y manotazos al aire. Cuando llegue a la casa me encamine de inmediato hacia la habitación principal. Abrí las puertas de madera tallada y me encontré con el armario donde guardaba algunos de los químicos que usaba para mis exámenes biológicos. Cuando abrí la gaveta, un grito se ahogo en mi garganta y las manos corrieron hasta mi rostro intentando ocultar lo perverso y corrupto que veían mis ojos. Frente a mi, se encontraba un frasco donde los ojos de mi amada Emma flotaban en formol. Los ojos habían tomado un brillo espectral dentro de los cristales del frasco, parecían inculparme por un acto espantoso y demoníaco. Pretendía conservar los ojos de mi amada, unos ojos que me habían otorgado la felicidad que nunca tuve en la vida. Quería que mi alegría descansara flotando dentro de un recipiente con formol. Cada mañana abriría la gaveta y encontraría la mirada perdida y muerta de mi bella esposa. Mis plegarias fueron sus ojos, ahora sus ojos se volvieron la evidencia de mi locura y corrupción.
Un trueno destapo el silencio del día, las nubes giraban enloquecidas por encima de la mansión. Un viento helado corrió por los pasillos de mi hogar y me acaricio perversamente el rostro. Mi amada Emma atravesaba el umbral de la puerta con las cuencas de sus ojos vacías mientras cada paso, era marcado por la muerte. Era como ver andar a una araña humana. Su paso era torpe y enrarecido, pero determinado. Cuando llego a posarse enfrente de mi, puso su mano sobre mi rostro y me susurró al oído con la voz de la muerte.
-La luz de mis ojos, sera ahora la luz de tu dolor.
Su voz sonó fuera de este mundo, como atragantada por una laringe seca y desgastada.
Una bandada de cuervos atravesó el enorme ventanal de la habitación con el ruido de graznidos y de vidrios estrellarse en el suelo hasta romperse en cientos de navajas de cristal. Los cuervos me rodearon por encima, volando en círculos por arriba de mi cabeza. De un momento a otro estallaron en gritos ensordecedores y bajaron alocadamente hacia mi rostro. Me picoteaban los labios y me arrancaban los ojos de cuajo y sin un atisbo de compasión. Solo se escuchaban mis gritos de dolor y de miedo, los graznidos brutales de los cuervos que peleaban por el mejor pedazo de mi. Sentía el desprendimiento de mi carne, la sensación de sueño que produce el desangramiento y la ceguera que no podía achacar al abandono de mis ojos o al aterrador muro de cuervos que me atacaban una y otra vez cantando perversamente de jubilo y de satisfacción.
Me encontraron despellejado en mi propia habitación, tenia un charco de sangre que me abarcaba como un halo macabro de mi desgracia y mi castigo. Apenas podía respirar, y sinceramente, no sabia si quería seguir haciéndolo. Un pluma negra quedo de aviso sobre mi pecho, la misma que guardo en una caja de madera de ébano bajo la cama. Aquí me tratan bien. Se que me acompañan, sus motivos no son lo que deberían esperarse de tus guardianes, pero es lo mejor que tengo. Cientos de cuervos cuidan los ventanales, esperando el momento de mi rendición y mi nuevo castigo. Lo sé. No puedo verlos, pero se que están aquí, esperándome, son mi muerte y mi anuncio. Son el reflejo perverso de lo que fueron, para mi, los ojos de Emma. Esos ojos que todavía danzan lanzando culpas desde adentro de la gaveta. Puedo sentirlos mirándome...